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jueves, 15 de octubre de 2009

Aventuras y desventuras de un playero de secano (Primera parte)

Hoy quiero ponerme en la piel de alguien, que a pesar de aborrecer la playa, durante 22 años ha tomado la iniciativa de volver verano tras verano, aunque acabe quedándose en el chiringuito mientras las niñas y yo nos bañamos.

Ha habido ocasiones en que yo, consciente de que lo hacía para complacerme, le he propuesto viajar a otros lugares del interior, los que también adoro, pero él siempre me ha preguntado… “¿Y de verdad que no quieres ir a la playa?”



Gracias por pensar siempre en nosotras antes que en ti.



Y DESCUBRÍ LA PLAYA...


Agosto de 1987. Mis primeras vacaciones en la playa ¡qué ilusión!

No puedo negar que estaba entusiasmado ante la perspectiva de pasar quince días en compañía de mi novia (y toda su familia, incluidos mis futuros suegros, cuñados, cuñadas y algún que otro espontáneo) en ese paraíso de sol que es Torremolinos.
Yo había visto el mar en varias ocasiones y me parecía precioso. Sin embargo esta sería la primera vez que pisaría la arena de la playa y me bañaría en esa inmensidad de agua salada.

Recuerdo la llegada al "elástico" piso que mi suegro alquiló, y digo elástico porque el aforo de personal asistente se estiraba cada vez más: donde cabían siete bien podían caber diez, y once y doce… Sólo era cuestión de un poco de ingenio y buena colocación de las improvisadas placas de esponja sobre el suelo del salón. De este modo descubrimos que juntando dos de ellas y acostándonos a lo ancho en lugar de a lo largo, cabíamos tres o cuatro personas cada dos colchones. Por ello no hubo problema cuando a los diez de familia que veraneábamos en el apartamento de dos dormitorios, se sumaron durante un fin de semana dos amigos de mi cuñado pequeño. No había problema; con tres placas de ochenta, dos colchonetas inflables y trocándonos uno sí y otro no con los pies hacia la cabecera del camastro, el sitio parecía multiplicarse. No en vano colocan así a las sardinas en las latas para ahorrar espacio. El único inconveniente fue que te girases al lado que te girases, la nariz te topaba siempre con un par de aromáticos pies masculinos.

Mis suegros, mi novia y una cuñada se instalaron en los dormitorios, y el resto de los varones concurrentes, ocho para ser exactos, dormíamos de esta “plácida” forma en el salón.
Pero vamos al grano, y nunca mejor dicho, porque no quiero desviarme de lo que realmente voy a contar, que es mi descubrimiento de la playa y de lo que para mí desde entonces significa ese lugar tan arenoso.

Una vez colocado el equipaje, cruzamos ansiosamente mi novia y yo, y mi suegra, y mi suegro, y mis cuatro cuñados y mi cuñada, y los sillones, y las sombrillas, y las bolsas, y las colchonetas multiusos, y las toallas, y las paletas, y la pelota… a la soleada playa, de la que nos separaban unos doscientos metros.
La primera impresión al notar que la arena se pegaba a mis pies no fue todo lo idílica que yo había imaginado, pero ese pequeño detalle no iba a enturbiar mi entusiasmo, pues pensé que cuando llegara al agua ya me limpiaría. No me paré ni a colocar la toalla. Corrí al agua saltando de puntillas sobre aquella tierra incandescente, para quitarme los molestos granos de entre los dedos de mis pies, pero ¡ay Señor! aquello fue peor: cuando salí del agua la arena aún se me pegaba más, así que volví a mojarme con la esperanza de que si andaba muy despacio y pisando suavemente, llegaría a la toalla con el mínimo de arena adherida. De esta manera anduve como un robot intentando no levantar aquellas molestas partículas hasta llegar a mi pequeña isla de salvación (mi toalla bajo la sombrilla).

