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viernes, 25 de noviembre de 2011

Contra la Violencia de Género.

Eslogan ganador 3º Concurso Ayuntamiento de Nueva Carteya




25 de Noviembre de 2011
Día Internacional para la Eliminación 
de la Violencia Contra la Mujer.


jueves, 23 de diciembre de 2010

Papá Noel me ha traído un jamón.



¡De miedo!
De miedo fue el relato que envié al concurso organizado por Javier Sanz de "Historias de la Historia" y por Françs Gori de la Editorial Toison.


Era la primera vez que escribía algo de este estilo, pero "Morando en su mente", que así lo titulé,  fue seleccionado entre los 36 trabajos presentados.

Después, gracias a los votos de los lectores que lo eligieron entre los  finalistas , mi relato ha sido el ganador, y... Santa Claus me va a traer el jamón y un lote de libros.


Aquí os dejo un enlace a 
donde se puede leer 


Enhorabuena a los otros 5  finalistas y al segundo clasificado, gracias a los que me han votado y felices fiestas a todos, que yo me voy a afilar el cuchillo... 


Adelaida Ortega Ruiz

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Accésit V Certamen Literario Fundación Fco García Amo. "La moneda de la suerte"

Por tercer año consecutivo me presento a este concurso y tengo el honor y la gran satisfacción de ver reconocido mi trabajo.



5 de Diciembre de 2010

En esta ocasión opté por algo un pelín fantástico. Espero que su lectura os resulte amena.



La moneda de la suerte

Adrián se apeó del viejo tren de mercancías antes de que se detuviera completamente. Alguien le había aconsejado que probara suerte en esta ciudad, y viajó hasta aquí oculto entre los enormes troncos que se apilaban en los vagones de carga. Con 23 años y todo el arrojo de un joven luchador, estaba decidido a triunfar en la vida. Sólo necesitaba estar en el lugar correcto y en el momento adecuado… y tal vez fuera éste y ahora.
Se cargó al hombro su breve equipaje envuelto en una raída tela a cuadros y se apartó con los dedos aquel mechón rebelde que siempre se descolgaba sobre su frente. Después miró a su alrededor y sonrió optimistamente: aquella estación, aquella ciudad… bien podrían ser su punto de partida.
Se sacó del bolsillo la única moneda que le quedaba y la tiró al aire…
- “Cara” hacia el este y “cruz” al oeste -pensó mientras la cazaba al vuelo.
- ¿Qué fue hijo, cara o cruz?- preguntó una voz cavernosa a su espalda.
Él se volvió y halló tras de sí a un viejo de aspecto sucio y desharrapado.
- Fue cruz, aunque supongo que da lo mismo -le contestó al vagabundo.
-Y ahora que la has usado… ¿Qué piensas hacer con la moneda? -inquirió de nuevo el anciano entrecerrando los ojos.
-Tiene usted razón… ya la he usado. Tenga, se la regalo -le dijo el muchacho al tiempo que le entregaba la moneda.
Después dio media vuelta y comenzó a alejarse en dirección al oeste.
- ¡Espera un momento, chico! Posiblemente esta moneda te haya indicado la dirección adecuada o… tal vez no, pero cuando depositaste tu suerte en el azar que ella te ofrecía, se convirtió en la llave de tu destino.
- ¿Y cómo sabe usted eso? -quiso averiguar Adrián que detuvo su marcha al instante.
- Me has regalado todo cuanto tenías, que era esa moneda, y a cambio de tu generosidad yo voy a poner a tu alcance algo que podrás aceptar o no… depende de ti.
El joven lo miró incrédulo: ¿Qué podría ofrecerle un indigente anciano y vagabundo? No obstante decidió prestarle atención; en su corta pero intensa experiencia por el mundo, había aprendido que no debía menospreciar a nada ni a nadie.
- Coge de nuevo tu moneda y guárdala- continuó diciendo aquel extraño personaje mientras se la ofrecía reluciente sobre su palma abierta -Si la tomas, ella te llevará siempre hasta lo que ambiciones, pero deberás confiar en su designio ciegamente.
- ¿Y usted cree de verdad que esta moneda…?
- Ya te dije que depende de ti, de lo que decidas en este momento. Puedes aceptar su suerte o confiar sólo en la tuya.
- ¿Y qué gana usted con esto? Me está devolviendo un dinero que seguramente necesita más que yo -titubeó Adrián receloso.
- Algún día, cuando hayas comprobado que lo que te digo es cierto, acudiré a ti y te pediré algo que necesite más que esta moneda. Entonces será el momento en que me pagues la suerte que te estoy regalando -aseguró el vagabundo.


Escuchado esto, Adrián alargó la mano y tomó otra vez la moneda. Seguramente toda aquella historia sería una bobada del pobre viejo trastornado, pero…
Se adentró en la ciudad con la moneda en el bolsillo, y entró en el primer bar que encontró a pedir un bocadillo y un vaso de agua; después de la caminata había sentido hambre y se alegró de tener aún ese poco dinero.
Cuando acabó su comida, depositó la moneda en el mostrador.
- Lo ha invitado a usted el señor que había en aquella mesa… -aclaró el camarero señalando en dirección a un rincón-, pero antes de marcharse dejó esto para usted.
Adrián cogió la tarjeta de visita que el hombre le entregaba, en la que aparecía impreso un nombre y una dirección. En su reverso estaba esta frase manuscrita: “A veces, para lograr el futuro, es necesario sacrificar el presente”.
- ¿Conocía usted a ese caballero? -preguntó Adrián, reflexionando aún sobre la extraña frase.
- ¿A don Augusto Agramonte? ¿Y quién no? -respondió el camarero sorprendido de que alguien en la ciudad no conociera a tan notable personaje- Es el hombre más rico que he conocido nunca… y que seguramente jamás conoceré… Es dueño de la mayor fábrica de muebles de la comarca y también de los aserraderos que dan empleo a casi todos los pueblos del contorno, aunque eso es sólo lo que yo sé; dicen que tiene tantas inversiones, acciones y fincas, que ni él mismo podría calcularlo a ciencia cierta.
Después Adrián guardó de nuevo su moneda y pensó que ya era la segunda vez que regresaba a su bolsillo. Al salir del bar consultó la dirección de la tarjeta y se encaminó hacia allí.
Cuando llegó quedó impresionado. Era la fábrica más grande que había visto nunca, y adosada a ella se divisaba una larga hilera de modernas naves, alrededor de las cuales, parecía bullir una frenética actividad de personas y vehículos. Al otro lado y separada por un precioso y cuidado jardín, se levantaba una majestuosa mansión edificada completamente de mármol blanco y cristal. Ahí debía vivir el dueño de todo aquello… el tal don Augusto Agramonte.
Empezaría por pedir trabajo, pero no iría a la fábrica… Él vería directamente al caballero que lo había invitado en el bar. Llamó a la puerta y enseguida acudió una sirvienta.
- Buenos días. ¿Podría ver al señor Agramonte?
- ¿Y a quién anuncio, por favor?
- Dígale que soy alguien que… “está dispuesto a sacrificarse ahora para lograr el futuro”.
La sirvienta lo invitó a esperar en el recibidor. Unos minutos después, volvió y le indicó que la siguiera.
La casa era magnífica y, al entrar en el despacho, Adrián se dijo que él algún día tendría uno igual. El suelo, las paredes y los muebles eran de las más nobles y refinadas maderas que en su vida había contemplado. La estancia estaba decorada con lámparas, librerías, cuadros y esculturas de incomparable belleza. Todo rezumaba lujo y opulencia a raudales.
El señor Agramonte estaba sentado tras su impresionante escritorio, en un sillón no menos regio que el resto del mobiliario. Era un caballero de unos 50 años, de pelo entrecano y pequeños ojillos azules de mirada astuta. Sobre la punta de su nariz apoyaba unas gafas que Adrián supuso que usaría únicamente para leer, pues en cuanto él entró, el caballero elevó su vista por encima de ellas, clavándola en su persona.
- ¡Pasa muchacho! Veo que eres un joven decidido. No me equivoqué contigo.
Adrián se acercó y le estrechó la mano con energía, lo que pareció satisfacer aún más al caballero.
- He venido a pedirle trabajo, señor Agramonte, y por supuesto a agradecerle su invitación de esta mañana, la cual para serle sincero, me sorprendió bastante -dijo Adrián sin rodeos-. Me gustaría saber qué lo impulsó a hacerlo.
- Te vi en la estación. Llegaste escondido en mi tren de mercancías y en cuanto te miré supe que eras un luchador. Yo tuve un hijo hace años, que… lamentablemente perdí -continuó hablando el rico empresario- y tú me lo recuerdas mucho.
- ¿Fue por eso que me pagó la comida, porque me parezco a su hijo?
- Podría ser… Pero lo cierto es que confiaba en que vinieras hasta aquí. Ahora voy a darte ese trabajo que me pides. Sé que no me defraudarás.
Al día siguiente Adrián empezó a trabajar como encargado de uno de los aserraderos. El ofrecimiento de tal puesto desde el primer día y sin pedirle siquiera referencias, le había parecido sorprendente; sin embargo una oportunidad así sólo se presentaba una vez en la vida, y él no estaba dispuesto a dejarla escapar, por lo que no hizo preguntas y aceptó el cargo con el firme propósito de demostrar su valía.


