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martes, 1 de septiembre de 2009

MI DIARIO. Accésit III Concurso Literario Fundación Francisco García Amo (6 de Diciembre de 2008)












































MI DIARIO


Comienzo Mi Diario El Día Siete De Abril Del Año Del Señor De Mil
Ochocientos Cuarenta Y Dos.


Hace varios días que me encuentro triste. El doctor Pineda ha venido a visitarme. Me ha recomendado escribir un diario. Dice que esto tal vez me ayude a no caer de nuevo en esa melancolía que a veces me invade, y que según un doctor inglés llamado Sir Richard Blackmore es una enfermedad, y se llama depresión. Tengo miedo a dejarme arrastrar por ella. Es como una pesada losa que me aplasta, sin saber muy bien si es todo o nada lo que me aflige.


Hoy, otra vez, he pasado la mañana enfrascada en mis recuerdos. Me hizo bien la llegada de Irene, mi amiga sincera y discreta en la que me apoyo en muchos momentos. La temperatura primaveral invitaba a pasear por el jardín. Allí me encontraba meditando cuando entró como un huracán mi fiel confidente.


Le pedí a Rosita que nos sirviera unas limonadas, y a penas se hubo retirado la sirvienta, Irene empezó a contarme lo que se murmura en los altos círculos. La tarde anterior, ella había estado tomando el té en casa de Oliva de Ibarra, donde solemos reunirnos una vez en semana, pero que la última tarde, por encontrarme indispuesta, yo no acudí. Comentaban que se había visto de nuevo a D. César de Quiñones comprar una rosa roja. Todos andan indagando quien será la destinataria del obsequio que el caballero adquiere, puntualmente y desde hace años, cada primero de Abril.


A mediodía ordené servir el almuerzo en el salón pequeño, pues las niñas están pasando unos días con su abuela paterna, y la gran mesa del comedor me resulta sombría para Gustavo y para mí solamente. Mi marido había estado en el club, como cada mañana, y allí, según me contó, no se hablaba sino de la famosa rosa de Quiñones. Me dijo que resulta extraño que en tanto tiempo nadie sepa a quien ama César en secreto, y que las habladurías aumentan cada día, pues se trata de un noble y apuesto caballero, que ya roza los cuarenta, y al que jamás se le conoció romance alguno, a pesar de las muchas doncellas jóvenes y ricas que habrían estado encantadas de convertirse en su esposa. Hay quien dice que puede tratarse de alguna meretriz o tal vez de una mujer casada, pero nadie lo sabe con certeza.


Mi marido me notó distraída. Gustavo es tremendamente atento y tierno conmigo, por lo que teme que recaiga en esa infelicidad que a veces, y sin motivo aparente, me ataca. Inmediatamente mandó llamar al doctor Pineda, y este ha venido a verme a última hora de la tarde. A partir de ahora, cada noche al acostarme, escribiré mi diario, en el que plasmaré mis sentimientos y también mis recuerdos del pasado. Creo que esto me ayudará a sobrellevar el abatimiento, y quizá a encontrar la paz interior que tanto anhelo.


Ocho De Abril De Mil Ochocientos Cuarenta Y Dos.


Tengo sentimientos confusos y encontrados, que inclinan desconcertantemente la balanza de mis emociones, a veces a un lado, a veces a otro. Hay temporadas en las que la balanza está en equilibrio, y me encuentro mejor. Sin embargo, no soy yo quien la controla, al menos conscientemente.


Tengo dos hijas maravillosas, a las que amo por encima de todo. Gustavo me adora y me lo demuestra profusamente. Me siento obligada a corresponderle con la misma devoción, pues sin ninguna duda se merece mi cariño. Mi vida es bella en todos los sentidos.


Esta mañana mi marido se marchó temprano a supervisar las labores con Marcos, su hombre de confianza y capataz de la finca. Yo me había levantado con el firme propósito de no obcecarme en mis recuerdos; No obstante estos acudieron prestos a mí, en cuanto la soledad me acompañó. El día estaba precioso, así que salí al jardín a cortar unas flores para decorar la casa, y casi sin darme cuenta, mi mente viajó al pasado.


Era también Abril, como ahora, cuando veintidós años atrás, en casa de mis padres, se preparaba la fiesta de puesta de largo oficial de mi hermana mayor. Era una ocasión muy esperada para cualquier señorita de buena familia, porque su presentación en sociedad la convertía en el centro de atención de muchos jóvenes y apuestos herederos.


