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martes, 4 de enero de 2011

se EX-FUMÓ

Érase que se era una ciudad muyyyy lejana donde los habitantes tenían costumbre de comer col hervida. Desde siempre lo hacían en todas partes: en casa, andando por la calle… y hasta decían que hubo un tiempo en que los profesores comían dando clase y los médicos pasando consulta.



Había algunos que odiaban su olor, que ciertamente era repugnante, pero otros lo adoraban y se reunían alegremente en los bares a charlar, tomar unas cañas y comer la rica col.


Siempre fue así hasta que los no adeptos empezaron a protestar, y el alcalde decidió que no estaba bien exponer a los “no comedores” a tan tremendos efluvios. Todos lo consideraron justo y hubo acuerdo: se habilitarían zonas en los grandes bares donde los comedores de col pudieran encerrarse para aislar a los demás de la peste, y también habría tabernas colinianas y no colinianas, según su propietario decidiera. Asimismo se prohibió comer col en el ayuntamiento, en el centro médico y a bordo del tranvía que atravesaba el pueblo, y se permitiría en espacios abiertos donde no pudiera molestar a nadie.


De este modo, los comedores de col empezaron a sentirse cohibidos, pero respetaron las normas, pues eran conscientes tanto de sus derechos como de sus deberes, y a partir de ese momento unos y otros respetaron a los demás y, unos y otros, cedieron un poco para facilitar la convivencia y para no pisotear la libertad ajena.


Pero algún tiempo después, el alcalde, hombre que se llenaba la boca con palabras como “consenso “y “talante”, enajenado por el poder, decidió que endurecería las normas, y así, olvidándose de los principios de libertad, prohibió comer col en todas y cada una de las tabernas, en las cercanías del ambulatorio, en el parque público y hasta a orillas del arroyo. Y no contento con eso, puso carteles por todo el pueblo, donde se leía “Se busca a cualquiera que coma col. Denúncielo y siéntase ciudadano de primera”.


Dejó entonces de haber prolongadas tertulias en los bares, y algunos taberneros tuvieron que cerrar porque sus clientes se sentían vigilados en aquel lugar, que tiempo ha, había sido un rincón de ocio y alegría.


La gente empezó a mirar a los comedores de col como proscritos, y ellos, tuvieron que hacerlo a escondidas en aras de algo que se “ex-fumó”, y que anteriormente se había llamado libertad.

Adelaida Ortega Ruiz.

lunes, 31 de mayo de 2010

CURIOSIDADES I: Besos en los cristales.

A diario me llegan por correo electrónico o leo en libros y prensa datos curiosos, hechos, noticias que me hacen pensar…
Inicio con ésta una serie de “curiosidades” que por algún motivo me han llamado la atención y quiero compartir con todos vosotros.

BESOS EN LOS CRISTALES

En un colegio femenino se puso de moda entre las alumnas pintarse los labios de carmín y estampar besos en los espejos y cristales de todo el recinto.


Cada jornada aparecían las rojas marcas por doquier, con el consiguiente disgusto de las limpiadoras, que se enfrentaban a la difícil tarea de eliminar las grasientas manchas.


Las chicas fueron reprendidas reiteradamente por el profesorado, pero nada dio resultado.


Por las mañanas el colegio amanecía reluciente, pero en cuanto sonaba la sirena, las chicas entraban en tropel y cada ventana de las aulas y cada espejo de los baños, se dibujaba de nuevo de bocas coloradas.


La directora, harta ya de escuchar las protestas del personal de limpieza, decidió terminar con el asunto, así que pasó aviso a la primera clase de que todas las niñas debían acudir a los aseos en 5 minutos.


Dicho y hecho: En 5 minutos las chicas se congregaron expectantes en los lavabos.


-Queridas alumnas- dijo la directora – Quiero recordaros que es nuestro deber respetar el trabajo de los demás, y os he citado aquí para que seáis testigos de lo difícil que resulta eliminar las marcas de carmín en espejos y cristales.


Acto seguido la directora hizo una señal para que empezara la demostración.


La señora de la limpieza cogió un trapo y lo sumergió en el agua de un inodoro y allí mismo lo escurrió. A continuación se dirigió al primer espejo y frotó y frotó con la bayeta húmeda hasta que por fin desaparecieron todos los dibujos de labios.
Después se dirigió a otro váter y repitió la operación: Empapó bien la bayeta en el agua del susodicho sanitario y procedió con ella a la limpieza del siguiente espejo. Así continuó hasta que todo quedó reluciente.