UNOS MESES DESPUÉS:
El joven Adrián fue progresando rápidamente en la empresa. Había comenzado como jefe de nave, pero poco después ascendió a coordinador general de todos los aserraderos. Ahora ya no llevaba ropa de trabajo; cada día se sentaba en su oficina de la planta principal vestido con un elegante traje. A veces se preguntaba qué habría visto don Augusto en él para depositarle tanta confianza, pero era mucho más cómodo aceptar aquella magnífica suerte y no cuestionar los motivos.
En poco tiempo pudo dar la entrada de una casita cercana a la empresa, con un jardín en la parte delantera, y también de un coche último modelo que aparcaba cada día en la puerta de la fábrica. Le gustaba que todos pudieran verlo, y más aún le enorgullecía sentirse tan importante como aparentaba.
Muchas noches don Augusto lo invitaba a cenar en su casa junto a otras personalidades de la ciudad, ante las que solía presentarlo como “su amigo y mano derecha”. Él se sentía satisfecho del círculo de amistades a las que tuvo acceso de la noche a la mañana. En una ocasión, al llegar a la mansión encontró al anfitrión acompañado de una joven preciosa, la que le presentó como su hija Andrea.
- No sabía que tuvieras una hija, Augusto, y menos que fuera tan bella.
- Encantada de conocerte, Adrián. He estado varios años estudiando en el extranjero -sonrió Andrea ofreciéndole su mano- He regresado esta misma mañana.
- El placer es mío – contestó él besando aquella mano con delicadeza.


Durante toda la velada Adrián centró su atención en la joven. Lo cierto es que no pudo apartar sus ojos de ella un solo instante, como poseído por su sublime belleza. Andrea, además, tenía una conversación afable e inteligente, y mientras hablaba sus gestos armónicos embrujaron a Adrián.
Tras la cena, el muchacho se marchó a casa sin conseguir apartarla de su pensamiento. Definitivamente estaba admirado. ¡Aquella era la mujer de su vida!
Al día siguiente, en su oficina, recibió una llamada de don Augusto: ¡quería verlo inmediatamente! Adrián se encaminó a su despacho un poco preocupado, pensando que tal vez el jefe estuviese molesto por el evidente acercamiento hacia su hija. Su sorpresa fue mayúscula cuando encontró a ésta en su compañía.
- Siéntate, hijo -lo invitó el señor Agramonte muy cordialmente-. Te he llamado porque quería proponerte algo, y no me andaré por las ramas: Te he estado observando desde el día en que llegaste y me has demostrado tener lo que yo llamo “visión de futuro”. Me gustaría que asumieras la vicepresidencia de la empresa.
Adrián no daba crédito a lo que oía.
-Naturalmente, no espero que me contestes ahora –continuó don Augusto-. Es un cargo de gran responsabilidad… Puedes reflexionar tu decisión tranquilamente.
-Por supuesto que acepto Augusto, no tengo nada que pensar. Desaprovechar esta oportunidad sería necio por mi parte. Te lo agradezco mucho.
Así fue como Adrián consiguió llegar a la vicepresidencia de la mayor empresa de la región, aunque para serse sincero a sí mismo, tuvo que admitir que todo le caía como llovido del cielo en cuanto lo ambicionaba. Tan sólo habían transcurrido 8 meses desde que bajó de aquel tren, sin más pertenencias que una muda de ropa limpia y una moneda en su bolsillo.
¡¡La moneda!!... ¿Dónde estaría? No había vuelto a pensar en ella desde que la guardó en una caja el primer día que se hospedó en la ciudad. Después, cuando se trasladó a su nueva casa, aquella caja debió llegar con los otros objetos de la mudanza… ¡Tal vez estuviera en el desván! Ahora que lo estaba meditando, pudiera ser que de verdad le trajera suerte… ¿Y si realmente era así? El viejo de la estación le había dicho que eligiera entre aceptar la suerte de la moneda o confiar sólo en sí mismo, pero que si aceptaba, algún día tendría que darle algo a cambio.
Sea como fuere le estaba muy agradecido a aquella moneda que le había indicado el camino correcto, porque lo cierto era que la fortuna le estaba sonriendo de forma increíble desde entonces. En cuanto llegara a casa la buscaría y, a partir de aquel momento, la llevaría siempre consigo como un talismán o… ¡como una lámpara mágica! Sonrió para sus adentros imaginando tal disparate, pero por si acaso ya había pensado en su próximo deseo…


CINCO AÑOS MÁS TARDE:
Adrián miraba atrás y recordaba su desarraigada infancia en el orfanato. ¡Cuánto había cambiado su vida desde entonces! Ahora poseía todo lo que hubiera podido soñar: tenía dinero y ostentaba una posición social envidiable, y sobre todo tenía el amor de la mujer más maravillosa del mundo. Se había casado con Andrea un año después de conocerla y ahora tenía un precioso hijo que ponía broche a su felicidad más absoluta. Él estaba locamente enamorado de su esposa y no imaginaba mayor dicha que la suya.
Desde la boda vivían en la mansión junto a Augusto, que se había convertido en un padre para él. A veces se metía la mano en el bolsillo para tocar aquella moneda que siempre llevaba consigo, y pensaba… “realmente me trajiste suerte”.
Sin embargo, una desgracia vino a enturbiar su satisfacción: Don Augusto murió de repente causándole una honda tristeza. Tras el funeral, los abogados concretaron la fecha para la lectura del testamento. Sería un mes después.
El difunto señor Agramonte le había legado a su única hija el 45% de las acciones de la empresa y la mansión con todas las obras de arte allí atesoradas, en las que durante años había ido invirtiendo gran parte de su fortuna. La sorpresa llegó cuando, contrariamente a lo que Adrián esperaba, él resultó ser beneficiario del otro 45% de las acciones. El restante 10% estaba en manos de un socio minoritario… un tal señor “Ernesto Cifuentes” al que él nunca había conocido personalmente.
Pero lo que rebasó con creces sus expectativas fue descubrir que también era el destinatario de dos sobres lacrados y numerados. En el primero de ellos se leía de puño y letra del propio Agramonte: “Ábrase tras mi fallecimiento y en presencia del notario”, y dentro se hallaba un documento que otorgaba a Adrián el contenido íntegro de la caja fuerte del difunto, del que se incluía un pormenorizado inventario, según el cual, la caja albergaba una ingente cantidad de acciones, bonos, dinero y joyas que lo convertían en un hombre sumamente rico.
En el segundo sobre se leía: “Combinación secreta de la caja. Este sobre debe ser abierto únicamente por Adrián y sin ningún testigo”.


De camino a casa, Adrián palpaba el pequeño sobre, aún cerrado, que había guardado en su bolsillo junto a la misteriosa moneda que siempre llevaba consigo. Una vez más recordó a aquel vagabundo que le había regalado tan increíble futuro.
Al entrar en la mansión que ahora era su hogar, se dirigió a la fabulosa estancia que había admirado desde el día en que llegó. Se reclinó por primera vez en el suntuoso sillón y se contempló a sí mismo como un hombre importante. ¡El fabuloso despacho de don Augusto Agramonte… ahora era suyo! ¡Todo era suyo!
Sólo había transcurrido un instante cuando la sirvienta llamó a la puerta.
- Disculpe señor, pero hay un… “ca-ba-lle-ro” que desea verlo –anunció la criada, recalcando ostensiblemente la palabra “caballero”- No me ha dado su nombre, pero me ha pedido que le diga “que le debe usted una moneda”… Si lo desea, hago que se marche; creo que no es más que un mendigo en busca de limosna -aseveró por último la muchacha.
¡El vagabundo! ¡Aquél tenía que ser el vagabundo! Adrián recordó entonces la condición que le puso aquel hombre: “cuando hubiera comprobado que todo era cierto, vendría a pedirle algo a cambio”. Ya había llegado el momento y él no podía negarse, porque aquella misteriosa historia había sido y era real.
- Hágalo pasar -le ordenó de inmediato a la sirvienta.
¿Qué vendría a pedirle? Adrián se puso de pie y aguardó nerviosamente hasta que lo vio entrar.
- Ha llegado el momento de que cumplas lo pactado -habló sin preámbulos el mendigo- Veo que la fortuna te ha sonreído, tal y como aventuré.
- Ciertamente -admitió Adrián-, aunque al principio no creí su historia, pero he comprobado que es verdad. He conseguido incluso más de lo que ambicionaba, más de lo que pude imaginar… así que estoy en deuda con usted. Pídame lo que necesite.
- Sólo quiero una cosa. Es un pequeño objeto que se guarda en la caja blindada de este despacho.
- ¿Un pequeño objeto? ¿Cuál, y cómo sabe usted que se encuentra ahí? -preguntó el joven intrigado- Yo ni siquiera he abierto la caja aún…
- Es una diminuta caja de madera, parecida a un pequeño joyero, de poco valor material y que no está especificada en el inventario de la herencia, pero habrás de entregármela en este mismo momento y sin abrirla: lo que hay en su interior es mi pago por tu fortuna.
Adrián se giró y caminó hasta la ventana sumido en sus cavilaciones. <<¿Qué contendría aquella cajita? Don Augusto le había legado todo cuánto se guardaba en la caja fuerte, y esa misteriosa cajita también estaba allí, aunque él aún no la había visto ni aparecía detallada en el inventario. ¿Qué podría guardarse dentro para que el mendigo se la pidiese? Lo más valioso que podía imaginar era un gran diamante de valor incalculable, pero aún así tendría que entregársela al anciano sin conocer su contenido, pues esa había sido su exigencia>>.
- Está bien, acepto -declaró por fin Adrián- Al fin y al cabo se lo debo.
Dicho esto Adrián sacó de su bolsillo el sobre con la combinación secreta y lo abrió, al tiempo que recordaba que hubiera debido hacerlo sin testigos, según la última voluntad de don Augusto, pero las circunstancias “eran las que eran” y no podía hacer otra cosa. A continuación le pidió al viejo que mirase a otro lado mientras introducía la clave y… ¡voilà! la caja blindada se abrió inmediatamente. Allí había fajos de billetes, papeles, carpetas y numerosas cajas de cartón y metal, pero en primer plano aparecía un diminuto joyero de madera, poco mayor que una caja de cerillas. Adrián lo cogió rápidamente y cerró la puerta al instante; ya tendría tiempo de revisar a solas todo aquello.
- Tenga la cajita. Ahora estamos en paz.
- Por supuesto -dijo el vagabundo sonriendo complacido- Ahora he de marcharme. ¡Que tengas suerte, muchacho!
Cuando Adrián quedó solo, se dispuso a abrir de nuevo la caja fuerte. ¡Aún no podía creer que todo aquello fuera suyo!
Introdujo de nuevo la clave y en cuanto la puerta se abrió advirtió que en el lugar donde había estado el pequeño joyero descansaba una carta que antes no había visto. Seguramente la cajita estuviera depositada sobre ella, pero la primera vez, con la prisa por cerrar no se dio cuenta. Abrió la carta muy intrigado y empezó a leer…