Mi hermana y yo anduvimos toda la mañana como chiquillas, de un lado para otro, entre risas y preparativos. Elvira es casi dos años mayor que yo, y aquel uno de Abril de mil ochocientos veinte, cumplía dieciocho años, por lo que había doble motivo de celebración.


Nunca olvidaré la emoción con que viví los días previos. La casa lucía suntuosamente engalanada y los criados preparaban sin descanso los copiosos y suculentos manjares para dos centenares de invitados que acudirían de toda la región, entre los que figuraban las familias de más nobleza y rancio abolengo de la comarca. Varias modistas trabajaron durante semanas en la confección de nuestros vestidos. Sería la primera vez que yo luciría de largo, y por fin abandonaría mis ropas de niña, que a mis dieciséis años resultaban ya infantiles sobre mi cuerpo. No sé cuantas veces me probé mi lindo traje, entre los regaños de mi madre, que temía lo manchase. Me miraba al espejo y me complacía con el reflejo. Este me devolvía la imagen de una mujercita joven y atractiva, que ataviada de tal forma, resaltaba aún más su serena belleza. Mi pelo negro y rizado que hasta entonces llevé suelto, esa noche iría recogido en la parte alta de la cabeza, dejando colgar algunos bucles, que enmarcarían graciosamente mi rostro de tez muy clara. Todo estaba listo para la gran fiesta de mi hermana y yo estaba dispuesta a disfrutarla cual si mía fuere.


En estos pensamientos me hallaba cuando la llegada de Rosita me devolvió bruscamente al presente. Venía a consultar los menús para la semana próxima. Le he recordado que para entonces mis hijas ya habrán vuelto a casa, por lo que la cocinera deberá prever las compras correspondientes. Después le he entregado las flores que había cortado para que las pusiese en jarrones con agua.


El resto del día lo he pasado leyendo tranquilamente. Mañana por la tarde espero a mis amigas para tomar el té. Gustavo insiste en que estas reuniones son buenas para ahuyentar mi desánimo. Yo sé que él lo cree así y me aconseja de corazón, aunque realmente, hay días en los que prefiero estar sola.


Nueve De Abril De Mil Ochocientos Cuarenta Y Dos.


Solo faltan dos días para que mis niñas regresen. La verdad es que las echo de menos. La mayor es ya una mujercita. Cumplirá dieciséis a finales de verano. A veces la miro y me recuerdo a mí misma a su edad. Todos coinciden en que con sus ojos claros, su cabello negro y su fino talle, es mi vivo retrato. La pequeña es más parecida a su padre, pero con un cutis, al igual que mi hermana Elvira, ligeramente sonrosado, en el que resaltan unos bellos ojos color azabache, herencia de mi madre.




Elvira siempre fue la más admirada entre las chicas adolescentes de nuestra época. Era una preciosa jovencita, siempre llena de alegría que iluminaba cualquier estancia con su sola presencia. Recuerdo su sonrisa aquella tarde, cuando ya vestidas las dos, mirábamos por una ventana del segundo piso, esperando impacientes la llegada de los invitados. Yo bajaría antes y acompañaría a mis padres en la recepción de los comensales. Ella debía bajar tras ser anunciada, cuando todos estuviesen presentes. Ambas estábamos nerviosas imaginando multitud de cosas, sobre todo su descenso triunfal por la escalera, bajo la mirada de cientos de ojos.


Después de la cena comenzaría el baile, para el cual, mi padre, había hecho venir una orquesta magnífica, con veinte violines y un piano de cola. La fiesta duraría hasta el amanecer.

Sin contener nuestro alborozo, vimos aparecer el primer carruaje a lo lejos. Brincamos con las manos entrelazadas y nos deseamos suerte mutuamente. Oí la voz de mi padre que me llamaba, y sin perder un segundo bajé los peldaños de dos en dos.


Uno de nuestros criados, con librea, fue anunciando a cada familia a su entrada. Papá, mamá y yo los íbamos saludando, y todos tuvieron palabras amables y halagos hacia mi persona, con mi regocijo consiguiente al comprobar que mi incipiente feminidad no pasaba inadvertida.



Acompañados de sus padres, acudieron algunos jóvenes que me parecieron muy apuestos, sobre todo el hijo de D. Álvaro de Quiñones. En cuanto entró pensé que era el chico más guapo que había visto nunca. Ya tendría ocasión tras la cena de entablar conversación con todos.

La aparición de mi hermana fue todo un éxito. Algunas personas no ocultaron su admiración ante su extraordinaria belleza.
Pero ahora volveré al día de hoy.


