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domingo, 29 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya VII. "Asuntos de remolacha".

Comienzo el séptimo relato de anécdotas de mi pueblo, aclarando que todas y cada una de ellas están basadas en hechos reales. También es cierto que el desarrollo de la acción, tal como yo  lo narro, no es fiel a la realidad, ya que procede exclusivamente de mi imaginación, pero sí es textual el hecho central de todas las anécdotas, que os aseguro que siempre es verídico al cien por cien. Los nombres de los protagonistas también son falsos, para que nadie pueda sentirse aludido.


Asuntos de remolacha.

Nació Rigoberto Anacleto a principios del siglo XX, en el seno de una familia humilde, y al ser varón y primogénito le pusieron Rigoberto por el padre y Anacleto por el abuelo, dos nombres que juntos resultaban un tanto chocantes, pero como dijo la abuela... “todo es acostumbrarse”.




Creció el niño sano y robusto y, a la edad de 9 años, dejó la escuela para cuidar las vacas. Sólo aprendió por tanto lo mínimo de letras y números, y no muy bien por cierto, ya que era poco espabilado. No obstante era trabajador y tenaz, y siendo un mozalbete, quedó huérfano de padre, y hubo de hacerse cargo del ganado y de unas nuevas tierras que su progenitor acababa de adquirir sembradas de remolacha.


Rigoberto Anacleto nunca había conocido a nadie que se llamara igual que él, y había crecido con la firme creencia de que su nombre, por raro, era único en el mundo.


Poco tiempo después de la muerte de su padre, el joven hubo de buscar comprador para la primera cosecha de remolacha, y siendo que de vacas entendía mucho, pero de remolacha poco, buscó consejo en un tío suyo, que le propuso viajar a Madrid a tratar el asunto con unos empresarios de allí.


Así fue como Rigoberto Anacleto concretó con su tío Gustavo, al que todos llamaban Gómez, que al cabo de dos semanas se encontrarían en Madrid. El tío Gómez lo esperaría allí, pues él tenía que adelantarse para gestionar otros negocios.


Y llegó el muchacho a Madrid. Era la primera vez que salía del pueblo, y hasta el viaje en tren le resultó algo extraordinario. Jamás había visto otra cosa que los campos y sus vacas.


En cuanto puso el primer pie en la estación, empezó a mirar a un lado y a otro. Aquello era más grande de lo que había imaginado. El caso es que no recordaba el nombre del hotel que le había dicho su tío, pero no creía que fuese ningún problema.


-¡Bueno!- pensó -En cuanto salga a la calle ya me guiarán a donde el tío Gómez; por algo mi madre siempre dice que “preguntando se llega a Roma”.


Y en una calle cualquiera de Madrid empezó a preguntar...


-¿Ha visto usted a Gómez?


-¿En qué hotel está mi tío Gómez?


-¿Ha visto usted a Gómez?


Ignoro de qué forma o por qué milagro divino, Rigoberto Anacleto dio con su tío, pero lo cierto es que lo encontró.


Un par de días después de su llegada a la capital de España, el tío lo invitó a ver una obra de teatro. Era una buena idea aprovechar su estancia para ver cosas que en el pueblo no tenían oportunidad de conocer, así que entraron a un teatro y ocuparon sus asientos.


Mediada la representación, entró en escena un personaje que ¡oh azares de la vida!, llevaba por nombre Rigoberto Anacleto. Acto seguido, otro personaje inició conversación con él, diciéndole así:


-Rigoberto Anacleto, ¿a qué has venido?


¡No se lo podía creer, lo habían conocido! Ni corto ni perezoso, se levantó de su asiento, situado justo en el centro del patio de butacas y, muy emocionado, gritó a pleno pulmón...


-¡A ASUNTOS DE REMOLACHA!

No entraré a describir las carcajadas generales en el teatro, ni la situación tan embarazosa por la que pasó el tío Gustavo y los actores que vieron su interpretación interrumpida de manera tan singular, pero sí os digo que “Rigo” se vino para el pueblo contando que era tan popular en madrid, que hasta los actores famosos lo conocían y lo llamaban por su nombre, único en el mundo.




Adelaida Ortega Ruiz.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya VI. "La hora del crepúsculo".

La hora del crepúsculo.

Maruja era una señora muy adinerada pero poco instruida, cuyo postizo lustre se había forjado a base de codeos con los altos círculos y las amistades ricachonas. A pesar de eso, ella era muy “autodidacta” en sus modos y lenguaje, y aunque intentaba imitar lo visto y oído… no siempre lo conseguía, para disgusto de su marido y de sus refinadas hijas.



Cuentan que una tarde, estando Maruja en su casa, recibió una visita inesperada.


-Osss Andreaaaaa ¡Que alegría, chiquilla! Vengan pacá dos besos.


-Sí Maruja ¡meses ya sin vernos!, pero escucha, antes de nada te voy a presentar a estas señoras, amigas de Valladolid.


-Malegro en verlas y tanto gusto. Pasarrr, pasar padentro.
………
-Pues como te iba diciendo, Maruja, estas amigas han venido a visitarnos desde Valladolid. Son familia de mi marido, y como les he hablado tanto de ti, han insistido en conocerte.

-Ah, pos mu bien que está eso. Me siento muy “honorable”.


Así pasaron la tarde conversando sobre los tapetes de hilo que estaban tejiendo, los ajuares de las hijas casaderas y las faenas domésticas.


Al despedirse…


-Bueno, pues se ha hecho tarde, Maruja, y tenemos que marcharnos, pero quedamos para tomar el té mañana en mi casa, ¿te apetece?


-¡Ayyy qué bien, porque estas amigas tuyas son pero que muy agradables! ¿Y a qué hora voy?


-A la hora del crepúsculo.


-¿A la hora de qué? digo… Ahhhh sí… pues eso, que a esa hora me presento yo.


Más tarde, cuando llegó su marido a cenar, le habló de la visita que había tenido y le contó que la habían citado a tomar el té a cierta hora que no sabía repetir. ¡Y mira que le había dado vueltas en su memoria, pero no había manera de recordarla!

-Era algo del culo, Antonio, pero no macuerdo.


-Mujer, pues tú te vas temprano y así vas charlando mientras llega la hora- dijo el marido intentando aportar una solución práctica.


Dicho y hecho. Al día siguiente, marchó Maruja a casa de Andrea nada más almorzar, y de esta forma se aseguraba de no llegar tarde.