Querido Adrián:
Todo cuánto poseo se lo debo al contenido de esta cajita de madera. Consérvala bien, porque lo que en ella se guarda es mucho más de lo que aparenta ser.
Ahora te voy a contar una historia, que tal vez te resulte increíble, pero es completamente cierta.
Yo era un adolescente huérfano. Mis padres habían muerto y me ganaba la vida trapicheando en los muelles, descargando mercancías y como mozo de equipajes. Un día, bajó de un barco un hombre de acento extraño al que le ofrecí llevarle el equipaje. Él me comentó que apenas tenía dinero para darme propina, pero aún así transporté sus pesados baúles, pues era anciano y comprendí que necesitaba ayuda. Al terminar el viejo me dio una moneda. Me aseguró que no tenía más y yo se la devolví, pues no quería su dinero si a él le hacía falta. Entonces me dijo que aquella era una moneda mágica, que me ayudaría a lograr prosperidad, y que si la aceptaba, cuando consiguiera ser rico yo tendría que concederle algo a cambio o perdería cuanto la moneda me hubiera dado.
Acepté aquella moneda sin creer realmente el cuento del anciano, pero lo cierto fue que la suerte empezó a sonreírme de manera sorprendente y, en pocos años, reuní una gran fortuna. Me casé y un día, cuando mi mujer estaba a punto de tener a nuestro primer hijo, recibí de repente la visita de aquel viejo del puerto. Me dijo que había llegado la hora de concederle un deseo a cambio de mi fortuna: quería que le entregara al niño que estaba a punto de nacer.
Me negué rotundamente y él me aseguró que a partir de ese momento empezaría a perder todo cuanto tenía y amaba. Yo no quise creerlo, pero al día siguiente mi esposa se puso de parto y murió al tener a nuestro hijo. Entonces el viejo apareció de nuevo en mi casa y me previno contra lo que iría llegando después: mi hijo moriría también y posteriormente perdería todo lo que poseía hasta quedar en la más completa miseria.
Yo lloraba desconsolado y le rogué que me diera otra oportunidad. Así fue como me exigió el mayor sacrificio de mi vida: Tuve que llevar a mi hijo a un orfanato, con la condición de no irlo a buscar ni revelarle nunca que yo era su padre, hasta después de mi muerte, momento en que podría donarle mi fortuna y la moneda mágica.
Sí, hijo mío, tú eres aquel niño al que tuve que renunciar, pero del que siempre estuve pendiente hasta que logré tenerte a mi lado. No te preocupes por Andrea, porque ella era una niña que saqué recién nacida de aquel mismo orfanato la noche que te llevé a ti. Tenía que cubrir las apariencias, y entonces pensé que haría pasar a aquella criatura por el bebé que tu madre había dado a luz.
La crié como a mi propia hija… como te hubiera criado a ti de haber podido tenerte conmigo. Nadie supo nunca nada de toda esta historia, salvo una persona: Ernesto Cifuentes. Él era por aquel entonces el director del orfanato, y empezó a sospechar cuando deposité a un niño la misma noche que adopté a una niña en su centro. Tuve que comprar su silencio (le entregué el 10% de las acciones de la empresa), pero con el tiempo se convirtió en mi amigo y la única persona en quien me vi obligado a confiar. Le conté toda la historia de la moneda y así él pudo ayudarme desde el principio. Siempre me aconsejó correctamente y diseñó el plan para hacerte llegar hasta esta ciudad y hasta esta casa.
Sin embargo, debo prevenirte contra él, pues siempre he sabido que ambiciona la moneda y tal vez intente arrebatártela de algún modo el día que yo falte, que será cuando tú leas esta carta.


En ese momento la carta cayó de las manos del abatido Adrián. Acababa de comprender que el vagabundo de la estación no era otro que Ernesto Cifuentes, que había urdido aquel engaño para hacerse con la moneda. ¡Por eso nunca había podido conocerlo personalmente aún siendo accionista de la empresa! ¡Por eso el viejo sabía que él lograría prosperar, porque lo estaba enviando junto a su propio padre!
Ahora entendía la frase que don Augusto Agramonte le había escrito en la tarjeta en aquel bar: Él un día había sacrificado su presente para lograr un futuro para sí mismo y para su hijo. Pero ya era tarde; él se había dejado engañar y había perdido la preciada moneda de su padre.
Después miró la carta que reposaba en el suelo sin terminar de leer. La recogió y fue al penúltimo párrafo:


Ernesto se convirtió en un maestro del disfraz. Fue a verte muchas veces por orden mía al hospicio, haciéndose pasar bien por médico, por repartidor e incluso por fontanero, y de esa forma yo estuve siempre al tanto de tu vida… hasta que por fin saliste de allí y mi amigo logró que llegaras a esta ciudad. El plan era que él te esperase junto al tren y te guiara hacia la fábrica para pedir trabajo, pero lo cierto es que yo aquel día no pude aguardar más y en el último momento decidí ocultarme en la estación para verte llegar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando reconocí a Ernesto bajo el disfraz de un vagabundo. No pude escuchar lo que hablabais, pero contemplé el “ir y venir” de una moneda entre ambos y… aquello me hizo sospechar..
Hoy he pensado escribir esta carta, pues no sé el tiempo que viviré y quiero dejarlo todo preparado. Ahora ya sabes mi historia y el valor de la moneda que guardo en esta caja. Cuídala bien porque ella marcó mi vida para siempre y también la tuya. Ahora su magia te pertenece. Quiero que sepas que te he querido por encima de todo y doy por bien empleado mi sacrificio por haber logrado un futuro para ti, ya que no pude regalarte mi presente.


                    Firmado: Tú padre, 
                  Augusto Agramonte.


PD: Adrián, a veces, el sitio más seguro es el que está más a la vista. Por eso, tras firmar esta carta y sin que lo advirtieras, he cambiado la moneda que siempre guardé en mi cajita por la que aquel día te entregó Ernesto en la estación. La verdadera moneda de la suerte ahora está en tu bolsillo.


Adelaida Ortega Ruiz

domingo, 21 de noviembre de 2010

Nueva Carteya. 1º Premio II Concurso Eslóganes contra la violencia de género.



Por segundo año consecutivo tengo el honor de ser premiada por mi eslogan para la campaña contra la violencia hacia la mujer.


Mujer: amiga, compañera, amante, confidente, víctima

He aquí cómo ha quedado el eslogan insertado en el cartel 25N 2010





Adelaida Ortega Ruiz

lunes, 26 de octubre de 2009

Primer Premio I Concurso de Eslóganes "Día Internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres"

Este mes de Octubre me ha traído una nueva alegría, la cual sinceramente no esperaba, el primer premio en el concurso de eslóganes organizado por la Concejalía de Políticas Sociales del Ayuntamiento de Nueva Carteya.


Me puse delante de un word en blanco y pensé... "debe ser algo que diga mucho con pocas palabras y tiene que reflejar los sentimientos de una mujer maltratada que clama su derecho a tener derecho,  a no ser pisoteada y vulnerada por alguien posiblemente más fuerte físicamente. Quiero que hable de que una mujer es un ser inteligente, sensible y humano, que a veces es contemplada como un espécimen inferior por culpa de la ancestral cultura machista, de los condicionamientos religiosos o de la falta de educación social..."


Agradezco a los miembros del jurado que hayan elegido mi eslogan y reitero mi enhorabuena a la Concejalía de Políticas Sociales  por las extraordinarias iniciativas que está teniendo, en particular a Helena Amo, que está llevando a cabo una labor encomiable.

En este sentido, aprovecho también la ocasión para anunciar otro buen proyecto de esta concejalía, en el cual me he visto implicada con mucho gusto. Se trata de una obra de teatro que se representará en la Casa de la Cultura el 8 de Marzo de 2010, para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, y que yo misma he escrito y dirigiré sus ensayos a partir del próximo mes de Noviembre.

Es un proyecto en el que tengo mucha ilusión y espero que pueda salir bien. Más adelante podré dar más detalles sobre el tema, y tras la representación colgaré la obra en mi blog. Lo que sí adelanto es que es un drama con tintes cómicos y su título es "Genobundio y Abuveva".

Adelaida Ortega Ruiz


martes, 8 de septiembre de 2009

¿NO POR SER MUJER?. Premio local del I Certamen literario "Con nombre de Mujer". 4 de Julio de 2009






Una historia que aunque salió de mi imaginación, bien podría representar las vivencias de muchas mujeres que no han podido alcanzar sus sueños, precisamente por ser mujeres.


¿No por ser mujer?




La década de los treinta daba sus últimos coletazos. La guerra había terminado. Eran tiempos difíciles para una familia humilde como la nuestra. En casa éramos demasiadas bocas que alimentar, y como solía decir mi padre, para colmo de males, Dios no lo bendijo con ningún hijo varón. ¡Ideas de otros tiempos!

Él trabajaba de sol a sol, pero a pesar de ello, el dinero sólo nos alcanzaba para malvivir.
Siempre recuerdo aquella frase suya… “un niño nos hubiera traído un pan bajo el brazo”.

A veces me hubiera gustado ser el varón que trajese aquel pan. Tal era la concienciación sexista que respiré desde la cuna, consecuencia derivada sin duda de una arraigada cultura machista, que aún hoy, a mis ochenta y un años de edad, veo que los españoles no hemos desechado plenamente.

