martes, 22 de febrero de 2011
El coche fantasma
viernes, 18 de febrero de 2011
La fantástica historia de Juanillo, el que susurraba a las hojas de los olivos. (3ª y última parte)
-Tan sólo queda otra parte sana de mí en alguna de estas colinas que rodean el pueblo- dijo el árbol-. Debes encontrar ese olivo antes de que sea demasiado tarde, e injertar con él la corteza de alguno de estos que me rodean. Al cabo de un tiempo, cuando haya brotado, podrás replantarlo cuantas veces desees. Yo me secaré pronto, pero seguiré viviendo en todos aquellos que lleven mi savia.-¿Y mi hijo? –quiso saber Juan.
-¿Pero cómo encontraré esa parte de ti entre este mar de olivos?
-Búscalo. Debes injertarlo antes de que acabe la primavera, pero hazlo solo y a nadie le cuentes lo que hoy has escuchado.
El campesino se marchó a casa cautivo de aquella insólita vivencia que el destino le había deparado. Su mente flotaba inmersa en un océano de pensamientos, sensaciones y dudas que lo superaban, pero que le habían abierto una puerta donde antes no quedaba esperanza.
Sentía un impulso casi irresistible de contárselo todo a su mujer, pues además de la necesidad de compartir su extraordinaria experiencia, deseaba sobremanera aliviar la aflicción de ella por la enfermedad de su hijo, y entregarle un trozo de esta nueva ilusión que a él henchía cual regalo divino. Pero no debía hacerlo; ese era el principal requisito.
A duras penas podía refrenar su impaciencia por salir en busca del olivo maravilloso. Se pondría manos a la obra aquella misma tarde.
Curiosamente aquel día miró a su hijo con una alegría incluso mayor que el día en que nació.
En cuanto comió salió de casa y se dirigió al primer cerro. Se detuvo un instante en la orilla de la carretera, antes de pisar la tierra roja que servía de lecho a todos aquellos olivos. Ahora los miraba con ojos distintos. Ante él esperaban como soldados vestidos de verde, en perfecta formación, miles de largas hileras de inmóviles criaturas, entre las que debía encontrar a una sola capaz de obrar el mayor milagro que podía imaginar. No sería fácil, pero invertiría hasta su último aliento para lograrlo.
Se acercó al primer árbol y le susurró rozándole las hojas con sus labios: “¿Eres tú el olivo milenario?”
Esperó unos segundos y nada, así que caminó hasta el siguiente olivo y repitió la pregunta. ¡Nada!
Continuó hasta caer la noche. Estaba exhausto, pero no iba a desanimarse. “Mañana sería otro día”.
A la mañana siguiente, en cuanto salió el sol, se levantó de la cama dando un brinco y le dijo a su esposa que tal vez no regresara a comer, pues tenía trabajo que hacer en el campo. Ella se extrañó mucho, ya que era Domingo y solía tomárselo de descanso, pero le preparó un almuerzo ligero y le dio un beso de despedida.
Juan reemprendió su búsqueda en el mismo punto en que la dejó. Una y otra vez iba susurrando las mismas palabras a cada olivo, pero nunca recibía respuesta. Caminó y caminó sobre los terrones hasta extenuarse, y de nuevo volvió a casa al caer la noche.
Fueron pasando las semanas y el campesino no quería pensar siquiera en la posibilidad de darse por vencido, aunque el pesimismo comenzaba a anidar en él.
En varias ocasiones se cruzó con los dueños de las fincas que pisaba, que lo saludaban sorprendidos y le consultaban el motivo de su presencia allí. Él contaba alguna excusa poco convincente, y se despedía presuroso, más preocupado de sus propias pesquisas que de lo plausible del pretexto. Pero a veces el propietario, receloso, no cejaba en el intento de indagar.
Poco a poco comenzaron los comentarios en el pueblo, un municipio pequeño donde todos se conocían y todo era sabido y cotilleado. Decían que Juan se había vuelto loco y que andaba por los campos hablando con los olivos. Se chismorreaba en los bares, en la plaza y en el mercado. Las mujeres cuchicheaban que ya no iba a trabajar y que había perdido la cordura.