La reunión fue muy amena, y Maruja estaba encantada de tener señoras tan educadas con quienes conversar, de modo que se le ocurrió organizar otro té en su casa para el día siguiente.


-Ah, estupendo!!- exclamó Andrea - ¿Y a qué hora quedamos?


-Pues… pues...- La pobre Maruja se estrujaba la mente en busca de aquella palabra tan distinguida. Quería quedar bien a toda costa -ustedes sus vais... ¡Cuando SUS SE ENCRESPE EL CULO! ¡Eso es!- agregó satisfecha por haberse acordado al fin de esa hora tan rara, y que sin duda sería una expresión correctísima, viniendo de señoras tan cultas.


Días más tarde, las amigas de Valladolid invitaron a Maruja a ir a conocer su tierra.


La mujer estaba tan entusiasmada que quiso comprarse ropa nueva para el viaje, y pensando que por Valladolid haría más frío que en Andalucía, decidió impresionar a las vallisoletanas vistiendo un buen abrigo de pieles.


Así pues, marchó a Córdoba a una prestigiosa peletería. Se compró el abrigo de visón más caro del establecimiento, un chaquetón de chinchilla, una estola de zorro (con cabeza y todo) y unas zapatillas de piel de nutria para andar por casa.


El dueño de la peletería, agradecido por tan magnífica compra, quiso tener una gentileza con la señora, así que tras empaquetar las prendas adquiridas, ofreció a Maruja unos preciosos guantes de cuero marrón.


-Señora, me va a permitir obsequiarle estos guantes, ya que veo que es el único detalle que le falta.


-¡Ah, no! De ninguna manera.


-Pero ¿Cómo me los va a rechazar usted, si soy yo quien está encantado de ofrecérselos?


-Porque yo no soy así. Yo en tos laos que voy pago lo que me llevo.


-No me ha entendido usted, mi querida señora. Estos guantes son por cortesía de la casa.


-¡Que no! Que me dice usted lo que valen y yo los pago.


-¡Por Dios, señora! Nada de eso. Es que mi establecimiento la considera a usted una clienta especial y tiene la deferencia de RE-GA-LAR-LE este par de guantes.


-¡Está bien! Ya que insiste tanto, por educación le voy a coger uno…

Adelaida Ortega Ruiz.

domingo, 22 de noviembre de 2009

25 de Noviembre. Día Internacional contra la violencia de género.

El pasado Sábado 21 de Noviembre, asistí a unas charlas organizadas por el Área de la Mujer de IU local, sobre la violencia de género. Fui invitada por la organización para intervenir... más bien para dar mi opinión, pues no soy ninguna autoridad en la materia y sólo pude aportar mis sentimientos.


También intervino una chica joven, víctima de esta violencia. Su testimonio me impresionó profundamente, y creo que a todos los presentes, pues con 21 años tiene una larga y dura experiencia a sus espaldas, y más sufrimiento del que muchas personas puedan conocer en toda una vida.


Este ha sido el primer acto de este tipo en Nueva Carteya, pero espero que no sea el último, pues cuando te adentras es estos temas, es cuando te das cuenta de que realmente el problema existe... que no es una noticia del Telediario, sino algo muy crudo que afecta a personas reales.


Por supuesto, soy consciente de que no sólo las mujeres son víctimas de violencia de género. También hay hombres maltratados, pero lo cierto es que queramos o no reconocerlo, las que están muriendo casi a diario en España, son ellas, no ellos. A estas alturas de año ya son 58 las asesinadas por novios, compañeros, maridos o "ex". Tal vez mañana, tengamos que lamentar la nº 59. Y esto seguirá así hasta que la sociedad no tome verdadera conciencia de los problemas reales y las desigualdades que seguimos padeciendo las mujeres, empezando por el ámbito doméstico.


CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO



Buenas tardes a todos, señoras y señores.


Cada día vemos en televisión alguna nueva noticia que nos sobrecoge. Son muchas las mujeres que pasan cada año a engrosar la lista de víctimas por violencia de género, pero yo no voy a hablar de cifras ni estadísticas, sino de las personas que hay detrás de ellas, con su particular historia, con su propio sufrimiento, aunque todas atrapadas en la misma injusticia indignante.


No es fácil para quienes no lo hemos vivido meternos dentro de esa piel, y por eso hoy quiero hacer un ejercicio imaginario, para sentirme más cerca, para que todos nos concienciemos de que a esas mujeres a las que les tocó vivirlo, se les está negando el respeto no ya sólo por ser mujer, sino por ser persona. Esto es lo que quise reflejar con el eslogan que encabeza este año la campaña de nuestro pueblo contra esta lacra social.


Imaginemos pues la historia de María y pongámonos todos por unos momentos en su lugar.


María es una mujer corriente, como cualquiera de nosotras, que ilusionada inicia una vida en común con el hombre al que ama, al que ve como un amigo y como un compañero, pero sin saber muy bien porqué, ni cómo, ni cuándo exactamente se empieza a producir el cambio, él deja de ser esa persona amable y comprensiva de la que ella se enamoró, para convertirse en alguien que le recrimina a diario sus actuaciones, sus amistades, sus costumbres; que le cuestiona continuamente sus palabras… hasta que ella llega a pensar que es mejor no mostrar su propia opinión para no ocasionar conflictos.


La convivencia placentera que soñó con él, pasa a ser un constante estado defensivo al que ella repliega su vida cotidiana, con excusas siempre preparadas por si a él no le gustase esto o aquello, con silencios obligados para no provocar su injustificada ira…


De repente es María la que cambia. Su verdadera personalidad queda relegada a un segundo plano: es mejor ceder, callar por miedo, aguantar por prudencia; hacerse pequeñita, pequeñita, y confiar en que él se de cuenta de que ella no merece todo eso, y de que sigue allí siendo la misma a la que en otro tiempo él trató de muy diferente modo.


-“¿No me ve? Soy la misma de antes y sigo queriéndolo”.


Pero cuanto más pequeñita se vuelve ella, más grande se hace él y más poder le impone. Llega un momento en que su misma pasividad es motivo de furia y, un día, él le pega por primera vez. La golpea hasta que ve saciada su cólera.


Cada golpe duele y seguirá doliendo muchos días después, incluso cuando las huellas se hayan borrado. Duele la humillación, el desamor y sobre todo una pregunta sin respuesta… ¿Por qué?