Yo, por ser la mayor de las cuatro hermanas, me quedaba en casa ayudando a mamá.
Carmen contaba por aquel entonces diez años, uno menos que yo, y Dolores y Francisca seis y cuatro respectivamente.

A mi corta edad sabía limpiar, lavar la ropa y cuidar a las dos pequeñas. Tuve que aprender pronto, pues mi madre se pasaba el día cosiendo y planchando por encargo, para traer a casa algún ingreso extra.

Vivíamos siempre con lo justo, pues aunque teníamos para comer, no podíamos permitirnos ningún otro lujo en ropas ni cosas para la casa. Los vestidos iban pasando de una en otra cuando se nos quedaban pequeños. Mamá los zurcía bastante bien y los usábamos hasta casi destrozarlos. Ella guardaba algo del dinero que ganaba con sus costuras, para “los imprevistos” como le oí decir tantas veces.

Mi casa era pequeña, pero nos arreglábamos bien. Sólo había otro dormitorio bastante grande aparte de la alcoba de matrimonio, así que Carmen y yo dormíamos juntas en una cama doble, y Dolores y Francisca en otra igual al lado. Abajo estaba la cocina, la despensa, el comedor y un patio con un pozo, un limonero precioso y un corralillo en el que criábamos gallinas.

Carmen era la única de nosotras que iba a la escuela de Doña Mercedes, donde algunas niñas aprendían labores de costura y bordado, a leer, a escribir e incluso las cuatro reglas. Doña Mercedes era la viuda de don Manuel, el médico, y cuando éste murió prematura y repentinamente, ella puso la escuela en la salita de la antigua consulta de su marido, y así iba subsistiendo. Sin embargo a mi madre nunca quiso cobrarle nada por enseñar a Carmen, pues vivía en la casa de al lado, y mi hermana se pasaba el día con ella desde que tuvo uso de razón. A cambio de esas clases gratuitas, mamá acostumbraba a plancharle y hacerle algunos arreglos de ropa a la maestra.

Carmen era muy bonita, con piel clara y pelo negro, ojos oscuros y una sonrisa muy dulce, aunque su mayor virtud era su facilidad innata para estudiar. Recuerdo su afán constante por aprender cada día cosas nuevas, pero nosotros no teníamos libros ni dinero para comprarlos, por lo que doña Mercedes le prestaba a mi hermana los de la biblioteca de su difunto marido, que eran devorados por la mente insaciable de la niña, así fueran de geografía, historia, novela o incluso medicina.

Jamás olvidaré la noche en que oí aquella conversación de mis padres, cuando pensaban que todas nosotras dormíamos profundamente. Mi madre dijo que esa tarde había venido a hablarle doña Matilde, la esposa del boticario, que tenía tres hijos de corta edad, y buscaba una chica de unos diez u once años para que los cuidara y sirviera en su casa. Papá dijo que era una noticia estupenda y que así una de las dos mayores podríamos ayudar con lo que ganásemos, y de paso Carmen se olvidaría de una vez por todas de tantos pájaros como tenía en la cabeza con los libros y el estudio, añadiendo que ya era hora de que aprendiera a ser una mujer y se preparase para llevar una casa, pues pronto estaría en edad de confeccionarse el ajuar y de echarse novio para casarse, lo que no encontraría en esas absurdas lecturas en las que andaba siempre inmersa.

Mi madre le dio la razón, aunque confesando que sentía pena, pues doña Mercedes le había insistido muchas veces en la gran capacidad y predisposición de Carmen para estudiar y en que deberían plantearse que la niña, dada su valía, estudiara una carrera de maestra o de cualquier otra cosa.

Papá le contestó que tal vez, si fuera un varón, harían el esfuerzo de mandarlo a estudiar, pero que una mujer debía pensar en formar una familia y conocer el manejo de la casa y las labores femeninas, y que todo lo demás, sería a la larga una pérdida inútil de tiempo y de dinero.

Así acordaron que yo seguiría en casa como hasta entonces, que las dos pequeñas empezarían a ir a la escuela con doña Mercedes para aprender al menos a escribir, y que Carmen, que ya sabía más que suficiente, iría a servir a casa del boticario.

“¡Ya sabía más que suficiente para ser mujer!”. Ahora, cuando mi existencia alcanza su último tramo y tengo la experiencia de toda una vida, miro hacia atrás y me doy cuenta de cuan equivocados eran todos aquellos prejuicios sobre los que nos asentábamos, como si fueran las bases más sabias y sensatas, o simplemente lo natural.

A la mañana siguiente Carmen se levantó temprano, como de costumbre, dispuesta a marchar con la maestra. Mi madre le comunicó que aquella sería su última jornada de escuela, pues al día siguiente empezaría a trabajar sirviendo en casa de doña Matilde. Mi hermana lloró todo el día, pero de nada sirvieron sus lamentos. Incluso doña Mercedes vino a hablar con mi madre, pero ésta le dijo que “la decisión estaba ya tomada y la última palabra la tenía su marido”, o sea, mi padre, que en absoluto era un mal padre… simplemente era un hombre de su época con la visión práctica que entonces se consideraba más acertada. En su cabeza no entraban otras alternativas para la vida de una mujer.

A mi hermana no le quedó más remedio que obedecer y entró al servicio de doña Matilde. Allí jugaba con los niños, los sacaba a pasear y los cuidaba, aparte de ayudar a la señora en las tareas domésticas. Cada día entraba a trabajar a las ocho de la mañana, y volvía a casa al anochecer, excepto los domingos, que tenía la tarde libre. Su única alegría era que pudo ampliar la gama de libros para leer, pues don Segismundo, el boticario, contaba con gran variedad de títulos en su despacho, y Carmen aprovechaba el ratito de la siesta en que los niños dormían, para leer con fruición.

Una noche, al acostarnos me contó que don Segismundo la había sorprendido con un libro sobre “farmacología natural” en las manos. Ella se asustó mucho y pensó que la despediría por tocar las cosas sin permiso; comenzó a llorar y pidió perdón prometiendo que no volvería a hacerlo más, pero para su sorpresa, el boticario, lejos de reprenderla, se mostró muy interesado en los motivos de la niña para tal lectura, que en cualquier caso, podría resultar tediosa para una chiquilla de diez años. Mi hermana le explicó entonces que no era aburrida en absoluto, puesto que le apasionaba todo lo referente al efecto de las plantas sobre el organismo humano, su absorción por éste y la aplicación terapéutica para la curación de distintas enfermedades. También le contó que conocía bastante bien la anatomía humana y las funciones de los órganos vitales, gracias a los libros de medicina que la viuda de don Manuel el médico le había prestado desde que era pequeña.

Don Segismundo se quedó tan impresionado que a penas pudo articular palabra. Le costaba creer que una niña tan pequeña tuviese aquel ímpetu y ansia de aprender, a pesar de ser mujer y de pertenecer a una familia sin recursos económicos. Sólo alcanzó a decirle que tenía permiso para usar los libros en sus ratos libres y que podía llevárselos a casa para leerlos por las noches, siempre que quisiera.

De este modo Carmen empezó a venir cargada a diario con pesados tomos sobre plantas, fármacos, sustancias químicas y enfermedades, además de las novelas de autores clásicos que, para ella, suponían una lectura liviana. Por la mañana los devolvía puntualmente, por si acaso el boticario los pudiese precisar para alguna consulta de su trabajo, y así los llevaba y traía cada día con exquisito cuidado, pues ella afirmaba que los libros eran un tesoro cuyo valor iba más allá de su mera presencia física.

Fueron pasando los años y yo cumplí dieciocho. Aquel tiempo transcurrió lento y pesado, como si cada día durase una eternidad. La monotonía me hacía más largas las horas, siempre con los mismos quehaceres y sin otra ilusión de futuro que echarme novio y no quedarme “para vestir santos”, como decían mis padres. Mis labores giraban siempre en torno a lo mismo: recoger tierra blanca para fregar los cacharros de cocina, barrer y fregar los suelos de rodillas, cocinar y lavar la ropa a mano. Por las tardes me sentaba junto a mi madre, y mientras escuchábamos la radio, ella cosía y yo bordaba mi ajuar, que a aquellas alturas ya tenía casi acabado. Mis padres comenzaban a preocuparse, pues a mi edad aún no tenía ningún pretendiente, y eso desvelaba sobre todo a mi madre, que no quería siquiera pensar en que me convirtiera en una solterona. “¿De qué viviría cuando ellos faltasen?”

En cambio a Carmen, que ya había cumplido los diecisiete, la rondaba desde hacía meses un joven algo mayor que ella. Él tenía veintiún años y acababa de heredar la panadería de su familia, lo que lo convertía a ojos de mis padres en un excelente partido para mi hermana.

Carmen, por aquel entonces, llevaba ya un año trabajando como manceba en la farmacia de don Segismundo, pues tras los años de servicio en su casa, éste valoraba mucho su inteligencia, y decía de ella que era una muchacha muy despierta, así que la colocó como su ayudante.

Adolfo, el panadero, se había fijado en mi hermana en sus visitas a la farmacia, y comenzó a esperarla cada tarde a la hora de cerrar, para entablar conversación con ella. En aquella época no estaba bien visto que una pareja de jóvenes pasearan solos por la calle, así que mi hermana solía andar delante y él la seguía hasta casa unos pasos por detrás, hablándole desde lejos sobre cosas banales, para no provocar los comentarios de la gente.

Mi hermana me confesó que se sentía halagada por la atención que suscitaba en aquel hombre, pero que no estaba segura de querer formalizar una relación con él. A pesar de eso, una noche, tras entrar ella en casa, Adolfo se quedó en la puerta esperando, y al rato, tocó con los nudillos. Mi madre salió a ver quien era, y el chico le pidió hablar con su marido. Venía a solicitar permiso para cortejar a Carmen, pues él, según le aseguró a mi padre, quería hacer las cosas bien, ya que era un hombre formal y deseaba contar con la aprobación de la familia.
De este modo, comenzaron a verse y a hablar a diario.