El hombre era objeto de rudas burlas, que progresivamente fueron aumentando su vileza. Tardaron poco en apodarlo “Juanillo el loco”. Los chiquillos por la calle, le preguntaban a voces y entre risas “qué se contaban los olivos”.
La pobre esposa de “Juanillo” se consumía de pura tristeza, incapaz de afrontar la desgracia de su hijo y la aparente enajenación de su marido, que se marchaba a diario al amanecer y volvía entrada la noche, negándose siempre a darle explicaciones.
A pesar de todo, Juan no sucumbió y se aferró a aquella esperanza más allá del límite de sus fuerzas.
Pasó la primavera, el verano… y a mediados de otoño el hijo de Juan cumplió catorce años. Su padre se empeñó en regalarle una bicicleta de montaña, a pesar de la amargura de su madre, que lloraba pensando que jamás podría usarla, pues ya hacía varios meses que vivía postrado en cama.
Una vez más el comportamiento de Juan fue interpretado como un desvarío. La gente no dejaba de murmurar, pues aunque “el loco” había dejado de andar por olivares ajenos, ahora rumoreaban que se pasaba el día en su tierra sin separarse del mismo olivo, cuidándolo sin cesar como si de un niño se tratare, mientras en su casa, su propio hijo agonizaba desahuciado por los médicos.
Algunos años después, aquel niño enfermo, inexplicablemente para todos, se convirtió en un hombre fuerte y sano, en el que según contaban se había obrado un milagro fabuloso, que lo salvó de la muerte sin más medicamentos que el aceite de oliva que su padre, empecinado, le hizo comer mañana, tarde y noche durante días.
En cuanto a Juanillo… siguió siendo para todos “el loco que susurraba a las hojas de los olivos”, pero eso a él nunca le importó.
jueves, 10 de febrero de 2011
La fantástica historia de Juanillo, el que susurraba a las hojas de los olivos (2ª Parte)
El viejo olivo le explicó que le hablaba a través del viento que agitaba sus hojas, articulando así las palabras que llegaban a sus oídos, pero que sólo aquellos que le habían hablado alguna vez, habían obtenido respuesta. De esta forma comenzó a narrarle una magnífica e increíble historia...La savia que recorría sus ramas era más antigua aún que el cultivo del olivo por el hombre. Se remontaba al año 6.000 antes de Cristo, cuando nació de forma silvestre a orillas del río Tigris, en Mesopotamia.
Contempló el paso del tiempo y la evolución humana, hasta que siendo ya un olivo milenario sobre el que se había forjado una leyenda en el lugar, fue arrancado por unos agricultores que se lo disputaban, ya que se hallaba en un punto colindante entre dos propiedades distintas. Así se repartieron sus dos patas, y las trasplantaron a sus respectivas tierras.
Fueron pasando los años y los siglos, y siendo siempre los árboles de su estirpe tan fértiles y generosos en frutos, eran trasplantados o injertados por las sucesivas generaciones de agricultores, para conservarlos vivos.
Juan escuchaba atónito, mientras el sol se iba elevando en el cielo. Miró instintivamente su corta sombra proyectada en la tierra, y pensó que debía ser casi mediodía. Comenzó a sentir calor, por lo que con un poco de cautela todavía, se acercó hasta el olivo para refugiarse en su frescor. Se sentó bajo sus ramas y se dispuso a seguir escuchando el relato.
Hacia el año 712, cuando los musulmanes habían ocupado la Península Ibérica, algunas plantas hijas del olivo legendario fueron traídas por un árabe para cultivarlas en España. Era asombrosa la facilidad con la que se enraizaban y crecían, y más llamativa aún la copiosa cantidad de aceitunas que en ellos germinaba.