Un millón de dudas la asaltan y cuando aún no ha decidido qué hacer, él le pide perdón y le promete cambiar, ser aquel compañero amable, amigo incondicional y amante enamorado que ella desea… y lo desea con tanta fuerza, que María lo cree. La alegría vuelve a su ser y la ilusión a su corazón.


Son días maravillosos de paz… de vida.


Pero él no ha cambiado. La misma promesa se repite una y otra vez y luego se esfuma, como progresivamente se marcha también la autoestima de la mujer. Se siente cohibida, atemorizada, anulada como persona. El trato vejatorio la ha convertido en un ser que se deja llevar, siempre pendiente de la aprobación de él. Con miedo, siempre con miedo.


Después de muchos golpes, seguidos de pasajero arrepentimiento, ella se da cuenta que no debe continuar perdonando inútil y eternamente, y reúne valor para pedir ayuda. Le cuesta mucho porque llega a pensarse la culpable de su propio infortunio. Sin embargo consigue sacar la fuerza para creer en sí misma y hablar de cuanto ha callado por vergüenza al principio y por terror más tarde. Entonces se enfrenta a una parte muy difícil: dar a conocer su situación, la denuncia, las incómodas declaraciones íntimas ante desconocidos, dejar su casa y partir de cero, exponerse a las crueles habladurías… pero sobre todo a las amenazas de él.


Ella sabe que él la considera suya, sin derecho propio, como una pertenencia sobre la que actuar tiránicamente. Para él, ella ya no es libre… es suya y no la dejará marchar en paz.


Creo que esta es, a grandes rasgos, la historia que viven mujeres iguales a nosotras en todo el mundo. Tal vez hay muchas que aún siguen sin dar ese último paso tan difícil, y otras tantas que jamás lo den, y mientras se habla de igualdad, se modifican las leyes y se hacen campañas publicitarias al respecto, ellas se sienten atrapadas en su negra situación, y lo que es peor, algunas resignadas a su destino.


Si hace un momento hemos sido capaces de imaginar que somos María, comprenderemos cuánto apoyo y comprensión necesita para salir adelante. Ella deberá ser muy valiente, pero la sociedad tiene el deber de ayudarla, y la ley la obligación de garantizarle seguridad y justicia.


El acto de hoy está destinado a apoyar a esas víctimas a las que queremos demostrarles que no están solas; ahora ya no, porque queremos respaldarlas, porque hay muchas personas que se levantan cada mañana dispuestas a luchar por ellas. Estamos decididos a colaborar en pro de los derechos de la mujer, por desgracia olvidados en muchas ocasiones.


Dicen algunos, haciéndose eco de tergiversadas declaraciones feministas, que las mujeres queremos “ser más” que los hombres, o tener más derechos que ellos, pero no es eso lo que queremos. Estamos exigiendo igualdad social y laboral porque tenemos derecho a ello; estamos pidiendo igualdad dentro de nuestro propio hogar: compartir trabajo y responsabilidades; estamos pidiendo igualdad, no superioridad; estamos recordando a la sociedad que somos MUJERES, que somos PERSONAS; ESTAMOS PIDIENDO RESPETO.


Adelaida Ortega Ruiz

viernes, 20 de noviembre de 2009

El fin del mundo.



Desde que tengo uso de razón he oído hablar del fin del mundo y de catastrofismos relacionados: los mares que engullen la tierra, armas nucleares que la destrozan, plagas fulminantes para la humanidad, meteoritos que impactan, cataclismos apocalípticos... ¿Será verdad? ¿Lo veremos nosotros? Espero que no, pero me prometo a mí misma que si hay una próxima profecía a este respecto, me la tomaré con tranquilidad y esperaré serenamente.

Recuerdo una noche, siendo yo muy pequeña, en la que dijeron que el día D a la hora H se acabaría el mundo. Fue en un programa de televisión, en el único canal existente y basándose en no sé qué teoría, pero lo argumentaron de tal modo, que me pareció irrefutable.
La cuestión es que a mí me impresionó aquello, y mi mente infantil empezó a trabajar de inmediato. Sólo faltaba un mes para la fecha y eso no era mucho tiempo, así que me extrañó que la gente no saliera despavorida a la calle, gritando o tal vez buscando una solución. En lugar de eso, mis padres me enviaron a la cama sin hacer ningún comentario.

Al día siguiente, en el cole, las niñas hablaban del tema y todas comenzamos a pensar en lo que haríamos durante ese tiempo que nos quedaba de vida. Unas decían que ya no iban a hacer más deberes, otras que se iban a gastar todo el dinero de la hucha, y algunas que no vendrían más a la escuela.

Yo seguí acudiendo a clase y haciendo los deberes ¡Cualquiera le decía a mi madre que pensaba holgazanear la poca vida que me quedaba!

Lo que sí hice fue ir a la confitería y gastarme las 75 pesetas de la hucha. Ufffffff qué montón de chucherías me dieron!!
En aquel tiempo 75 pesetas era mucho dinero. Escondí los caramelos de La Vaquita, los chicles Bazoka, el regaliz y los palotes en mi mesilla de noche. En el fondo sabía que no estaba bien lo que estaba haciendo; la impasible actitud de mis padres me lo decía. Pero ¿Cómo podían tener todos esa imperturbable actitud ante la nefasta noticia que habían dado?

Cuando llegó el día D, mi madre me levantó para la escuela, como de costumbre. Yo la miré y no atisbé en ella el más mínimo gesto de inquietud. Aquello me tranquilizaba en parte, pero también me sublevaba el hecho de que nos tuviésemos que marchar de este mundo sin mostrar ninguna contrariedad. Si a los demás no le importaba a mí sí. Yo no quería morir todavía y en vista de cómo se lo tomaba todo el mundo, yo también tendría que aparentar naturalidad.
Me marché a clase muy asustada. Hubiese preferido quedarme con mi mamá en casa. Por lo menos me cogería de su mano en el último momento.

Esperé nerviosa en mi pupitre toda la mañana, sin dejar de mirar por la ventana. La maestra me regañó porque no prestaba atención a las cuentas de la pizarra. A mí me daba igual ¿para qué me iban a servir dentro de poco rato cuando hubiera muerto?

Se acercaba la hora H. El sol brillaba impertérrito y yo, atenta a cualquier temblor, a cualquier oscurecimiento súbito, solo esperaba la más leve señal para esconderme bajo la mesa. Había elegido aquel lugar para recibir mi trágico final y el del resto de la humanidad, a la que poco parecía importarle acabar de ese modo. Estaba acompañada, pero nunca me había sentido tan sola.