Mi novia rebozaba felicidad. A ella le encantaba el mar, la arena y el sol… y yo no quería decepcionarla, por lo que decidí disimular y mostrarme complacido, pero ella se empeñó en untarme con una crema para que el sol no me quemara. Yo no hallaba el modo de decirle que no tenía intención de volver a salir de mi toalla ni de la sombra, por lo que en dos minutos me embadurnó de aquella pringue desagradable.
Daba igual… lo soportaría resignado con tal de no volver a entrar en contacto con la arena.

Todo iba bien hasta que el niño de la sombrilla vecina empezó a corretear levantando tierra y salpicando todo mi cuerpo aceitoso, en el cual se incrustaron los granos como minúsculas lapas, que se negaban a soltarse ya ni con agua. ¡Que suplicio por Dios! Lo más difícil fue mantener la sonrisa cuando al enjuagarme la cara me entró en los ojos la dichosa crema que escocía como tomate en una herida. Entonces mi novia me preguntó qué tal lo estaba pasando, y yo con dos enormes lagrimones que me corrían por las mejillas y sin poder abrir los ojos, esbocé una conveniente sonrisa de oreja a oreja, y le dije ¡lo mucho que estaba disfrutando!

De nuevo y como pude, llegué a ciegas hasta la toalla. Ya sólo pensaba en la hora de salir de aquel infierno y meterme en la ducha. Nadie me quitaría el primer puesto para el baño. Me tiraría en plancha si era preciso, pero de momento tenía que resignarme a soportar aquella sensación de tirantez de la sal al secarse sobre la piel, la crema que me desesperaba y aquella arena insufrible, que cuanto más me restregaba más me arañaba.

Me empezó a inquietar la idea de no poder mantener el tipo durante todas las vacaciones. Aquel era el primer día y aún me quedaban otros catorce por delante, que a aquellas alturas se me antojaban ya interminables.

Estiré meticulosamente los cuatro picos de la toalla, de forma que no tuviera una sola mota de polvo ni una arruga, y me tumbé bocabajo sobre ella muy lenta y cuidadosamente… casi levitando. Tenía la intención de permanecer completamente inmóvil. Un instante después, el niño vecino que ahora jugaba con unas raquetas acompañado de su papá, no acertaba ni una sola vez a la pelota, y ésta golpeaba mi espalda vez sí y vez también, obligándome continuamente a poner mi mejor cara y devolverle la pelotita. Mis verdaderos deseos eran coger al papá y al niño, y enterrarlos hasta el cuello en la arena.

Así pasé mi primer y maravilloso día de playa. Nunca olvidaré la cáscara de sandía con la que me obsequió vía aérea el niño de al lado, que impactó en mi cara a la hora de su almuerzo, cuando yo por fin había conseguido dormirme y soñar que estaba en mi cama... sobre una sábana fresca, seca y limpia. Tampoco podré olvidar "lo bien que lo pasé" construyendo un castillo de arena a pleno sol con mi novia, a la que le hacía tanta ilusión que no se lo pude negar. Mi espalda pagó las consecuencias, pues me quemé de tal forma, que veintidós años después me duele sólo de recordarlo. ¡Si señor, aquello era disfrutar!

Continuará...


20 comentarios:

  1. Ja, ja, Adelaida, ese drama, porque es un drama, me suuuena. Pobre novio de entonces, sufrido mártir tantos años.
    Porfa, libérale del suplicio, nada de Torremolinos atestado, llévale a Egipto para que sude más, en agosto claro, se está de coña a la sombra de las pirámides y no hay niños a la vista para asesinar.
    Llévalo al norte boreal, a las playas casi desérticas de Galícia...muuuuy al norte, una pega: poca gente, agua límpida, pero...helada.
    Sigue con el drama que te sigo y me lo paso muy bien, ese héroe me recuerda a uno que conozco desde más de 30 tacos, a él dale chiringuito y una caña a la sombra, yo tampoco soy aficionada, conque nos largamos al Cariñoso cariño, a Coruña y tan fresquitos, je, je.
    Bsito cariñoso, natalí

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  2. Jajajaja..., pobrecito el chiquillo.
    Yo soy otra que voy todos los años a la playa y no creas que me apasiona, estoy deseando que acabe la jornada playera y pasarme por la ducha. Pero a ver, dónde mejor recibir un tratamiento natural contra resfriados que en una playa.
    Y luego está la piscina que, a mí que me encanta nadar, es el mejor sitio donde puedo pasar las calores veraniegas.