Esta tarde he recibido la visita de Irene, Camelia y Oliva. Hemos pasado el rato conversando y jugando al mus. En un momento de la charla, Oliva comentó que había nuevos rumores sobre César de Quiñones. Al parecer alguien dice haberlo visto entregar una rosa roja a una chiquilla del pueblo, a lo que Irene replicó que no se podían tomar por ciertas todas las habladurías infundadas. Acto seguido sentí un súbito desvanecimiento. Pareció abrirse un agujero bajo mis pies y que un remolino arrastraba mi cabeza, privándome momentáneamente de conciencia.

Solo fueron unos segundos, pero mis amigas lo advirtieron. Me disculpé aludiendo a mi reciente debilidad nerviosa, y tras asegurarse nuevamente de que me encontraba bien, las tres se despidieron deseándome un pronto restablecimiento.


Ahora intentaré dormir. Hoy he tenido emociones que me han alterado profundamente.

Diez de Abril de mil ochocientos cuarenta y dos.


Estoy más confusa que nunca. Necesito encontrar una paz espiritual que anhelo desesperadamente. Gustavo está preocupado, y yo lamento no ser la mujer entregada y radiante que él se merece.


Desearía poseer aquella alegría de mi juventud, y poder vibrar de emoción como la noche que una y mil veces acude a mi memoria. Aquella lejana noche en que conocí a César de Quiñones:

 
Tras la cena, papá llamó la atención de los invitados, indicándoles que salieran al jardín, donde pensaba dedicar unas palabras en honor de su hija mayor, por su cumpleaños. Mientras, los criados retiraron las vajillas, mesas y enseres del gran salón, dejándolo despejado para el baile. Luego la orquesta empezó a tocar y todos pasamos dentro. Papá y Elvira inauguraron la pista con un vals, al que progresivamente se fueron agregando más y más parejas.


Yo intentaba localizar a aquel chico que me había impresionado. Sería estupendo que me sacase a bailar, por lo que pensé que si me ponía al alcance de su vista, tal vez me lo pidiese. Desde mi sitio, miré por encima de las cabezas, a un lado y a otro, escrutando las figuras masculinas, pero no lo veía. De repente oí una voz a mi espalda que me llamaba por mi nombre. Me volví y era César. Mi corazón quería salirse del pecho. ¡César de Quiñones me solicitaba la siguiente pieza!
Los acontecimientos desencadenados a partir de aquel momento, y de los cuales jamás he podido olvidarme, marcaron mi vida para siempre.


Después de la primera pieza, César me pidió salir al jardín, pues el sonido de la música no nos dejaba conversar. Yo estaba fascinada por aquella mirada penetrante y aquella sonrisa cautivadora con que no dejó de agasajarme. Aquel joven tenía una personalidad arrolladora.

Paseamos largo rato, alumbrados por una tímida luna y la tenue luz de unas lámparas de aceite diseminadas por el jardín. El suave aroma de las rosas nos envolvía como un delgado tul de seda. Charlamos, reímos… perdí la noción del tiempo. El amanecer nos descubrió columpiándonos en el balancín bajo la pérgola, y rodeados de macizos de rosas. Los invitados hacía horas que habían ido abandonando la fiesta, pero nosotros, ajenos a todo, continuábamos abstraídos al mundo más allá de aquel rincón.


De repente apareció uno de los criados que venía buscando a César. Se disculpó por la interrupción, anunció que el carruaje de los señores de Quiñones aguardaba en la puerta y acto seguido se retiró.


Era como si nos conociésemos desde siempre y como si algo invisible nos hubiese unido estrechamente. Hubiésemos querido que la noche no acabara nunca. Aquellos últimos segundos, antes de su partida, transcurrieron entre un silencio revelador. No hicieron falta palabras para saber que nos amaríamos eternamente. Antes de alejarse César cortó una rosa roja, la besó con ternura y me la ofreció. Mientras lo miraba marcharse, acerqué mis labios a la flor. Yo deseé haber sido aquel pétalo.


Aún hoy siento vivos aquellos momentos. Como cada noche escribo mi diario y pienso en la dulzura de aquel beso que quiso ser para mí.


Once de Abril de mil ochocientos cuarenta y dos.

 

Mañana por fin llegarán mis hijas. Estoy deseando poder abrazarlas. Nunca habíamos estado tanto tiempo separadas y se me han hecho muy largos los días. Mañana, sus risas y juegos alegrarán la casa, que durante esta semana, ha estado sombría y desierta sin su presencia.
Debo alejar el pasado. Lo intento, pero se aferra a mí como el musgo a la piedra. Soy esposa y madre y eso debería ser la máxima de mi vida, sin embargo hay algo más… algo que me duele como una herida abierta en mi interior. ¿Qué habría pasado si hace veintidós años las cosas hubiesen sido de otro modo?