Durante miles de años el espíritu de la planta se había reencarnado clonándose en cada nuevo hijo vegetal y, a lo largo de su historia, el olivo fue transmitiendo su sabiduría y sus dones a tantas personas como hablaron con él. De este modo, esas personas fueron renovando la vida del vetusto ser y jamás permitieron que muriese de viejo. Sin embargo, él no podía comunicarse con ningún hombre sin ser previamente interpelado por éste de forma espontánea, y siempre bajo la condición de no revelar sus secretos.
Después, en todo el Mundo, se sucedieron durante siglos invasiones, guerras, reconquistas y más guerras, y esto propició que los cultivos se desatendieran por largos periodos y que muchos de los olivos muriesen, y con ellos parte de su espíritu sin par.
El campesino seguía la narración absorto en cada detalle, pero llegado este punto, empezó a preguntarse cuales serían esos dones que poseía y de qué modo podría él ayudar al olivo y a su propio hijo. Ya no dudaba de que todo cuanto oía era cierto.
-¿Qué pasó después? –urgió el campesino.
-Tu abuelo fue el último hombre que habló conmigo, y cuando murió, tu padre pasó a ser dueño de esta tierra, pero ya estaba mediado el siglo XX y el trabajo del campo cambió mucho. Lo artesanal fue sustituido o modernizado, y los campesinos usaban máquinas que hacían mucho ruido. Las labores manuales se redujeron al mínimo, lo mismo que el tiempo en ellas invertido. Todo eran prisas y artificios para sacar el máximo rendimiento económico a los cultivos –continuó diciendo el olivo-, y tu padre jamás sintió tentación de hablarme.
-¿Mi padre no te habló nunca?
-No. Tu abuelo lo trajo muchas veces a mi lado desde que era un niño, pero yo esperé vanamente. Ahora, por fortuna, mi espera ha concluido.
-¿Y qué debo hacer yo? –preguntó Juan consciente de la responsabilidad que había adquirido y de la extraordinaria oportunidad que se le otorgaba.
-Me estoy muriendo –resonó de nuevo aquella voz, ahora con profunda tristeza-. Puedo sentir cómo mi ser poco a poco se extingue con cada olivo que se seca sin replantar. Estoy enfermo y me queda muy poco tiempo de vida. Desde el principio de la humanidad, he aprendido cuanto los hombres me han enseñado y he enseñado a cuantos me han oído. Soy el más antiguo testigo del mundo. Ahora tú eres mi única esperanza.
-Haré lo que desees, si está en mi mano, pero dime cómo debo hacerlo y cuéntame cómo podría ayudar también a mi hijo –quiso saber el campesino, que de repente se sentía ilusionado.
Entonces el árbol le explicó cómo su abuelo murió repentinamente justo antes de replantarlo. El anciano había cortado unos brotes de su tronco y los dispuso para el día siguiente, pero nunca volvió. Las ramitas cortadas se secaron depositadas en el suelo, junto a su tronco. Tiempo después el padre de Juan comenzó a labrar aquel terreno del que ya era dueño, y el olivo continuó esperando cada vez más afligido.
-Tan sólo queda otra parte sana de mí en alguna de estas colinas que rodean el pueblo- dijo el árbol-. Debes encontrar ese olivo antes de que sea demasiado tarde, e injertar con él la corteza de alguno de estos que me rodean. Al cabo de un tiempo, cuando haya brotado, podrás replantarlo cuantas veces desees. Yo me secaré pronto, pero seguiré viviendo en todos aquellos que lleven mi savia.
-¿Y mi hijo? –quiso saber Juan.
-El próximo invierno, cuando llegue la cosecha...
Continuará...
Adelaida Ortega Ruiz.
sábado, 5 de febrero de 2011
La fantástica historia de Juanillo, el que susurraba a las hojas de los olivos.
Hacía días que había concluido la recolección de aceituna, y ahora se dedicaba a talar y quemar el ramón de su pequeño olivar, enclavado en una de las siete colinas que rodeaban el pueblo.
Miraba al frente ensimismado, mientras comía mecánicamente imbuido en sus pensamientos. Nunca antes se había sentido tan apesadumbrado por las preocupaciones.