    Sigue con la historia que me ha hecho pasar un rato muy divertido, espero el segundo capítulo.
    Y por Dios, no lleves a mi primo nunca más a una playa.

    Besotes.

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  3. Hola Natalia.
    Lo he oído tantas veces relatar su sufrimiento, que he decidido plasmarlo en primera persona, intentando ponerme en su lugar.
    La verdad es que él siempre lo cuenta en tono de humor, y así he querido yo narrarlo.

    Sí que hemos viajado a otros lugares; de hecho a mí me encanta, aunque a Egipto aún no. Primero tendrá que superar su fobia a volar.
    Yo quiero visitar Italia próximamente, pero mantenemos una discrepancia sobre el medio de transporte, que él insiste en que sea el coche.
    A ver si en esta ocasión lo convenzo para subir a un avión, aunque sea narcotizándolo. Tal vez ésta aventura nos de lugar a otro capítulo... je je.

    También conocemos las playas de Galicia, aunque él desde el paseo marítimo, y da igual que sean paradisíacas; como tengan arena ya la hemos liao.

    Un beso.

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  4. Hola Elena.
    Lo mejor de tu primo, es que aún sin gustarle, es él el que se ofrece a ir.
    El primer día nos acompaña para hacer acto de presencia, y tras haber pinchado la sombrilla y haberse mojado hasta los tobillos (a veces no le llega ni ahí), le entra un no sé qué por el cuerpo y dice... "en la piscina os espero".

    Esos diez munutos son suficientes para que después se pase el invierno narrando el suplicio a los amigos, y éstos partiéndose de risa con sus ocurrencias.

    Besotes para ti también.

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  5. Jajaaajajaaa, jajaaaaa..., aaayyyyyyyy..., que me imagino al pobre de Segundo, con esos dos lagrimones recorrer su rostro y es que me meo!!!!, no tenía el pobre bastante con la arena, el agua y el vecino que, además me lo embarduñas en crema!!!. Jajajaaaaa!!!.

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  6. Hola Adelaida, espero que continues la historia. Aqui estaré atento a la continuación. A mi la playa sólo me gusta por los chiringuitos, por la cervecita que sabe mejor y por el pescaito, ¡ Qué delicia!. Luego el agua del mar no me va, salada,¡ ah, siempre la boca con sensación de sal! y también por el montón de gente que es un agobio.
    Aqui espero la continuación...
    Un saludo.

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  7. jejeje!!! Qué puedo decir?? yo estuve allí y la verdad es que fue un gran verano para todos. Cada uno lo vivió a su manera. Yo era el hermano pequeño de la expedición (17 años) y guardo un gran recuerdo de todo aquello. Es verdad que a mi cuñado eso de las playas... como que noooo... Sólo faltaría que encima la ley de costas se saliera con la suya y nos quitaran los chiringuitos, esos grandes refugios oasis en medio del caos de una playa en pleno agosto. Imaginaos que haríamos sin poder escaparnos a por una cervecita a la sombra y sin niños incordiando con la palita y la arena. jajaja!! Besos

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  8. ... desde luego, jamás me podría creer las visicitudes que llega a pasar una persona en la playa. Me siento como muy identificado, tanto es así que aún me escuecen los..., los..., los... "CRÓTALOS" de la arenilla incrustada en los elásticos del bañador.
    Pero por supuesto doy por hecho, que no se te ocurrirá escribir más en torno a este tema, o te voy a pedir daños y perjuicios hacia mi persona. Un anonimo muy anonimo.

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  9. jajaja!!

    Hola señor anónimo.
    Venga, venga... que ya todos conocemos "tus vicisitudes playeras"

    Mejor espérate al último capítulo para las reclamaciones.

    Un beso muy anónimo.

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  10. Mujer, Lola... que era por su bien...

    Si no se hubiera enjuagado, relavado y requetefrotado el protector solar, no se habría quemado.