En aquellos días andaban arreglando “el camino”, nombre con el que se conocía a la calle de mi escuela, hoy avenida de Andalucía. Era una carretera empedrada a la que por primera vez le iban a echar una capa de alquitrán. Había obreros por todas partes y montones de chinarro y tierra que habían levantado para nivelar el terreno.
De repente el suelo empezó a vibrar y un estruendo ensordecedor inundó el aire.


¡Ya está aquí el fin del mundo! –grité saltando de la silla y acurrucándome bajo el pupitre.


La profesora a su vez, gritó asustada por mi grito, y todas las niñas corrieron a las ventanas a ver qué pasaba.
Un momento después, desde mi escondite escuché risas. Asomé la cabeza y comprobé que todo seguía allí. ¡Estábamos vivas, pero increíblemente mis compañeras no estaban alegres por la noticia; se partían de risa de verme a mí escondida!

Aquel día vi por primera vez una de aquellas pesadas máquinas de asentar el firme de las calzadas.
Me gané una buena regañina de la profesora, pero no me importó. A mediodía marché contenta a casa porque el mundo seguía en su sitio. Al llegar abracé a mi madre y subí a mi cuarto a comer un buen montón de caramelos antes de almorzar.

Adelaida Ortega Ruiz

martes, 17 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya V. "Breve pero concentrado".


Esta corta conversación tuvo lugar hace bastantes años, y aunque intrascendente, los que la escuchamos aún la recordamos de vez en cuando, y echamos unas risas a su cuenta.


Breve, pero concentrado.

Se encuentran dos vecinos en la calle (un señor de mediana edad y una señora mayor).

Vecino: Holaaaaa ¿De dónde vienes?
Vecina: Pues de la botica, porque estoy mu resfriá y he ido a que el médico me vea. Fíjate la de cosas que ma mandao: una caja de PITORIOS, unos pocos PICHAZOS y un JARABOTE, pero ya que tenía el número cogido, he aprovechao pa que me recete PASTIRINAS y un bote de SAQUITRANQUE.

Vecino: Pues yo pa mi casa voy, que vengo de Córdoba, del carné de conducir y otra vez man echao patrás.


Vecina: ¿Otra vez? ¿Y ahora que ta pasao?


Vecino: Na, que maquivocao en un pego: Salí del POLÍGANO, y al llegar al semáforo de la RAMPLA, me dijo que tirara pa DOÑA SOFÍA, y yo ENDEVEZ de poner el TRAMITENTE pa la izquierda, me metí en la TORRONDA y er tío ma vorteao.

Diccionario.
Pitorios: Supositorios.
Pichazos: Inyecciones (pinchazos),
Jarabote: jarabe (en bote).
Pastirinas: pastillas de Aspirina.
Saquitranque: Cicatrizante (aquella antigua mercromina roja)
Polígano: Polígono industrial.
Rampla: rampa.
Doña Sofía: Hospital REINA SOFÍA de Córdoba.
Endevez: en vez.
Tramitente: Intermitente.
Torronda: Rotonda.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Pido disculpas a todos mis amigos blogueros.

Os pido disculpas porque hoy no he podido mirar ni un solo blog, ni siquiera el mío, hasta ahora, para escribir estas letras.
Lo peor es que estoy molesta por no haberos leído, porque me siento bien haciéndolo, porque me interesa lo que escribís, porque me gusta saber de qué habláis cada día...
Hoy tuve una jornada demasiado intensa: terminar y enviar más que deprisa un relato para un concurso cuyo plazo acaba en dos días, mi trabajo en la librería, el almuerzo en casa, viajar a Córdoba...  y a la vuelta, para rematar, una reunión de la cofradía. 
De ésta última ha salido un nuevo proyecto para mí. Una responsabilidad para la que no sé si estaré a la altura, y a la cual hoy no he sabido seguir negándome: voy a ser la pregonera de la próxima Semana Santa de Nueva Carteya.
Aún no me lo acabo de creer. Llevo años asistiendo a ese acto que me encanta. Para mí es la puerta que abre esa semana grande, con emociones, con recuerdos, con afectos, con nostalgia y por supuesto con esperanzas renovadas, pero jamás, ni en mis sueños más fantásticos, soñé ser yo la que abriera esa puerta...

Me tranquiliza saber que tengo buenos amigos que me apoyan. A todos les debo mucho.

Mañana será otro día.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya IV. "Una señora diligente y su criada obediente"

Esto sucedió a principios del siglo XX. Mi padre aún no había nacido, pero lo oyó narrar a sus mayores y yo se lo he oído muchas veces a él, aunque también es cierto que para la reproducción de los detalles que acompañan la historia, he tenido que recurrir a la lógica imaginación.


Una señora diligente y su criada obediente.

Dicen que había una viuda acomodada que tenía una sirvienta en casa, y ésta la acompañaba a todas partes para que no saliera sola.