De repente miró hacia arriba y observó las verdes ramas sobre su cabeza. Se fijó en que por algunas zonas se tornaban amarillentas. Una brisa suave movía levemente las hojas y la luz se filtraba entre ellas.
Muchas veces, al contemplarse a sí mismo en medio de la naturaleza, había sido consciente de la grandiosidad y la armonía del Universo, y se había sentido partícipe de ella como un elemento feliz que formaba parte de la cadena de la vida. Sin embargo, ese día se sentía abandonado por todo aquel conjunto indolente que anochecía y volvía a amanecer de forma consecutiva e imperturbable, ajeno a sus problemas personales. Su vida se desmoronaba, pero el mundo seguía girando sin percatarse de nada.
Su único y querido hijo estaba enfermo y languidecía poco a poco sin que ningún médico le hubiese diagnosticado el mal exacto que padecía. Lo habían visto distintos especialistas que le habían hecho un sinfín de pruebas infructuosas. Su mujer y él lloraban viéndolo debilitarse y se desesperaban por no hallar la forma de ayudarlo. Siempre fue un niño alegre y sano, que nació tras muchos años de matrimonio cuando ya creían que no tendrían descendencia. El otoño anterior había cumplido trece años y poco después empezaron los primeros síntomas de cansancio y decaimiento. Durante el invierno había perdido mucho peso y ya hasta le faltaban fuerzas para caminar. Temían que no viviese más allá del próximo invierno.
Súbitamente experimentó un arrebato de dolor e ira largamente contenida.
-¡Dichoso tú que vives sin sufrimiento! -Le gritó al olivo que lo guarecía del sol-. A ti nada te importa ni te lastima.
-Dichoso tú que tienes ojos para llorar y boca para lamentarte - resonó un eco que el viento introdujo en sus oídos.
Juan miró a su alrededor, pero no vio a nadie.
-¿Quién anda ahí? – preguntó poniéndose de pie alarmado.
Nadie le contestó.
-¿Quién me ha hablado? –inquirió.
-He sido yo -repitió aquella voz que le traía la brisa-. Llevaba mucho tiempo esperando que hablases conmigo. Hoy por fin lo has hecho.
El hombre, sorprendido, miraba a los lados y tras de sí. Se agachaba y oteaba la lejanía por debajo de las ramas de los olivos, pero no divisaba a persona alguna.
-¿Quién eres tú y dónde estás?
-Estoy aquí, a tu lado, y os he visto crecer, a ti y a tu padre. Te he estado esperando pacientemente, pero ya no me queda mucho tiempo, igual que a tu hijo. Tú puedes ayudarnos a los dos.
Juan, desconcertado, no daba crédito a lo que oía.
-¡Pero tú eres un árbol! -replicó mientras miraba de nuevo a su alrededor, para cerciorarse de no ser víctima de una broma -. ¿Cómo puedes hablarme?
El viejo olivo le explicó que le hablaba a través del viento que agitaba sus hojas, articulando así las palabras que llegaban a sus oídos, pero que sólo aquellos que le habían hablado alguna vez, habían obtenido respuesta. De esta forma comenzó a narrarle una magnífica e increíble historia...
...Que os contaré en la siguiente entrada...
lunes, 31 de enero de 2011
El arte de hacer buenas "cocretas"
Mirad, si no, este video del carnaval de 2006.
La imagen no tiene buena calidad, “sin encambio” escuchadlo entero, que el que más y el que menos se va a “jartar” de reir.
¡Dios nos libre de una cuñada así, aunque le salgan buenas las "cocretas"!
viernes, 28 de enero de 2011
The Beatles. Su sol sigue luciendo medio siglo después.

viernes, 7 de enero de 2011
A mis hijas. "Mesa limpia, mantel de ausencia".
martes, 4 de enero de 2011
se EX-FUMÓ
Había algunos que odiaban su olor, que ciertamente era repugnante, pero otros lo adoraban y se reunían alegremente en los bares a charlar, tomar unas cañas y comer la rica col.