Los días siguientes a la fiesta transcurrieron para mí entre angustiosos interrogantes. No sabía cuando lo volvería a ver, ni si él pensaba en mí con la pasión desbordada que a mi me consumía por su ausencia. Solo sabía una cosa: lo amaba.


Transcurrió un mes sin que supiera nada de él. Una tarde, mientras paseaba mi melancolía entre las rosas del jardín, fui testigo involuntario de una conversación de mis padres, que charlaban bajo la pérgola. Ellos no advirtieron mi presencia, y al oír que hablaban de mi hermana y de mí, no pude menos que aguzar el oído. Lo escuché todo y fue como si una daga se clavara en mi corazón, como si una mano helada me arrancara el alma. Durante la fiesta, mi padre había concertado nuestros matrimonios. No lo podía creer. Mientras yo vivía la noche más mágica de mi vida, el señor Álvaro de Quiñones pactó con mi padre un matrimonio de conveniencia entre su hijo y mi hermana Elvira, al igual que el Marqués de Salazar lo trató para su hijo Gustavo y para mí.


Mi madre hablaba de que no era necesario apresurar las cosas, pues en mi caso aún era muy niña, y el compromiso podría anunciarse al cabo de dos años, cuando se celebrase mi presentación en sociedad. Mientras tanto habría tiempo para iniciar mi discreto noviazgo con el joven marqués. Con respecto a mi hermana, su compromiso podría anunciarse en unos meses, en cuanto se solucionase el “pequeño inconveniente” surgido con César.

El suelo se volvió para mí una masa de arena movediza. Mi vida, mi ilusión, mi amor se desmoronaba y yo, allí, paralizada, incapaz siquiera de asimilar lo que oía… el futuro que mis padres me habían escogido. Sólo veía un tenue rayo de luz, una esperanza a la que me aferraba frenéticamente, y eran dos palabras pronunciadas de las que yo dependía en aquel momento: “pequeño inconveniente”.


¿Cuál sería ese inconveniente? ¿Sería aquello capaz de anular el compromiso? Seguí escuchando como si mi vida dependiera de lo que oía. Mi padre dijo que no encontraba explicación para la rebeldía de César, que se negó rotundamente a acatar la decisión de su progenitor, provocando un gran disgusto en su familia. Y añadió que el joven Quiñones había rogado a sus padres que lo enviaran a Salamanca a cursar estudios de abogacía, con el único fin de alejarse del compromiso pactado. De nada sirvió la insistencia del padre en hacerlo entrar en razón, aludiendo al beneficio evidente de enlazar tan prestigiosos apellidos y sumando la belleza y valía personal de la novia escogida. Pero el empeño del muchacho fue más fuerte que cualquier razón, por lo que su padre decidió momentáneamente enviarlo a Salamanca, esperando que sentara la cabeza y se aviniera a lo más conveniente.


Pasaron los meses y César no volvió de Salamanca. Llegó a sus oídos el anuncio de mi compromiso, que fue adelantado en vista de lo ocurrido con mi hermana. No pude comunicarme con él, y él jamás se atrevió a escribirme ni inmiscuirse de forma alguna en mi noviazgo con Gustavo. Yo me pasaba los días pensando si él me amaría, si se habría olvidado de mi o si en realidad todo aquello solo fue un sueño. Tal vez aquella noche no significó lo mismo para él.


El compromiso de mi hermana nunca fue confirmado. Todo se llevó con la más estricta discreción, pues no estaba bien visto que una señorita tan distinguida fuese rechazada de aquel modo. Poco después mi padre concertó también su matrimonio con un rico varón algo mayor que ella, y contrajeron nupcias tras breve tiempo de cortejo.
En cuanto a mi, Gustavo comenzó a visitar la casa regularmente. Nos fuimos conociendo poco a poco. Era apuesto y simpático y se le veía realmente enamorado. Sus ojos transmitían franqueza y bondad.


Habían transcurrido nueve meses desde la fiesta de mi hermana, y yo estaba a punto de cumplir diecisiete años. Mis padres decidieron adelantar mi puesta de largo a aquel cumpleaños, en el que también se anunciaría formalmente la fecha de mi enlace con el joven marqués Gustavo de Salazar. De nuevo la casa se vio envuelta en un torbellino de preparativos para el festejo. La fiesta resultó excelente y yo quería ser feliz con todas mis fuerzas. Aquella era mi fiesta, yo la protagonista y estaba prometida a un hombre maravilloso, con quien me casaría por azares de la vida el siguiente primero de Abril, justamente cuando se cumplía un año de la fiesta de mi hermana en la que conocí a César. Pero eso debía olvidarlo. Me convencí a mi misma de que, seguramente, todo aquel amor que creí vivir solo fue producto de mi imaginación. Ahora yo iba a empezar una vida nueva y verdadera.