Un domingo por la tarde marcharon a misa de 8.
La criada portaba una especie de reclinatorio almohadillado, para que la señora no tuviera que arrodillarse en las duras bancas de la iglesia.
Ese día, para almorzar habían comido habichuelas (fabes como dicen los asturianos), y a la señora, a aquellas horas de la tarde, los gases de la fabada le iban y le venían del estómago a la boca, y las más veces, escapaban incontroladamente por la otra vía disponible. Desde luego, no se encontraba ella en la mejor disposición para salir de casa, pero como era la última misa del domingo, no podía faltar para no cometer pecado venial.
De este modo llegaron a la parroquia entre hediondos truenos que acompasaban los pasos de la dama. La pobre mujer empujaba su esfínter lo que podía con la intención de vaciar el intestino de tan ventosa carga. Pensó que tal vez lograra deshincharlo completamente antes de entrar a la sagrada estancia, pero su “airoso” desasosiego pareció reavivarse en cuanto se santiguó.
Así la respetable dama contuvo aquel huracán interior durante toda la homilía, e incluso fue a comulgar a pasitos cortos y con las posaderas férreamente apretadas, para desconsuelo de su vientre, que se había inflado cual globo sulfuroso.
Fue al volver con el Cuerpo de Cristo en la boca, cuando hincó la primera rodilla en el reclinatorio, y no pudiendo contener por más tiempo la fuerza de los vientos, quiso para aliviarse soltar apenas una pizca de lastre, pero una vez abierta la compuerta, se desató un vendaval maloliente y estruendoso que hizo retumbar los cimientos de la iglesia.
La pobre viuda, se sintió enrojecer tan violentamente, que hasta el velo negro que cubría su rostro, resultaba morado al contraste. Y lo peor no había pasado aún; después de agredir el oído de los presentes, le llegó el turno al olfato, hasta tal punto, que el sacerdote desde el altar arrugó la nariz y apresuró el final de la misa saltándose varias fórmulas oratorias, y dando por concluida la ceremonia con un inaudible “váyanse ya, digo… en paz”.
La viuda no pudo conciliar el sueño aquella noche. Fue tanta la vergüenza que pasó que no se lo sacaba de la cabeza. Pensó incluso en irse a pasar una temporada en casa de su hermana, que vivía en otro pueblo, hasta que el asunto se hubiese olvidado. No obstante la fiel criada, le restó importancia a lo sucedido y la convenció de que en pocos días todo se habría olvidado.
Sus palabras le dieron una idea a la desolada dama, que vio en ellas una salida a tan incómoda situación.
Ese mismo lunes, por la tarde, ordenó a la sirvienta ir a la casa de todos y cada uno de los feligreses que estuvieron presentes en la iglesia.
-Tú vas y pides perdón por tu descuido. Cuentas que estabas enferma con cólico y se te escapó sin darte cuenta.
Ante la reticencia de la criada, la señora alegó las mismas palabras que ella antes le había dicho: “que era algo natural y sin ninguna importancia, y que en pocos días nadie hablaría del asunto, sobre todo si el pedo provenía de una simple sirvienta”.
A la muchacha no le quedó más remedio que acceder a los deseos de la señora, así que por fin, aquella tarde, marchó de casa en casa dando el recado, el cual transmitió de la siguiente manera:


“Que dice mi señora, la que se peyó, que no fue ella, que fui yo”.

Adelaida Ortega Ruiz.

martes, 10 de noviembre de 2009

Nueva Carteya. Cartel eslogan contra la violencia de género.

Ayer se empezaron a distribuir los carteles con mi eslogan.
Aquí os dejo unas fotos para que podáis verlo.



Me siento muy orgullosa de aportar mi granito de arena contra esta lacra social.


domingo, 8 de noviembre de 2009

¿Saben los hombres lo que es el 50%?



¿Hay algún contrato, alguna escritura o algún mandamiento divino que nos obligue a las mujeres a llevar siempre el peso y la dirección del cuidado doméstico? Hasta la presente nadie ha podido darme una respuesta afirmativa, y sin embargo, parece estar implícito que en una pareja ella es la que arregla los bajos de los pantalones, decide el menú del día siguiente y friega los azulejos del baño, aunque ambos trabajen fuera de casa.
Se habla mucho de que la situación cambia, de que los “hombres modernos” colaboran en el hogar, pero por alguna razón, desde que nacemos nos ponen un sello invisible que nos marca para esa responsabilidad, y aunque intentemos huir de ella, nos persigue, nos persigue… no nos deja escapar.

Recuerdo muy bien aquellas palabras del cura… “en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad…”

¡Qué compartido parece todo ese día! Pero es guardar el vestido de novia en el altillo y emerge la cruda realidad.

Analicemos:
“Lo bueno”, por ejemplo, pueden ser unas vacaciones o sentarse tranquilamente a ver una película después de comer, actividades que se disfrutan en común. Sin embargo, cuando llegamos al apartamento, mandamos al marido y a los niños a la piscina y nos quedamos colocando el equipaje de toda la familia (el mismo que hicimos solas en casa, que volveremos a hacer para el regreso y a deshacer cuando estemos de nuevo en casa).

Cuando acabamos de instalarnos, nos ponemos el bikini apresuradamente y bajamos por fin a la piscina a “empezar a disfrutar”, pero resulta que ya casi es la hora del almuerzo, y mientras el marido y los niños se bañan un poco más, nosotras tenemos que subir a preparar la comida. En total nos hemos pasado 3 horas de preparativos y sólo media de “relax”.

En el país de Alicia y las maravillas podrían intercambiarse los papeles, pero seguro que habría cualquier conejo con chistera que nos acusaría de abusonas. Eso sería en el mundo de Alicia; en el nuestro un cambio de papeles es del todo impensable (y además los conejos no tienen chistera).

Después llega la hora de sentarse un rato a descansar, lo cual sólo disfrutaremos tras haber recogido la cocina (igual que hacemos en casa), y cuando ya hemos terminado, nos sentamos a ver la tele, pero la película está por la mitad. ¡No importa; somos felices porque estamos de vacaciones!

“Lo malo” mejor no comentarlo, porque aunque se sufra en común… ¿Qué mujer puede permitirse el lujo de holgar por tristeza? Aunque el ánimo decaiga y los problemas agobien, hay una familia que espera que estemos ahí y una casa que no marcha si no llevamos el timón. Con ganas o sin ganas “al mal tiempo buena cara”. ¿Qué remedio queda?

“La salud” es lo principal y lo mejor que hay para dar el cien por cien al pie del cañón. Ojalá podamos gozar de ella siempre, porque si enfermamos…



“La enfermedad” es algo que no podemos permitirnos las mujeres. Aquello de recuperarnos totalmente de una gripe en cama lo recordamos de cuando éramos niñas. Después no se ha dado el caso. ¿Quién iba a traernos el café y las pastillas a la cama, a poner la lavadora, a hacer la comida, a levantar a los pequeños para el colegio y preparar la ropa que han de ponerse, a ir a la reunión con el maestro, a llevarlos al pediatra y al dentista, a comprarles el abrigo nuevo, a limpiarles los zapatos, a revisarles los deberes y tomarles la lección, a recoger el tendedero, a planchar, a pasar el aspirador, a fregar, a poner la ropa de invierno en el armario…?

A todo lo anterior hay que añadirle el trabajo fuera de casa. Qué bonito sería llegar con la jornada finalizada, tumbarnos cansadas en el sofá y preguntar ¿Qué hay de cena?

Y yo pregunto ¿Por qué se espera automáticamente todo esto de nosotras? ¿Por qué asumimos nosotras mismas todas estas responsabilidades? ¿Dónde está escrito que seamos las obligadas? Lo más triste es que después nadie parece darse cuenta de todo lo que hacemos, pero al cabo de unos años de vida en común, se rompe un día un enchufe, y nuestro marido nos recuerda eternamente que lo arregló como si fuese una hazaña cotidiana.