Mi hermana aún albergaba la esperanza de poder estudiar algún día. Durante todos aquellos años, desde que entró a trabajar con doña Matilde, no había dejado de leer cuanto caía en sus manos y de aprender más y más cosas. Soñaba con ser médico, aunque ella sabía que eso era un sueño casi imposible por motivos económicos y sobre todo, porque chocaba con el infranqueable obstáculo de ser mujer en un ambiente rural y en una sociedad eminentemente machista.

De todos estos anhelos estaba al corriente Adolfo, pues al irse incrementando la confianza entre la pareja, mi hermana le había abierto su corazón. Él había alimentado su ilusión, prometiéndole que una vez casados él podría costearle sus estudios, ya que su negocio iba muy bien y podía permitírselo. Carmen se veía radiante de felicidad. El joven era apuesto, atento con ella y sobre todo parecía comprenderla mejor que nadie en el mundo.

En el otoño de 1948, tras dos años de noviazgo se casaron. Mi hermana Carmen tenía ya diecinueve años. Estaba llena de emoción ante el nuevo mundo que se ponía a su alcance. Se había informado, y si hacía unos cursos de convalidación y unos exámenes, podría ingresar en la Universidad de Medicina en un plazo aproximado de tres años. Aún era muy joven y estaba a tiempo de realizar sus sueños.

Transcurrido un mes desde la boda, un día en que fui a comprar el pan, cuyo despacho atendía mi hermana desde que era esposa de Adolfo, le pregunté a ésta cuándo empezaría los cursos de los que me habló y cómo se las ingeniaría para atender la panadería y estudiar al mismo tiempo. Ella pareció inquieta al responderme. Me dijo que tendría que aplazarlo un poco, pues su marido quería ampliar el negocio y le había pedido que esperase hasta que la situación se estabilizara de nuevo.

Yo, mientras tanto seguía en casa, “compuesta y sin novio”. A mis veinte años continuaba esperando el príncipe azul que me asegurase el futuro, un futuro de ama de casa que llegaría a su culmen siendo madre de familia, máxima y casi única aspiración para una mujer en aquella época. Cuando ahora pienso en aquellas ideas retrógradas, no puedo menos que plantearme la hipocresía tejida en torno a la vida de la mujer, que aún hoy no ha desaparecido por completo: no hacía falta que estudiásemos ni nos preparásemos para ganarnos la vida por nosotras mismas, ya que cuando viniera el futuro marido a rescatarnos de nuestra soltería, no tendríamos necesidad de otras capacidades que no fueran las labores del hogar. Sin embargo, si ese marido no llegaba, nos veríamos condenadas a permanecer al amparo de nuestros padres hasta el día en que ellos faltasen, y cuando eso sucediese, el único trabajo para el que estaríamos capacitadas sería fregar y barrer en casas ajenas para ganarnos el pan, pues nunca nos prepararon para otra cosa ni se contempló la necesidad de ello.

A medida que pasaban los meses, mi hermana Carmen se mostraba más taciturna. Ya a penas me contaba nada como solía hacer antaño, y sus visitas a nuestra casa se fueron espaciando. Al principio venía cada día varias veces, pero ahora sólo lo hacía cada varios días y siempre con prisas y con una excusa a mano para marcharse pronto. Yo me preguntaba qué podría pasarle. Ya no veía en ella aquella alegría ni la ilusión desbordante con la que contrajo matrimonio.

Un día fui a visitarla por la tarde. A esa hora el despacho de pan estaba cerrado, así que pensé que tendríamos más intimidad y tal vez se sincerase conmigo.
Encontré la puerta de atrás entornada, por lo que entré llamándola a media voz. La casa estaba oscura, con todas las ventanas cerradas y las cortinas corridas. Me extrañó que hubiera salido dejando la puerta abierta, de modo que pasé al fondo, hacia la cocina, donde se veía luz que entraba del patio. Allí estaba sentada mi hermana, sola, llorando. Enseguida la abracé sin preguntarle nada, y ella se desmoronó en mis brazos dando rienda suelta a su llanto contenido. Me dijo que tendría que marcharme pronto, pues Adolfo no tardaría en regresar y le molestaría encontrarme allí. Me contó entre sollozos que nada de lo que éste le prometió antes de casarse era cierto. Tras mucho tiempo de darle largas a sus aspiraciones de estudiar, un día ella le exigió que le dijera cuando podría empezar aquellos cursos. Él volvió a decirle que más adelante, y entonces ella lo enfrentó dejándole claro lo que pensaba: “que él la había engañado y que tan sólo pretendía tener a su disposición una criada para la casa y una dependienta para la panadería, sin importarle que jamás pudiera desarrollar sus otras cualidades como persona”. Aquel fue el primer día que su marido le pegó, lleno de furia y gritándole que “ella era su mujer y haría lo que él mandase, así que se fuera olvidando de las tonterías inútiles y se centrara en trabajar como cualquier mujer normal”.

Asimismo me contó que poco a poco él se había vuelto irascible, revelando un carácter huraño y posesivo. Le recriminaba que saliera de casa, aunque fuera a ver a su familia, por lo que ella tenía que hacer escapadas casi furtivas para visitarnos. Le impuso el tipo de ropa que debía usar, llegando a quemarle todas las prendas que él consideraba “imprudentes”, y prohibiéndole tajantemente que leyera los libros que el boticario y doña Mercedes le habían regalado, así como los que ella adquirió con sus ahorros de años de trabajo, los cuales ardieron junto a los vestidos en una gran hoguera en el patio.

Me sentí indignada y lloré con ella. Aquello debía tener una solución, y le dije a mi hermana que se viniera a casa conmigo, que cuando papá lo supiera seguro que él lo arreglaría. Carmen se negó. Temía que si no salía bien y se veía obligada a volver con su marido, las cosas empeorasen aún más.
Luego me urgió para que me marchase antes de que él regresara, y me pidió que no les contara nada de momento a nuestros padres, pues tal vez todo se arreglase.

Me marché apesadumbrada. Aquella noche di vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Ya me preocupaba a todas horas pensando si él estaría pegándole en aquel momento y sentía una gran pena por mi hermana, obligada a renunciar a sus sueños que sin duda podría realizar si alguien le diera una sola oportunidad para intentarlo.

Cada día yo iba a la panadería y tratábamos de comunicarnos por señas, para saber si todo iba bien, pues Adolfo andaba siempre por allí y sobre todo, cuando íbamos alguien de la familia, no la dejaba sola ni un momento. Así fue pasando el tiempo y Carmen con veintitrés años, aparentaba mucha más edad de la que tenía. La tristeza y las ropas oscuras que siempre vestía le conferían un aspecto envejecido y melancólico.

Yo comencé a verme con Ignacio, un joven vendedor ambulante de mi misma edad, que solía venir al pueblo con fruta en un camión. No tardó mucho en pedir mi mano y planeamos casarnos para la siguiente primavera. De aquel modo la preocupación de mis padres por mi soltería se vio aliviada, pero no así la que yo compartía en secreto con mi hermana por su desdichada situación.

Una noche, cuando ya estábamos acostados, oímos fuertes golpes en la puerta. Presentí que algo malo podría haberle sucedido a Carmen y no sé cómo salté de la cama y bajé la escalera, pero en sólo unos segundos yo estaba abriendo la puerta y abrazando a mi hermana, que estaba allí de pie, con el único abrigo de una manta sobre su camisón, y descalza en medio de la calle en aquella gélida noche de invierno. La hice pasar inmediatamente y cerré la puerta. Ella temblaba como una hoja, no sé si más por el frío o por el pánico que su rostro reflejaba. Mi padres y mis hermanas pequeñas, que habían bajado tras de mí, se amontonaron en el portal preguntando todos a la vez lo que pasaba. Los gemidos entrecortados de Carmen no nos dejaban entender sus explicaciones, así que la guié suavemente hacia el comedor, donde aún quedaban algunos rescoldos de picón encendidos en el brasero, bajo la mesa. Subí rápidamente a buscar ropa y zapatos para que se vistiera, y al quitar la manta de sus hombros, todo quedó claro. Sus brazos, su espalda… todo su cuerpo estaba lleno de hematomas.

Unos momentos después se oyeron de nuevo desmesurados golpes en la puerta. La casa retumbó del suelo al techo y la pobre Carmen se refugió en los brazos de mamá como si fuera un bebé. El terror la tenía completamente paralizada. Sólo repetía una y otra vez “¡Ayudadme, no quiero volver con él!”. Todos imaginábamos que sería Adolfo el que llamaba. Papá fue a abrir, pero antes nos dijo que subiéramos todas arriba y esperásemos allí.

Mi cuñado entró colérico, preguntando dónde estaba su mujer. Creo que si la hubiese encontrado en su camino la hubiese maltratado delante de todos, a juzgar por su tono furibundo. Mi padre procuró calmarlo. Lo oímos invitarlo a sentarse para hablar. Nosotras escuchábamos desde arriba, las cinco abrazadas y muertas de miedo. Nunca habíamos vivido una situación así; bueno… excepto mi hermana, en la piel de la cual nos estábamos poniendo en aquel mismo momento.

Es fácil imaginar la conversación, pero difícil asimilar tanta incomprensión. Mi padre le dijo que no consentiría que le pegase a su hija, y Adolfo le contestó que ahora era su mujer, y que él era quien no consentiría todas aquellas historias absurdas de Carmen, con las que pretendía desatender su casa y a su marido. Exigió que Carmen bajase o por el contrario él subiría a buscarla. Papá consiguió tranquilizarlo y le rogó que la dejase pasar la noche allí, pues estaba muy nerviosa, y le prometió que al día siguiente él mismo la acompañaría a su casa.