Todo era sublime. Mi vestido de novia era el sueño de cualquier mujer. El día anterior a mi boda lo contemplaba extasiada enfundando un maniquí de madera, con su larguísima cola extendida sobre el suelo de mi habitación. Después de contraer nupcias nos iríamos a vivir a una gran mansión, regalo de mi futuro suegro, el marqués de Salazar. Los magníficos regalos de boda no habían cesado de llegar desde hacía varias semanas. Cuando me acosté esa última noche en casa de mis padres, no podía conciliar el sueño. Los nervios y la emoción me dominaban.


Aquel uno de Abril me levanté muy temprano. La casa estaba repleta de ramos de preciosas flores que llegaban como obsequio a la novia. Comencé a vestirme acompañada por mamá, Elvira, mis damas de honor, la modista, la peinadora y varias amigas que no paraban de reír, desearme suerte y recordarme que era la novia más guapa que habían visto nunca. Yo parecía flotar entre tantas emociones. Una de las sirvientas tocó en la puerta solicitando permiso para entrar. Traía otro ramo de flores. Mamá le dijo que las pusiera sobre el tocador. Detrás de ella apareció otra de las sirvientas, con una caja alargada, primorosamente envuelta y decorada con un gran lazo. Pensé que era otro regalo más y le pedí a mi hermana que lo abriese por mí. Elvira lo desenvolvió y me lo mostró. Por un momento quedé paralizada. Era una sola rosa. Una rosa roja.


Con mano temblorosa saqué la tarjeta que acompañaba a la flor. No venía firmada, pero la dedicatoria quedó grabada en mí para siempre. Ésta rezaba: “Una rosa, recuerdo del primero de Abril que nunca podremos olvidar”.

 
Doce De Abril De Mil Ochocientos Cuarenta Y Dos.



Hoy, a media mañana llegaron mis niñas. La casa vuelve a respirar alegría, y yo intento vivir esta triste felicidad a la que hace años me resigné. Vivo, amo, sueño y recuerdo, y alguna vez, cuando subo al desván abro mi baúl y beso una a una las veintidós rosas que en él guardo, disecadas entre las hojas de unos libros, y vuelvo a esperar al siguiente primero de Abril.

Adelaida Ortega Ruiz




http://www.boosterblog.es/

4 comentarios:

  1. Veo que voy a disfrutar mucho leyéndore, Adelaida. Me alegra mucho.

    Un abrazo

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  2. Espero que sí Mª Carmen.
    Esa ilusión me mueve.

    Yo ya disfruto leyéndote a ti. La lectura siempre ha sido una pasión que me colma, y aprecio la expresión e imaginación como dones muy valiosos.

    Nuestra común amiga Elena, sabe que la venía animando desde hace tiempo para que diese a conocer sus escritos. Ahora se ha decidido y me parece maravilloso poder disfrutar del ingenio de personas como vosotras, y otras muchas que estoy conociendo a raiz de este blog.

    Estoy muy contenta, muy contenta.

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  3. Bonita historia de amor en paralelo y enmarcada en los vaivenes del tiempo.
    Manejas muy bien, a mi modo de ver, los tiempos y el ritmo, las fechas y las efemérides, y mi opinión como lector es que atrapas.
    Y lo de "En El Año Del Señor De..." me ha encantado: solemne y apropiado. Me gustan esos detalles.
    Enhorabuena con retraso pero En Hora Buena.
    Un beso, amiga
    JA

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  4. Muchas gracias José Antonio.

    Una vez leí una entrevista que le hicieron a Miguel Aranguren, y en ella decía que cuando empezaba una historia y no conseguía apasionarse escribiéndola desde el principio, lo mejor era borrar todo y empezar por otro camino.

    Esta historia, que como te dije fue la primera que escribí y que presenté a un concurso, empezó siendo una idea sobre una mujer depresiva... y según iba progresando no me enganchaba ni a mí misma. Así que empecé por otro camino completamente distinto, y me apasioné tanto que no podía dejar de escribir. Recuerdo que tras el nuevo enfoque la acabé en dos días, pero lo cierto es que fue surgiendo en mi imaginación progresivamente, a medida que la escribía.

    Para mí fue una ilusión enorme que le gustase al jurado, y ahora es un honor que las personas que la lean me digan "atrapa".

    Un beso.

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