Actualmente reivindicamos nuestros derechos socialmente y reclamamos que los hombres se reeduquen para la igualdad, pero la reeducación debe partir de las mismas mujeres. Somos nosotras quienes no debemos dar por hecho que todas esas labores sólo nos competen a nosotras. En la sociedad actual llegar a la plena integración del hombre en las tareas del hogar es como pedir peras al olmo. Habría que reinventar nuestro mundo, pero tal vez poco a poco, muy poco a poco, a las mujeres del futuro no se las marque desde niñas con ese sello invisible. Tal vez algún día, los hombres que presumen de “colaborar en casa” por recoger el lavavajillas o hacer de “cocinitas” un domingo, comprendan la cuantía real del 50%.

Adelaida Ortega Ruiz.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya III. "Una visita a deshoras".

Este es otro relato basado en hechos reales acaecidos en mi pueblo. Ocurriría hacia finales de los años 70. Seguramente, mis paisanos conocerán la historia, aunque en ella no reproduzco la conversación con total fidelidad porque, como es obvio, sólo han trascendido los detalles primordiales. Sin embargo pudo ser algo muy parecido a esto…


Una visita a deshoras.

Estaba Dolores muy de mañana llenando el cubo de la fregona, cuando oyó que llamaban a la puerta.


-¿Quién será tan temprano?- pensó para sí - ¡Con la de cosas que tengo yo que hacer… pa que venga visita a estas horas!


Con la esperanza de poder “despachar a los intrusos” con la mayor prontitud, cerró el chorro del grifo hasta dejarlo en un hilillo de agua, así se seguiría llenando el cubo mientras ella atendía la puerta.


Ante sus ojos dos señores con corbata, traje negro y sendos maletines con el broche a punto de reventar, que se adivinaban repletos de… “¿no serían vendedores de enciclopedias?”.



-Buenos días, ¿Qué desean?- Preguntó Dolores visiblemente contrariada, pues lo que menos le hacía falta a ella “en el mundo mundial”, era una enciclopedia, sobre todo con la compra sin mercar, la comida sin hacer, la novela por ver y la casa sin fregar.


-Buenos días, señora. Veníamos a hablarle de Dios y de su hijo Jesucristo.


-¡“Lo que me faltaba”!- farfulló para sus adentros al tiempo que su boca se torcía en un mohín parecido a una sonrisa –Pues verán… no es por despreciar al Señor, pero es que tengo mucho que hacer y…


-Sólo se debe orar a Dios por medio de Jesucristo, señora. ¿Sabía usted que el premio divino no es el cielo sino la vida eterna?


-Pues… es que yo me he dejao el cubo…- Intentó alegar Dolores cuando la interrumpieron nuevamente.


-Por supuesto que la muerte humana se debe al pecado de Adán, pero llegará un día en que esto acabará.- Dijo el más bajito de los señores.


-Satanás gobierna el mundo - explicó el otro al tiempo que pulsaba el broche de su maletín - y por eso los cristianos debemos mantenernos apartados del mundo y de los movimientos ecuménicos.


-No, si a mí me parece muy bien todo, pero es que me va a rebosar el cubo…


-Debemos tener presente que sólo 144.000 humanos serán elegidos para ir al cielo.- Añadió mientras rebuscaba en el maletín.


Dolores, que estaba cada vez más impaciente, no paraba de girar la cabeza hacia el interior de la casa, pero la última frase le llamó la atención (de lo anterior no había entendido ni una palabra, sobre todo lo de “ecuménicos”).


-Vamos a ver… ¿me está usted diciendo que sólo esos pocos de miles van a ir al cielo?


-Como ya le he explicado, la muerte es un estado de inexistencia del que despertaremos con la resurrección eterna y sí, así es señora, sólo 144.000 humanos gobernarán en el cielo junto a Cristo.- Declaró el más alto mientras sacaba por fin una revista y varios folletos y se los extendía a la mujer.


-Ya entiendo… ¿Y son estas las entradas, no?- preguntó Dolores al tiempo que agarraba los papeles.


-Nooo señora, ejem- El hombre mantuvo milagrosamente el rostro circunspecto - Son Jehová y su hijo Jesucristo quienes elegirán a esos fieles. Precisamente en estos folletos se explica…


-¡Acabáramos!- exclamó Dolores indignada -¡Son ustedes testigos de Jehová!


-Sí, lo somos, y nuestro deber cristiano es traer las buenas nuevas y predicar nuestras creencias.


-Mire usted, ¡¡YO NO CREO NI EN MI RELIGIÓN QUE ES LA VERDADERA!!, así que ¿¿Cómo  voy a creer en la suya que es de mentira?? Y ya se pueden ir pa otro lao, que yo tengo que fregar.


Dicho esto, Dolores cerró la puerta sin más contemplaciones y se fue derecha a cortar el grifo. Después encendió la tele y se sentó a ver la novela. La sintonía de “Lucecita” ya sonaba. Nadie le quitaría esa media horita de placer matutino mientras degustaba su segundo café bien cargado.

Adelaida Ortega Ruiz.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya II. "La zona azul".

Esto puede parecer un chiste, pero ocurrió realmente.


La zona azul.

-¡Que no, que voy yo, que para eso me he sacado el carnet!
Rosario discutía con su marido quién iría a hacer unas gestiones a las oficinas de los Ministerios de Córdoba. La mujer tenía su flamante “L” recién pegada en el cristal del coche y estaba deseando practicar, así que insistía en ser ella quien viajara a la capital al día siguiente.


-Está bien- dijo el marido -pero si aparcas en la puerta del edificio, verás el bordillo pintado de azul, así que no olvides dejar bien visible el papelito con el tiempo de estacionamiento.
-¿Con qué tiempo?- preguntó extrañada la esposa.
- Con la hora de llegada y la de salida, mujer, y procura no pasarte de lo que ponga el papel o te multarán.




A la mañana siguiente, Rosario condujo prudentemente hasta Córdoba y llegó sin novedad a los Ministerios.

Entró, hizo cola en varias ventanillas y tramitó correctamente todos sus asuntos.

Cuando salió, su vehículo no estaba; se lo había llevado la grúa.

Muy angustiada buscó una cabina (en aquel tiempo no existían los móviles) y llamó a su marido.