Por fin Adolfo se marchó algo menos alterado, y entonces nosotras bajamos a hablar con mi padre. No podíamos creer que él la fuera a poner de nuevo en las garras de aquel desaprensivo. Nos contestó que “él no podía hacer nada, puesto que Carmen era la mujer de Adolfo y su lugar ahora era su casa, junto a su marido, y que lo que debía hacer era no enfadarlo con sus tonterías, pues él bien que se lo venía diciendo desde niña”. Mi padre agregó que “si ella se portaba como una mujer cabal, seguro que ya no tendría más problemas”. Después dio las buenas noches y le recordó a Carmen que por la mañana se preparase bien temprano para volver a su hogar.

Nos quedamos boquiabiertas. Papá quería aparentar fortaleza, pero mientras subía la escalera, observé sus hombros hundidos, su cabeza gacha, y su expresión de profunda desazón.

¿Qué podíamos hacer? Mi madre lloraba angustiada, mis hermanas pequeñas no sabían qué hacer ni qué decir y Carmen… Carmen habría dado cualquier cosa porque no amaneciera. Cada poro de su piel exhalaba pánico.

Subimos a acostarnos, aunque aquella noche nadie durmió. Yo me tumbé junto a mi hermana en esa cama grande que habíamos compartido tantos años, y la acurruqué en un abrazo que quería transmitirle todo el amor que sentía, que en aquel momento era más grande que cualquier otra cosa en el mundo.

Nos pasamos la noche así, mirando a la ventana y deseando que no entraran por ella las claras del día. Pero la mañana llegó y Carmen tuvo que marchar.
Pasaron varios días antes de que nos atreviésemos a ir por la panadería. Temíamos que nuestra presencia fuera contraproducente. Por fin yo me decidí una mañana y fui al despacho de pan. Mi hermana estaba allí, como de costumbre, pero no parecía ser ella. Le habían robado su ser, su esperanza, su alegría de vivir. Ahora era como un pájaro con las alas rotas, que vive y respira, pero no puede volar, y se queda en una jaula resignado a esperar la muerte sin haber sido nunca feliz.

El invierno tocó su fin. A finales de Marzo, la primavera florecía sonriente. En casa ultimábamos los preparativos de mi boda, que sería a mediados de Mayo.

Mamá me confeccionó el vestido de novia más bonito que yo había visto jamás. Lo copió de un periódico viejo, donde aparecía una foto de las nupcias del Archiduque Félix de Austria con la princesa Ana de Arenberg. También les hizo lindos vestidos a mis hermanas y ahora estaba cortando el traje de mi padre, que sería el padrino de bodas. No sabíamos si Carmen tendría ya preparado su vestido, pues desde aquella noche de la paliza, sólo hablábamos con ella lo imprescindible al comprarle el pan, porque Adolfo parecía irritarse cuando estábamos allí. Mi hermana no había vuelto a visitarnos desde entonces.

Nos sorprendió que una noche, cuando estábamos cenando, llegara a nuestra casa acompañada de su marido. Él parecía de buen humor, e incluso bromeó conmigo acerca de la boda. Mi madre aprovechó para preguntarles a ambos si querían que ella les hiciera la ropa que lucirían el día de la ceremonia. Carmen se limitó a mirar a Adolfo, como esperando que él decidiera. Me dolió ver hasta qué punto mi hermana carecía ya de su propia opinión, que se limitaba a lo que su marido ordenase.

Adolfo reaccionó bien; dijo que sí, e incluso hizo un comentario sobre “lo buena modista que
era su suegra”. Mi madre se puso muy contenta. Yo creo que pensaba que las cosas tal vez se habrían arreglado. Entonces les pidió que vinieran a tomarse las medidas cuando quisieran. Mi padre también pareció súbitamente eufórico por aquel cambio repentino de Adolfo, tanto fue así, que le insistió a éste para que lo acompañase al bar de enfrente, para invitarlo a un anís.

Cuando se marcharon, no sin que antes mi cuñado advirtiera que volverían enseguida, mamá le dijo a Carmen que aprovecharía mientras los hombres regresaban para tomarle a ella las medidas, ya que tenía pensado un modelo precioso que podría confeccionarle. Mi hermana pareció reacia. Le puso la excusa de que Adolfo iba a volver pronto y no les daría tiempo, pero mi madre pasó directamente a bajarle la cremallera del vestido mientras le decía “¡anda, tonta, si sólo será un momento!”. En cuanto mi madre tiró de la primera manga pudimos contemplar las moraduras, unas más recientes, otras de color más difuso…

Carmen se subió la manga bruscamente sin decir nada. Se sentó y sus ojos empezaron a brillar llamando a las lágrimas. El absoluto silencio que se hizo en la sala hablaba por sí solo. Un momento después dijo: “hoy volvió a pedirme perdón una vez más”.

A partir de entonces me propuse ayudar a mi hermana. No podía dejarla en manos de aquel individuo sin escrúpulos. Tenía que hacer algo y tenía que hacerlo ya.

Una semana después, fui a visitar a una amiga que casualmente vivía al lado de la panadería. Como era la hora de la merienda, nos sentamos junto a la ventana a charlar y tomar el café. Estuve intencionadamente pendiente de la calle todo el tiempo, hasta que vi salir a mi cuñado de su casa. Entonces me despedí y fui a casa de mi hermana.
Se alegró mucho de verme, pero la hice callar y le pedí que me prestara atención. A continuación saqué de mi bolso un paquete envuelto en papel de periódico y se lo entregué.

-Toma este dinero y márchate ahora mismo -le dije.



-Pero… no puedo. Me buscará y es capaz de matarme -repuso ella.


-No le digas a nadie dónde estás, ni siquiera a mí ni a nuestros padres. Cuando pase un tiempo, ponte en contacto conmigo. Yo iré a vivir a la capital cuando me case, y desde allí me será más fácil ayudarte - le aseguré.


-¿Pero de dónde sacaste todo este dinero? -me preguntó Carmen mientras quitaba el papel y tomaba en su mano los billetes.


-Vendí mi ajuar -le contesté sonriendo-. Ignacio me ayudó y él lo fue vendiendo por los pueblos con su camión.

Nunca olvidaré la triste sonrisa que se dibujó en su cara, mientras las lágrimas le brotaban incontenibles y me abrazaba con toda la emoción y el orgullo que sólo es capaz de albergar el cariño entre dos hermanas.

Recogió algunas cosas apresuradamente y las metimos en varias talegas de pan, para no levantar sospechas entre los vecinos. Le dije que se diera mucha prisa, pues Ignacio la esperaba con el camión a las afueras del pueblo, y él la llevaría hasta la estación de tren. El corazón se nos salía del pecho. A mí me latía tan fuerte que podía escuchármelo sin esfuerzo. Si Adolfo nos sorprendía…

Cuando nos disponíamos a salir, la puerta de la casa se abrió y un relámpago de miedo helado paralizó nuestros cuerpos. Pensamos que todo se había acabado, pero por fortuna era mi madre quien apareció en el portal.


-¿Qué haces aquí, mamá? -le preguntó mi hermana.


-Hija, he estado observando a Inés toda la semana -dijo refiriéndose a mí-. Sabía que tramaba algo, y he ido comprobando que cada día mermaba el ajuar que se bordó desde pequeña. Sé que vas a marcharte -añadió- y aquí te traigo el dinero “de los imprevistos”… ese que fui guardando todos estos años. ¡Tómalo y adelante! Te quiero hija mía.

Todo salió como Ignacio y yo habíamos planeado. Nunca podré agradecerle bastante al que fue mi marido durante cuarenta y dos años, el apoyo y la comprensión que me brindó.

Después de aquello, como era de esperar, Adolfo llegó enfurecido a mi casa buscando a Carmen. Gritó, pataleó, golpeó las paredes y las puertas y dio puñetazos sobre la mesa, pero sinceramente ninguno sabíamos dónde estaba mi hermana.

En el pueblo se sucedieron las habladurías. Murmuraban que era una “cualquiera” que había abandonado a su marido para poder vivir a sus anchas. Escuchábamos los crueles comentarios sobre ella con profundo dolor, pero con el regocijo de que había logrado escapar de su incierta y negra vida.

Yo tuve que aplazar unos meses mi boda, pues entre mis hermanas pequeñas, mi madre y yo, hubimos de improvisar un nuevo y básico ajuar, sin tantos bordados ni adornos, pero ciertamente hecho de amor.

Ignacio y yo nos casamos el 4 de Agosto de 1953, cuando yo contaba veinticinco años. La única pena que enturbió mi felicidad aquel día fue no tener a mi hermana Carmen a mi lado. Tras de la boda nos fuimos a vivir a la capital, que distaba treinta kilómetros de mi pueblo. Poco tiempo después supe de mi hermana. Ella conocía mi nueva dirección y me mandó una carta sin remite citándome dos días más tarde en una cafetería cercana a mi nueva casa.

Acudí a la cita a la hora señalada y por fin pudimos besarnos y abrazarnos. Carmen parecía otra. Hasta su pelo brillaba más y sus ojos volvían a tener la chispa de antaño. Me contó que estaba en una pensión barata bajo un nombre falso, porque vivía en perpetua alerta, y que de momento había conseguido un trabajo por las tardes fregando escaleras en varios edificios.

Se había matriculado para los cursos de acceso a la universidad, así que por las mañanas asistía a clase, y por las noches estudiaba. Mal que bien iba tirando gracias al dinero que ganaba trabajando y, el que mamá y yo le dimos lo reservaba para los gastos de libros y estudios. Me prometió que algún día me devolvería todo lo que le di, pero yo le aseguré que aquello que le entregué no era otra cosa que la esperanza de ser feliz, mas la felicidad no tiene precio, por lo que me sentiría bien pagada si alguna vez ella lograba realizar sus sueños.

Hoy he acudido al funeral de mi hermana. Murió ayer, cuando había cumplido los ochenta años de edad.