A partir de ese momento en ningún espejo aparecieron manchas de carmín.


Adelaida Ortega Ruiz

domingo, 23 de mayo de 2010

PREGÓN SEMANA SANTA NUEVA CARTEYA 2010

 
Dar el pregón de Semana Santa de mi pueblo ha sido tal vez el mayor honor que he tenido en mi vida.
Durante 4 meses, escribí, lei y releí, borré, rehice frases, recordé mi infancia, compuse poesía para la que no estoy dotada, estudié la biblia, repasé los evangelios, busqué imágenes, escuché marchas procesionales y saqué a flote todos los sentimientos cofrades que alberga mi corazón.
Y cuando hube terminado de escribir, de preparar una larga presentación de fotos y de ajustar los tiempos de la música a los poemas, a los párrafos y a mi voz... Entonces empecé a llorar.

Tras el pregón hubo quien me dijo "¿Cómo conseguiste no llorar, si yo estuve todo el rato emocionado? 
La respuesta es que había llorado tanto durante mis solitarios ensayos de cada noche, que conseguí no dejarme llevar.

Hoy he subido el video a YouTube y, viéndolo, he vuelto a sentir la emoción que puse en ese pregón a mi Cristo, a mi Semana Santa y a mi pueblo... y la piel se me erizó de nuevo y los ojos se me llenaron de lágrimas.

Adelaida Ortega Ruiz

Aquí os dejo un archivo PDF con el pregón completo:


Antes de empezar, con mi amiga Elena.

 Un momento del Pregón.

Tras el acto, recibiendo un ramo y un abrazo del Hermano Mayor de mi cofradía.


Con algunos familiares.



Para poder subirlo a internet tuve que dividir el video en 8 partes, de las que sin duda, la 6ª es la que más me emociona. Dejo enlazados los videos en la columna de la derecha. 

viernes, 29 de enero de 2010

Me falta tiempo.

Las horas se pasan rápidas; no alcanzo a aprovecharlas todas.

El sueño se ha convertido en un deber que cumplir, más que en un descanso, y lo recorto cuanto mi cuerpo me permite.

Me encuentro imbuida en un torbellino de sensaciones, a veces contradictorias. Mis manos actúan y mi mente piensa sin tregua, no siempre en lo que hacen mis manos.

Mientras atiendo en la librería, mientras limpio en casa, mientras como, mientras me ducho…busco la palabra exacta… la inspiración para el poema o el corazón del siguiente párrafo.

Sigue sin alcanzarme el tiempo ¿O soy yo quien no lo alcanza a él?

La pantalla de mi ordenador me espera con el cursor tintineante.

A veces me siento culpable por no llegar a todo.


Pero me gusta lo que estoy haciendo. Disfruto cada momento que le dedico a escribir, aunque pase muchos minutos ante la página en blanco.

Sin embargo echo de menos leer. Mis libros se preguntan qué fue de las manos que los tocaban y de los ojos que los escrutaban renglón a renglón. Ahora sólo les limpio el polvo y los devuelvo al estante.


También yo me pregunto en los últimos días qué tema tratará hoy el amigo Tellagorri en su blog; sobre qué hablará Leona; qué habrá escrito la profe Ana y la otra Ana, que no es profe; Elena, Encarni, Emilio, Paco, Mamé, Ruth, Javier Pol, José Antonio Bejarano, Tony, Mari Carmen, Mardelibertad, Adriana, Capitán, mi tocaya Adelaida, Emibel, Ma, Natalia, Máximo, María José…  Y un largo etcétera de amigos a los que me gusta visitar, y que ahora, a mi pesar, no estoy leyendo.
Quiero que sepáis que os echo de menos. Un día os conté que tenía dos compromisos muy importantes para el mes de Marzo. En ellos estoy centrada con mis cinco sentidos, y espero con ansia el momento en que pueda retomar mi blog y los vuestros con tranquilidad.

Disculpadme pues que no pase por vuestra casa. No es descortesía, es que ME FALTA TIEMPO.


Un cariñoso abrazo a todos. Hasta pronto.


Adelaida.

lunes, 18 de enero de 2010

Nací en el año 3... ¡y que digan los papeles lo que quieran!