-¿Que se lo ha llevado la grúa?- gritó el esposo -¿Pero no dejaste el papelito?

-Sí cariño. Cogí una hoja de la libretita que hay en la guantera y escribí: “He llegado a las 10 y me iré chispa más o menos a las 12 menos cuarto”.


Adelaida Ortega Ruiz.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya I. "El hombre volador".


Comienzo con ésta una serie de anécdotas verídicas de mi pueblo. De alguna he sido testigo y otras son “oídas de oídas”. En cualquier caso, todas ellas carteyanas de pura cepa y repletas de buen humor.

Los nombres que usaré son todos falsos y si por azar alguien se sintiese aludido, sepa que es pura coincidencia, pues de algunas historias, sobre todo las más antiguas, conozco “el pecado, pero no el pecador”.



El hombre volador

A eso de las diez de la mañana, recién acabado el bocata del desayuno, echó mano Juan a la pila de mezcla.


Andaba el hombre con aquello de “que se cree el cemento que no hay agua… que se cree el agua que no hay cemento”… y tan enfrascado estaba en conseguir la proporción óptima, que no se percató de la llegada de un señor muy trajeado a la obra.



-Buenos días. ¿Está el encargado?




Juan, que cuando veía llegar a “un trajeao” salía siempre por pies, en esta ocasión no tuvo tiempo, y mucho se temió que pudiese estar en un lío, pues su situación laboral en aquella construcción no estaba regularizada (vamos, que tenía menos papeles que una liebre).




-Buenos días nos de Dios. ¿Pa qué lo quiere?- Contestó Juan con calma.




-Inspección de trabajo- Replicó el inspector con toda la seriedad del mundo.


-¿Usted no ha visto nunca a un hombre volar?




Sin mediar más palabras, soltó Juan el escardillo sobre la montaña de mezcla y comenzó a dar vueltas alrededor de ella, dando saltitos y agitando los brazos cual pajarillo.
Después de rodearla varias veces, y ante la atónita mirada del funcionario, paró en seco y saltó sobre el cemento fresco con sus katiuskas, chapoteando repetidamente y salpicando el impecable traje oscuro del otro.
Acto seguido se apeó con otro salto del montículo de mezcla y “retomó el vuelo”, salió por la puerta de la obra y se perdió calle abajo aleteando desenfrenadamente.




De todo esto había sido testigo desde arriba el encargado, que dadas las circunstancias, bajó algo apurado.


-Buenos días. ¿Qué desea? -Dijo el encargado.




-Buenas… pues mire, es que había aquí un hombre…




-¿¿Quién, ese?? ¡Bah! No le haga usted caso, que es el "tonto el pueblo" y le ha dao por venir to los días a remover la mezcla. ¡Y es que no hay quien se lo quite de encima! Pobrecito… nosotros lo dejamos hacer pa que se entretenga.

Adelaida Ortega Ruiz.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Aventuras y desventuras de un playero de secano. (4ª y última parte).

En este último capítulo, he reflejado “al pie de la letra” algunas de las expresiones que mi playero usa en su narración de los hechos.
Como buen andaluz, es “mu exagerao”, así que imploro el buen entendimiento de los lectores, que en anteriores episodios ya me tacharon a mí de villana malvada y al protagonista de héroe y mártir. Un poco de piedad, que ya digo que es mu exagerao.
Espero haber conseguido al menos la sonrisa de quien lea estas viejas aventuras acaecidas en Torremolinos, en 1987 . Os puedo asegurar que no sonrisa, sino carcajadas disfrutamos aún quienes lo oímos contarlo de viva voz.


Y la Playa vino a mí.

Capítulo aparte merecen las salidas vespertinas.
Me gustaba subir con mi novia hasta el pueblo y tomarnos unos marisquitos en “La Chacha” o unas crepes en “La vaca sentada”, pasear por la bulliciosa calle San Miguel y, por último, bajar de nuevo hasta la playa y contemplar desde lejos el reflejo de la luna sobre el agua, pero desde lejos…
Una tarde, dando una vuelta por el paseo marítimo, nos llamó la atención un letrero luminoso en el que se leía intermitentemente MINI-GOLF - MINI-GOLG - MINI-GOLF…


-¿Echamos una partidita?- le propuse a mi novia.


-¡Vale! Pero creo que esto es para niños…


En la taquilla había una señora mayor haciendo ganchillo. Mi novia enseguida entabló conversación con ella y la mujer le enseñó la “rosilla” de hilo que estaba tejiendo, al tiempo que comentaba que ella era muy “GROSSERA”, porque le gustaba mucho hacer “GROSSÉ”.


Hicimos un esfuerzo para mantener la seriedad que requerían las circunstancias y le pedimos que nos explicara en qué consistía lo del mini-golf. La anciana nos vendió las dos entradas y nos dijo: “El circuito consta de ocho hoyos y tienen que ir haciéndolos por orden. El primero está justo aquí delante y el octavo es este de detrás de la taquilla. Cuando la pelota entre por el agujero del último hoyo, cae a este cesto que tengo aquí dentro con pelotas, y ya acaba el juego”.
Después nos dio dos palos y dos pelotitas y comenzamos ansiosos la partida.


El primer hoyo fue “coser y cantar”, pero la dificultad se iba incrementando a medida que avanzábamos. En el cuarto hoyo empecé a aburrirme esperando que mi novia colara. Me ofrecí para ayudarla, pero ella quería hacerlo sola. En el sexto me arrepentí definitivamente de haber entrado al mini-golf.
El octavo y último tenía una pista de unos cinco metros de largo y con una pendiente bastante pronunciada, rematada en un círculo en cuyo centro estaba el agujero.
Yo, habiendo colado la última pelota, acabé mi partida y entregué mi palo, pero mi novia aún seguía afanada con el suyo. En la primera tirada no consiguió meter la pelotita. La segunda y tercera tampoco. En la novena no pude menos que darle ánimos. Llegada la decimoquinta, para entretenerme, entablé conversación con la señora de la taquilla, la cual dijo “¿Se resiste la pelotita, no?”.
¡Qué amable era la señora y qué amigos nos hicimos! Recuerdo que apoyaba unas gafas en el borde de su nariz, y siendo tan “grossera”, la rosilla que tenía cuando compramos las entradas se había convertidoya en una colcha para una hija casadera.