Tuvo la vida que ella siempre deseó, aunque no exenta de dificultades. Consiguió acabar la carrera de medicina, y a los treinta y dos años trabajaba ya de cirujana en el Hospital Provincial. Su marido la descubrió allí y comenzó a acosarla. Por aquellos años no existía el divorcio, por lo que legalmente y ante la Iglesia seguían estando casados. Ella tuvo que cambiar varias veces de domicilio, pero él siempre la seguía y continuaba amenazándola.

Algún tiempo después conoció a un doctor inglés que vino a España a dar unas conferencias sobre recientes descubrimientos médicos. Él era científico y experimentaba con nuevas tecnologías. Se enamoraron como quinceañeros y un año después vino a despedirse de todos nosotros, pues se marchaban a Londres a vivir juntos. Allí empezó a trabajar con él y se introdujo en el mundo de la investigación médica. A lo largo de los años logró varios premios muy prestigiosos en este campo. Nosotros leíamos las noticias en la prensa y nos sentíamos tan felices y orgullosos como jamás pudimos imaginar. Cada año venían a España a visitarnos un mes durante el verano. Se quedaban en casa de mis padres y Adolfo en aquellos días parecía desaparecer de la faz de la Tierra; ya no se atrevía a reclamarle nada, porque ella estaba ahora muy lejos de su alcance.

Tuvo dos hijos y una vida plena y feliz; luchó y consiguió lo que siempre anheló, para lo que demostró ampliamente que valía como persona y como mujer, a pesar de los arduos obstáculos que tuvo que superar por el hecho de ser mujer.

Cuando se jubiló regresó a vivir a España. Su compañero había muerto unos años antes y ella quiso volver con los suyos. Se instaló en mi ciudad y pudimos recuperar mucho del tiempo perdido por culpa de la lejanía. Mis padres ya no estaban, pero Francisca y Dolores también vivían cerca y volvimos a ser las cuatro hermanas de siempre.

Carmen era llamada muy a menudo de universidades españolas para dar conferencias y a la vez escribía artículos médicos en varios periódicos y revistas. También emprendió una cruzada personal en pro de los derechos y la igualdad de las mujeres, las que durante tantos años nos hemos visto postergadas a un segundo plano de la sociedad, sin libertad para una vida propia y decidida por nosotras mismas. Dio charlas sobre la equiparación salarial a las empleadas de diversas fábricas, escribió artículos sobre el maltrato a la mujer, e incluso fundó una asociación de ayuda femenina.
Mi hermana se lamentó hasta su muerte de tantas desigualdades sociales que aún prevalecen en nuestros días y luchó activamente para combatirlas.

Hoy, 1 de Abril de 2009 la he acompañado hasta su tumba, y he pensado que podría escribir su historia. Tal vez con ella aliente a tantas mujeres como puedan verse actualmente, sometidas por su condición de género. Quiero animarlas a que luchen por sus derechos y mantengan viva la esperanza y el valor para decidir su destino.

Hoy también recordé el ajuar que bordé cada tarde desde que era niña, aquel ajuar que valió la libertad de una mujer.

Adelaida Ortega Ruiz


viernes, 4 de septiembre de 2009

Accésit IV Concurso literario Fundación F. García Amo de Nueva Carteya. 3 de Julio de 2009


Recibiendo premio y diploma de manos de D. Antonio Pérez Oteros, presidente de la fundación.

Gracias a todas aquellas personas, que tras el acto, me mostraron su afecto.


MI CONSUELO ES NO VERTE SUFRIR


Lo vi llegar desde una ventana del segundo piso. Venía en el asiento trasero de un coche que paró en la puerta de la residencia, en la tarde de un domingo del mes de Julio. Enseguida se bajaron los ocupantes de los asientos delanteros: una mujer de mediana edad y el que debía ser su marido, también de unos cuarenta años, el cual abrió la puerta para que saliese el anciano. Era un hombre de unos ochenta años, de cabello blanco aunque abundante para su edad, alto, de aspecto distinguido a pesar de su andar cansado, y con una complexión que conservaba rasgos de haber sido fuerte otrora.

Oí que me llamaban por megafonía. Sin duda querían que me ocupase del nuevo ingreso. Bajé inmediatamente y me dirigí a recepción. Allí me esperaban ya los tres; el matrimonio aguardaba de pie, junto al mostrador, y el señor mayor se había sentado un poco más lejos, en una silla de la entrada. Todos los trámites habían sido formalizados previamente con el director del centro. Sólo restaba firmar y sellar la hoja de ingreso, el cual, según constaba en el documento, tendría una duración indeterminada.

-En principio será sólo para el mes de vacaciones –dijo la señora-. Después pasaremos a recogerlo.
De este modo, el matrimonio se despidió del hombre con un beso en la mejilla y la promesa de venir a despedirse antes de su viaje, dejándolo en mi sola compañía y la de una triste maleta. Ambos miramos como se alejaba el coche hasta que se perdió tras la verja del camino. Entonces observé la ficha y memoricé su nombre. Se llamaba Joaquín.

Acompañé a Joaquín hasta su habitación. Por el camino le fui explicando algunas de las normas y horarios de la residencia, pero me pareció que no me prestaba atención. Intuí que albergaba una profunda tristeza, y me sentí impulsada a intentar animarlo. Yo sólo llevaba tres semanas trabajando allí, pero por mi preparación como auxiliar de geriatría, sabía que no debía tener implicación directa en la vida personal de los residentes y limitarme a una relación estrictamente profesional, pues de lo contrario, sufriría con cada caso que conociera. Por todo ello procuré simplemente ser cariñosa y estuve hablando un poco con él mientras le ayudaba a colocar sus pertenencias, pero me impresionaron sus maneras educadas y la franqueza que transmitía.

Así pasaron varios días en los que cada tarde acudí a su habitación para charlar un rato y hacerle compañía, ya que Joaquín parecía ensimismado, y se negaba a bajar a la sala de estar con los demás residentes.

Poco a poco fue adquiriendo confianza en mí y sus primeros recelos parecieron esfumarse. Me contó que había sido acomodador en un cine de Madrid toda su vida. Se encargaba del mantenimiento de la sala y también de la proyección de las películas, cuyos rollos tenía que cambiar cuando se acababan, pues se dividían en varias partes. Me explicó cómo el negativo tenía pequeñas perforaciones que componían el sonido, y solían romperse en casi cada sesión, quedando la pantalla en blanco y provocando el vocerío y las protestas del público, así que lo arreglaba aplicando acetona con un pincel. Me aseguró que tenía memorizados los diálogos de los clásicos más bellos del cine, los que había visto en decenas de ocasiones, y me los repetía interpretando los gestos de aquellas escenas inolvidables. Yo aplaudía y reía de buena gana.

Narrándome todo aquello, su mirada se tornaba soñadora y daba la impresión de que su tristeza desaparecía por unos momentos.

El viernes por la mañana me pareció más animado; supuse que por la inminencia del fin de semana y la probable visita de su familia. Aquella tarde volví a su cuarto a conversar con él, como había estado haciendo toda la semana, pues ciertamente me agradaba su compañía y sus historias me resultaban entrañables. A aquellas alturas ya no podía discernir si lo seguía visitando para confortarlo o más bien era yo quien encontraba refugio en él. Me gustó verlo tan radiante y creo que su optimismo lo incitó a contarme detalles más personales.

Desde que se casó había vivido en un piso de alquiler, sobre el viejo cine donde trabajó hasta su jubilación, pero ya hacía años que lo habían cerrado. Su dueño era propietario de la totalidad del inmueble, y todos los inquilinos sabían que tarde o temprano tendrían que abandonarlo, pues existía un proyecto para derribarlo y construir un centro comercial.

Joaquín había enviudado hacía seis años, y desde entonces siguió viviendo solo bajo aquel techo, a pesar de la insistencia de su hijo en llevarlo a su casa. Más tarde, inevitablemente tuvo que abandonar el que había sido su hogar durante medio siglo, así que se mudó con su familia. Con ellos estuvo durante algo más de cuatro años, hasta el domingo anterior, cuando llegó a la residencia de ancianos.
Toda su vida trabajó sin descanso. Para él no había vacaciones, pues las proyecciones no cesaban domingos ni festivos, pero todos sus ahorros los había invertido en la educación de su hijo, que resultó ser un estudiante brillantísimo y obtuvo licenciaturas en varias ingenierías y otros tantos master en Estados Unidos e Inglaterra. Él se sentía tan orgulloso de su vástago que no podía imaginar mayor obra que haberlo dado todo para que llegara a lo más alto.

Su nuera trabajaba en un prestigioso bufete de abogados, por lo que él, cuando fue a vivir a su casa, se hizo cargo del cuidado de su pequeño nieto, de dos años de edad, al que recogía de la guardería por las tardes, lo acompañaba al parque y lo vigilaba en casa hasta la llegada de su madre. También tenía otro nieto más mayor, de catorce años, con el que jugaba al ajedrez cada noche y le contaba fabulosas historias que el chico escuchaba absorto.

Mientras me hablaba de sus seres queridos, sus ojos brillaban de emoción. Echaba de menos aquellas partidas de ajedrez con su nieto, las conversaciones con su hijo tras la cena y los juegos del pequeño por la casa, que eran su mayor alegría y su único apego al mundo, pues ya sólo los tenía a ellos.

A la mañana siguiente, cuando pasé por las habitaciones distribuyendo los medicamentos del desayuno, encontré a Joaquín ya afeitado, aseado y vestido. Se había puesto su mejor traje y se veía ilusionado. Me dijo que no sabía a qué hora vendría su familia, pero que como los sábados no solían trabajar ni su hijo ni su nuera, tal vez viniesen temprano. Estaba deseando verlos y sobre todo al pequeñín del que tantas anécdotas me había contado.