    De todas formas, lo tendrías que oir contarlo a él y las lágrimas te correrían a ti, pero de risa.

    Muchos besos.

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  11. Hola Paco.

    Es según te lo tomes, porque todo tiene su encanto.

    Yo disfruto mucho, y no precisamente del sol, porque no aguando ahí quieta sin hacer nada sólo para broncearme.

    A mí me gusta jugar en la arena y en el agua, sobre todo cuando hay olas grandes. En ese sentido sigo siendo como una niña.

    En cuanto al segundo capítulo... llegará, ya lo verás, y promete situaciones aún más comprometidas que las de la primera parte. je je.

    Saludos amigo.

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  12. Hola Birundio! (Sigo diciendo que vaya nombrecito que te has buscao).

    Claro que estabas allí ¡Cuanto ha llovido desde entonces! Sobre todo el penúltimo día de aquellas vacaciones, ¿recuerdas? Era viernes, 28 de Agosto.

    Pero nos reímos mucho y por muchas vacaciones que hayamos tenido después, nunca olvidaremos aquellas de 1987 en Torremolinos. ¡Y mira que nos pasaron cosas!

    Un beso niño. Te quiero mucho.

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  13. Hola, Adelaida :) A mi me encanta la playa. No sabes cómo echo de menos aquellos días cuando mis padres aún tenían la casa del Puerto de Motril. Desde que la vendieron y aunque tengo tíos y primas allí, no he vuelto. Es una pena. Me gusta la playa pero no para tostarme, eso lo hacía cuando era niña y de jovencita. Ahora lo que me gusta es pasear por las mañanas o por la tarde. Pero chica, yo no tengo la suerte que tienes tú :) Mi marido odia la playa así que... no hay playa. Cierto que voy a otros lugares, dentro y fuera de España, pero la playa... ¡ay, la playita!...

    Un abrazo

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  14. Hola Mari Carmen.
    Bueno, creo que no somos las únicas cuyos maridos no comparten con nosotras ese gusto por el mar.

    No sé porqué, pero hay siempre más hombres que mujeres que odian la playa.

    Podrías hacer como yo, que voy sola o con mis hijas. En general, yo procuro dar pares y nones... quiero decir, que ya que él me acompaña a la costa aunque no venga a la playa, otras veces vamos a lugares que él adora.

    No se puede estar siempre deseando lo que nos gusta ni abrazando lo que nos disgusta.

    Un beso Mari Carmen.

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  15. Cómo me suena la historia, cómo me suena.

    Un saludo

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  16. Sí capitán, ya veo que es algo bastante corriente.

    Saludos.

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  17. Jajajajajaj, a éste lo que le va es la fiesta de los primos y sus disfraces,jajajajajajajajajajaja.
    Conociendo a Segundo como lo conozco, me lo imagino contándolo y me río yo sola,jajajajajaja.
    Mujer llévalo solo a la fiesta de los primos.
    Y aunque me ría, yo tb soy de la que le gusta la playa, y sobre todo si estuviese enlosada.
    Un beso y a seguir disfrutando de sus anécdotas. La prima Mª José

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  18. Hola prima Maria José.

    Para mi esposo la playa ideal sería una con césped hasta la misma orilla del agua, con agua dulce y con sombrillas, taburetes y chiringuitos acuáticos para repostar durante el baño.

    Un besazo y gracias por tu visita.
    Muak

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  19. Jajajaja, que sufra, que sufra, eso es amor y lo demás tonteríassss.

    Mi marido que es de Gandía tampoco le gusta la playa, dice que ya tuvo bastante playa de pequeño, además es rubio y se pone como un tomate cada vez que le da el sol, yo creo que tiene un trauma con eso de las quemaduras y por eso no le gusta la playa. A mí sin embargo me encanta.

    Seguiré esta historia, aún le quedan catorce interminables días jajaja.

    Besos Adelaida.

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  20. Gracias por tu visita Ruth y sí... aún le quedaban 14 interminables días que lo marcarían para siempre je je.

    No te los pierdas!!

    Un beso, amiga.

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