Mi novia se mantenía impertérrita en su empeño de colar la bolita. Ignoro cuántos golpes llevaba ya, pero seguro que había batido todos los record. Considerando que la cola que venía detrás, por ser niños pequeños, sus padres decidieron irse a acostarlos, la señora del mini-golf optó por indicarme donde estaba el interruptor de la luz, darme la llave y cuando acabara mi novia, que hiciese el favor de apagar y cerrar el negocio, cosa que no hicimos porque a las 10 de la mañana la señora estaba de nuevo allí y mi novia aún no había metido la pelotita.


La noche siguiente disfrutamos de una suculenta cena que rematamos con un postre en “La Vaca Sentada”. Todos pedimos crepes…
Las había de distintos sabores. La mía era de chocolate y haciendo una excepción, ya que era norma no mezclar varios ingredientes, el cocinero me echó un chorrito de Cointreau en el chocolate.


Luego unos cubatitas en el “Orlando”. Unos diez minutos después de llegar, la crepe comenzó su ebullición en mi estómago. No sé qué me pasó, pero me vi en la urgencia de buscar un inodoro, excusado, servicio, wc o lavabo donde poder dar rienda suelta a tal efervescencia. Un poco apresurado… ya sin tiempo y sintiéndome muy apurado, a duras penas llegué al ansiado trono, y apenas le hube dado la espalda a éste, adoptando la postura idónea para el escape, no me dio tiempo más que a bajarme el pantalón y apenas pasó la cinturilla del mismo, cuando me llegó la inspiración muy rápida (ya la hubiese querido Picasso para una de sus obras), y como si se tratara de una gala de O.T… saqué todo lo que tenía dentro.
¡Qué noche más mala, Señor! Me la pasé entera del baño a la placa de esponja y de la placa de esponja al baño. ¿Me quedarían más cosas por sufrir?


Cuando hablábamos por teléfono con mi madre, mi novia le contaba lo bien que lo estábamos pasando. Yo asentía con la cabeza, porque no tenía palabras…


Así continuaron los días de vacaciones en los que no me salvé ni uno sólo de acudir a la odiosa playa. Tan sólo hubo un día a finales de Agosto que amaneció encapotado y ¡Oh, alabado sea el cielo! Dedicamos el día a pasear tranquilamente. Pero los dioses estaban confabulados en mi contra, por lo que aquel día en que yo no fui a la playa, la playa vino a mí, lo mismo que Mahoma con la montaña.


Serían las 11 de la noche cuando llegamos al apartamento huyendo del fuerte viento, de los truenos y los relámpagos. La tormenta era inminente.
Yo jamás había visto una tormenta tan virulenta, y menos desatada sobre el mar. Desde la terraza observábamos los relámpagos encadenados que iluminaban el cielo terroríficamente.
Comenzó a llover con una fuerza terrible. Aquello era una tromba de agua. La verdad es que pasamos miedo, porque el mar había llegado al mismo paseo marítimo y las grandes olas rompían contra los chiringuitos y los kioscos del paseo. Contemplamos como muchos de ellos eran arrastrados por la fuerza del agua, y lejos de amainar arreció, y el agua subió a más de 1 metro de altura debajo mismo de nuestra terraza del primer piso.
Los coches aparcados empezaron a flotar. Fueron momentos de pánico cuando una chica que conducía su coche se quedó atascada sobre un montículo muy alto de césped del aparcamiento. La pobre, aterrorizada, pedía socorro por la ventanilla y nosotros le gritábamos que no se bajara, porque el agua la engulliría. Por suerte el coche permaneció allí y no fue arrastrado.


Tan perplejos estábamos asomados, mirando el espectáculo, que no nos dimos cuenta de lo que pasaba en nuestro propio apartamento hasta que el agua empezó a mojarnos los pies. A nuestra espalda avanzaba presurosa una cuarta de agua que provenía del baño y tras inundar todas las habitaciones, se abría camino hasta la terraza. Los bajantes del edificio de diez plantas habían reventado y toda el agua salía con el ímpetu de las cataratas del Niágara por el techo de nuestro cuarto de baño.
Aquello era de locos. Sólo había un cubo en el apartamento, así que cada uno achicaba agua como podía, con vasos, cacerolas… Las “colchonetas multiusos” y las pelotas hinchables flotaban por el salón mientras todos nos apresurábamos a echar agua a la calle, pero aquello era imparable. El agua entraba con mucha más velocidad que nosotros la expulsábamos. Las placas de esponja donde dormíamos hicieron una labor estupenda, ya que absorbieron el cien por cien de su capacidad. En medio de aquel caos se me ocurrió preguntarme dónde dormiríamos aquella noche, pero no era el momento adecuado para buscar ese tipo de respuestas.
Aquello me dio una idea estupenda. Las colchonetas multiusos, llamadas familiarmente así porque lo mismo servían para dormir que para la tomar el sol en la playa o flotar panza arriba en el agua, tendrían su enésima aplicación esa noche: Se me ocurrió acoplar una de ellas a la trampilla del techo por donde caía el agua y dirigir el otro extremo al WC.
¡Funcionó! El agua que caía iba directamente al inodoro y así paramos aquella riada descomunal dentro de la vivienda.


¡Para una vez que no fui a la playa… la playa vino a mí!


La mañana siguiente amaneció radiante. Mirando aquel sol estupendo, lo de la noche anterior parecía una pesadilla irreal.
Me asomé a ver qué tal estaba mi coche. Era un SEAT 124 granate, de cuarta mano, que mi novia y yo acabábamos de comprar, y en el que sólo se podía escuchar a Joaquín Sabina porque la cinta se negaba a salir. No hace falta decir que nos aprendimos las canciones de memoria.
Por fortuna estaba intacto, allí aparcado junto al Mercedes impresionante de un árabe, cuya esposa se afanaba en sacarle brillo con un cubito y un trapito. Yo no iba a ser menos, desde luego, así que bajé a sacar brillo también.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que el agua del cubo se teñía de rojo. “¿Qué pasa aquí?” La bayeta amarilla también se puso roja después de frotar el techo del coche, y cuanto más frotaba más roja se ponía “¿Qué es esto?”.
A la vieja pintura maltratada por los años de sol, sólo le faltó el remojo en agua marina. El coche quedó de un bonito tono mate… y es lo que yo digo… “que la playa mejor de lejos”.

Fin.


Nota: Ilustro el relato con una foto de aquella noche. Corresponde exactamente al tercer hoyo.