Siempre fue así hasta que los no adeptos empezaron a protestar, y el alcalde decidió que no estaba bien exponer a los “no comedores” a tan tremendos efluvios. Todos lo consideraron justo y hubo acuerdo: se habilitarían zonas en los grandes bares donde los comedores de col pudieran encerrarse para aislar a los demás de la peste, y también habría tabernas colinianas y no colinianas, según su propietario decidiera. Asimismo se prohibió comer col en el ayuntamiento, en el centro médico y a bordo del tranvía que atravesaba el pueblo, y se permitiría en espacios abiertos donde no pudiera molestar a nadie.
De este modo, los comedores de col empezaron a sentirse cohibidos, pero respetaron las normas, pues eran conscientes tanto de sus derechos como de sus deberes, y a partir de ese momento unos y otros respetaron a los demás y, unos y otros, cedieron un poco para facilitar la convivencia y para no pisotear la libertad ajena.
Pero algún tiempo después, el alcalde, hombre que se llenaba la boca con palabras como “consenso “y “talante”, enajenado por el poder, decidió que endurecería las normas, y así, olvidándose de los principios de libertad, prohibió comer col en todas y cada una de las tabernas, en las cercanías del ambulatorio, en el parque público y hasta a orillas del arroyo. Y no contento con eso, puso carteles por todo el pueblo, donde se leía “Se busca a cualquiera que coma col. Denúncielo y siéntase ciudadano de primera”.
Dejó entonces de haber prolongadas tertulias en los bares, y algunos taberneros tuvieron que cerrar porque sus clientes se sentían vigilados en aquel lugar, que tiempo ha, había sido un rincón de ocio y alegría.
La gente empezó a mirar a los comedores de col como proscritos, y ellos, tuvieron que hacerlo a escondidas en aras de algo que se “ex-fumó”, y que anteriormente se había llamado libertad.
Adelaida Ortega Ruiz.
martes, 28 de diciembre de 2010
Casos y cosas del frutero Vicente
Era el frutero Vicente
astuto, cotilla, embustero,
charlatán y diligente,
y aunque también muy cicatero,
le caía bien a la gente
y le vendía al barrio entero.
Heredó el solterón la tienda
de su padre y de su abuelo,
y no hizo reforma ni enmienda,
pues decía que “lo moderno”,
además de mermar su hacienda,
a él le importaba “un cuerno”.
Vicente seguía pesando
en su primitiva balanza,
donde iba añadiendo y quitando
pesas a la antigua usanza.
Y como dividir no sabía
salvo por dos y por cuatro,
dos quitaba, una ponía…
hasta el peso haber cuadrado.
-El medio kilo vale quince,
el kilo entero justo treinta…
¡Y no se venden “peros” sueltos!
pues… ¿cómo ajusto yo la cuenta
si los gramos son doscientos?
Cuando alguien le pedía “un kilo”
cumplía presuroso el encargo
equilibrando con sigilo,
pero solía pasarse de largo;
y así el kilo, sin remedio,
se aumentaba en más de un cuarto…
-¿Te lo dejo o te lo quito?
-¡Déjalo, por si lo gasto!
Y Vicente muy contento
lo cobraba como un rayo
“redondeao” a kilo y medio,
porque… pasaba del cuarto.
Odiaba la tecnología
y como estuvo poco en la escuela,
calculadora no tenía,
pero portaba siempre en su oreja
el lápiz con que escribía
y sumaba a “la cuenta la vieja”.
Mas la oreja la tenía
que más que oreja era molleja;
¡gigante almeja parecía!
No hacía par con su pareja,
pues la izquierda no sufría
el peso de la manía añeja
que el otro pabellón sí sentía
por “pillar” a mano derecha.
Cada día dos de enero
se iba al banco al ser el alba
y se agarraba al asidero
de la puerta de la entrada,
pa poder ser el primero
cuando abrieran de mañana.
-¡Saque todo mi dinero,
y crea que no es desconfianza,
que en un santiamén lo cuento
y lo devuelvo sin falta!.
Y así Vicente el frutero
al banquero vigilaba,
¡No le mermaran los duros
que en su cartilla atesoraba!




