Durante el desayuno en el comedor de la planta baja, avisaron de que había una llamada para Joaquín, pero no lo encontré en ninguna mesa, así que fui yo a atender el teléfono. Era la esposa de su hijo. Me dijo que no podrían venir porque habían adelantado sus vacaciones por motivos de trabajo y que se encontraban ya en la playa, de modo que lo verían a su regreso. Se disculpó muy amablemente y me encomendó que le transmitiera a su suegro su cariño y el de toda la familia.
Encontré al anciano sentado en un banco del jardín de la entrada, mirando hacia la verja del camino. Estaba esperando ver entrar el coche de su hijo. Me dolió en el alma tenerle que dar el recado, y más aún verlo levantarse sin decir palabra y marcharse cabizbajo hacia su habitación. Al principio pensé que era mejor dejarlo solo, pero luego lo seguí para consolarlo. Todo lo que intenté fue en vano. Joaquín volvió a sumirse en una tristeza infranqueable.

Durante la siguiente semana seguí visitándolo cada tarde, pero era yo quien le contaba cosas mías mientras él, con la mirada perdida, observaba a través de la ventana, tal vez las sombras del jardín. El pobre hombre no comprendía lo que había pasado, pues tanto su nuera como sus nietos siempre habían demostrado que lo querían muchísimo y lo trataban con enorme cariño; su hijo lo adoraba y era el mejor hijo que un padre pudiera desear. Para Joaquín ellos eran lo que más amaba y la única ilusión en el último tramo de su existencia. Cuando su mujer murió fueron su refugio y la tabla a la que se aferró para seguir viviendo.

En aquellos días, el anciano recibió una llamada de su nieto mayor y otra de su nuera, preguntándole cómo estaba y diciéndole que lo echaban de menos. Le pedían que no se preocupase por nada y le aseguraban que pronto volverían. Cuando me lo contaba, yo no podía evitar pensar que había algo extraño en todo aquello. Joaquín era un hombre entrañable y por lo que yo había podido percibir, sin duda era muy querido por los suyos. Me sorprendía que le hubiesen dado la espalda de aquel modo tan repentino por unas simples vacaciones playeras.

Poco antes de cumplirse la tercera semana de estancia de Joaquín, una mañana, al entrar yo a trabajar a las ocho en punto, encontré a la esposa de su hijo sentada en la sala de espera. Me dirigí hacia ella y rápidamente me reconoció y se levantó a saludarme. Le dije que hasta las nueve no estaban permitidas las visitas, pues aún no se habían servido los desayunos, así que, mientras esperaba, la invité a tomar un café en el bar de la residencia. Tengo que confesar que a pesar de que no era ético inmiscuirme en ciertos asuntos, mi propósito era indagar en aquella situación que me parecía tan misteriosa. No podía dejar de sentirme conmovida por la soledad a la que se había visto abocado el pobre viejo tan bruscamente.
La señora se llamaba Laura y ciertamente me pareció muy educada y cariñosa. Estuvimos comentando sobre Joaquín, del que yo le conté cuanto había observado desde su llegada: le dije sin rodeos que estaba deprimido y que yo temía que su salud se resintiese. Le sugerí que el hecho de no encontrar explicación para un cambio tan repentino en su vida, podría ser la razón de su pena.

Laura me escuchó atentamente y con expresión de sincera aflicción. Me di cuenta de que reprimía sus lágrimas y me atreví a preguntarle si necesitaba ayuda o si había algo de lo que quisiera hablarme. Entonces me contó una historia que nunca podré olvidar, pues me impresionó hondamente.

Cuando la esposa de Joaquín murió, él no derramó una sola lágrima, pero se hundió en una tenaz melancolía. El anciano quiso seguir viviendo en su piso mientras le fuese posible, pues se negaba a abandonar los recuerdos y los rincones que allí había compartido con ella. Unos días después del sepelio les rogó que lo llevaran hasta el cementerio, y allí pidió quedarse a solas junto a la tumba de su mujer. Ellos se alejaron para respetar la intimidad de aquel momento, pero lo oyeron llorar mientras acariciaba la foto de la lápida y le hablaba así a su difunta compañera: “Te echo de menos, Ana. El silencio de nuestra casa me habla de ti a cada instante. Entro a la cocina y espero encontrarte allí, pero ya nunca estás; voy al salón y tu sillón siempre está vacío… me acuesto y esa cama se ha vuelto grande y fría. Lamento haber dejado pasar un solo día de nuestra vida sin decirte cuanto te amo. Ahora me siento solo y triste, pero mi consuelo es que hayas sido tú quien se marchó antes, porque no querría que afrontases sola este dolor que estoy viviendo yo sin ti”.

La quería tanto que se alegraba de que ella no pasara aquel trago tan amargo, y por eso prefería ser él quien sufriera la pérdida y la soledad.

Así fue pasando el tiempo hasta que el anciano fue a vivir con su hijo. Todos estaban encantados y él se sentía feliz con el cariño de todos, pero lamentablemente las cosas cambiaron repentinamente un mes antes de ingresar Joaquín en la residencia.

Carlos hacía días que sufría fuertes dolores de cabeza, por lo que decidió acudir a la clínica de un doctor amigo suyo. La mañana de la cita, durante el desayuno, Joaquín sufrió un desvanecimiento momentáneo y su hijo le pidió que lo acompañase a la clínica a que le hicieran un chequeo a él también, aunque el anciano se negaba aludiendo que sería una simple bajada de tensión y que no tenía importancia, pero después de la mucha insistencia de todos, no tuvo más remedio que acceder.

Dos días más tarde el doctor llamó a casa y citó con urgencia a Laura y a Carlos. El azar había hecho que las pruebas de padre e hijo arrojaran unos resultados inquietantes. Joaquín tenía un tumor en la cabeza que por su situación no presentaba síntomas ni dolor alguno, pero no existía posibilidad de extirparlo, por lo que la muerte le sobrevendría a corto plazo de manera súbita e instantánea, aunque tranquila.

El caso de Carlos era más complejo. Tenía un tumor cerebral que le afectaría en poco tiempo a la facultad de hablar y coordinar los movimientos. Podían intentar una intervención quirúrgica, pero el riesgo de no superarla era muy alto, y si no operaban moriría igualmente en unos meses.

Aquella noticia transformó sus vidas en unos minutos y los obligó a tomar decisiones drásticas y muy difíciles. Carlos quiso tener la misma generosidad que vio en su padre aquel día junto a la tumba, y dispuesto a no hacerlo sufrir más, resolvió mantenerlo al margen de la verdad. “Ningún padre debería ver nunca morir a un hijo”. De esta forma pensó que si lo alejaban de casa le evitarían el dolor, pues prefería que los creyera indolentemente de vacaciones a hacerle saber que ambos iban a morir. Así Joaquín esperaría con ilusión su regreso en aquella residencia y tal vez, si la muerte le llegaba antes que a su hijo, se iría sin esa amargura.

Aquel primer sábado en que llamaron excusándose por no venir, en realidad Carlos estaba en la mesa de operaciones. Si todo salía bien, en unos días fingirían volver de la playa y traerían al abuelo de regreso a casa.

-¿Y qué sucedió? ¿Está bien tu marido? -le pregunté yo algo turbada por la gravedad de la respuesta que esperaba escuchar.

-Sí. Gracias a Dios superó la operación y anoche le dieron el alta médica - me respondió Laura con un gran suspiro de alivio-. Carlos se está recuperando muy bien y los especialistas coinciden en que la intervención ha sido un éxito. No queremos esperar ni un día más para tener a mi suegro en casa. Nuestra mayor aflicción es que haya podido sufrir todos estos días pensando que lo habíamos dejado solo tan insensiblemente.

Entonces lo comprendí. El propósito de todo aquello era ahorrarle sufrimiento en sus últimos días de vida. Ahora ella había venido a recoger a Joaquín y llevarlo a casa.

Abracé a Laura sinceramente conmovida y le dije que aguardara unos momentos más, porque yo misma iría a avisar a su suegro y a ayudarle a preparar el equipaje.
Cuando entré en su cuarto me extrañó que aún estuviese dormido. Él solía ser madrugador y llegaba de los primeros al comedor para el desayuno. Levanté la persiana mientras lo llamaba alegremente, pero no se movió. Entonces me acerqué a la cama para tocarlo y comprobé que estaba muerto. Había fallecido mientras dormía. Seguramente no sufrió, pero murió esperando ver por última vez a sus seres queridos.

Después del funeral decidí empacar sus cosas y enviárselas a su familia. Era lo menos que podía hacer por ellos tras el gran golpe que habían sufrido. Al abrir un cajón encontré una carta dirigida a su hijo. No tenía sobre, por lo que pude leer:

“Querido hijo: Sé que voy a morir. Lo supe antes de aquel chequeo, pues mi desvanecimiento de esa mañana no fue el primero, y yo mismo acudí al hospital a revisarme. No quise que lo supierais porque es irremediable y sólo conseguiría preocuparos los pocos o muchos días que me queden de vida, durante los cuales mi felicidad es saber que he contribuido de alguna manera a que seáis esas buenas personas que conozco y amo. No quiero que os apenéis por mí. He tenido una vida estupenda y he sido muy feliz. Ahora voy a reunirme con tu madre y me voy contento. Durante estos días he estado algo triste porque temo morir antes de que regreséis y no poderos dar el último adiós. Si fuera así, sabed que soy consciente de cuánto me queréis y que hay algo que sin duda os ha impedido tenerme estos días con vosotros. No sé qué pueda ser, pero estoy seguro que lo habéis hecho por mi bien. Estad tranquilos y no os culpéis un solo momento por haber llegado tarde. Me voy satisfecho y en paz. Dadles un beso a esos nietos míos y decidles que el abuelo se marchó pensando en ellos. Os quiero a todos”.

Esta fue una de las muchas historias humanas que viví durante mis veinticinco años en aquella residencia para lo que ahora llaman “la tercera edad”. Jamás pude mantenerme al margen de las personas que conocí, y unas veces me alegré y otras sufrí con ellas, pero siempre aprendí. Ellas me enseñaron lo que es el amor y la generosidad.



Adelaida Ortega Ruiz