Mi abuela nació a principios del siglo pasado, “en el año 3”, como ella solía decir… Y siempre hacía mucho hincapié en ello, pues a efectos burocráticos su fecha de nacimiento era el 25 de Junio de 1905.
Yo le pregunté una vez por qué su carnet de identidad ponía esa fecha si la verdadera era 1903, y mi abuela me contestó que no lo sabía, pero que su madre siempre le había dicho que ella nació “en el año 3”.

-¿Y por qué no lo rectificaste, abuela?
-¡Niña… y a mí, qué más me da! Yo nací en el año 3 y ese papel que diga lo que quiera.

Estas historias eran muy corrientes en tiempos en los que a los datos de una persona no se le daba apenas importancia. Lo realmente importante era vivir.
A veces nacían los niños y tardaban semanas o meses en registrarlos, aunque sí que los bautizaban rápidamente, por lo que sus datos constaban antes en el libro de bautismos de la parroquia que en el propio registro civil.

Que una persona quedara sin constancia de estar viva, era tan fácil como que se extraviara o ardiera un papel. Sin embargo a la gente no parecía preocuparle tanto este tipo de cosas como ahora. Eran otros tiempos… otra forma de vida.

He conocido casos sorprendentes, como que en una misma familia una hija se llame Josefina, otra Fefa, un hijo José, otro Frasquito y otra Paca (cinco hermanos hijos del mismo matrimonio, que con dos nombres los bautizaron a todos), y no crean ustedes que en aquellos tiempos se podían registrar los diminutivos, no; entonces había que ser “fieles al santoral”, por lo que en el registro, el nombre de dos de las hermanas constaba como “Josefina”, seguido de idénticos apellidos. Al menos los dos últimos hijos aparecían registrados como Francisco y Francisca.

Hace pocos días murió en mi pueblo un hombre al que todos conocíamos como Dionisio. El día de su entierro me enteré por su nuera que el verdadero nombre del difunto era Manuel.
Me quedé extrañadísima, y le pregunté a la mujer el motivo de haberle llamado Dionisio durante toda su vida. Entonces me contó una historia muy curiosa:
Resulta que siendo un mozalbete, murió su hermano, que era un año menor que él. Éste hermano muerto se llamaba Dionisio, pero en el juzgado, al realizar el acta de defunción, se equivocaron y pusieron que el muerto era Manuel, el hermano mayor.
Así pasó el tiempo, y Manuel, que en realidad estaba vivo, no fue llamado al servicio militar, pues estaba muerto en los papeles. Un año después llamaron a filas a Dionisio (enterrado, pero vivo a efectos legales), y fue entonces cuando la familia indagó y advirtió el error.
Sin embargo fue más fácil asumir una nueva identidad que corregir un error burocrático.
De este modo Manuel hizo el servicio militar como Dionisio, se casó como Dionisio, constaba en el DNI como Dionisio, tuvo un hijo al que llamó Dionisio... y todo el pueblo lo conocimos como Dionisio, porque incluso en las esquelas mortuorias escribieron Dionisio en lugar de Manuel.
-Es que si ponemos Manuel, nadie lo iba a conocer- me dijo la nuera de "Dionisio".

Adelaida Ortega Ruiz.

sábado, 2 de enero de 2010

Como don Juan de Borbón, hijos de reyes y padres de reyes, pero nunca reyes.


Nací en 1966. Pertenezco a aquella generación de niños que se ponían de pie cuando entraba el profesor, que levantaban la mano para hablar, que usaban el usted y el “don” o “doña”, que cedían el paso y el asiento, y que respetaban a los mayores por mera atención a su edad.


Hicimos pocas preguntas complicadas, porque no esperábamos mejor respuesta que “porque sí” o “porque no”, según el caso.


No cuestionábamos las órdenes de nuestros padres ni profesores, sino que las obedecíamos “porque así eran las cosas”.


No contestábamos si nos regañaban y jamás, jamás se nos habría ocurrido mandar a la mierda a nuestra madre.


Nos enviaban  a la cama si aparecían dos rombos en la pantalla, buscábamos a hurtadillas palabras prohibidas en el diccionario y sonreíamos tímidamente cuando al fin llegaba la esperada lección nº 5 de naturales: “El aparato reproductor humano” (al final era una pura decepción, porque las explicaciones del profesor eran demasiado superfluas y las ilustraciones anatómicas del libro demasiado “internas”).


Se ocuparon de educarnos bien, pero sin explicarnos los porqués.


Apenas tuvimos voz ni voto en nuestro hábitat infantil y algunas veces resultábamos casi invisibles para los adultos. Al fin y al cabo… sólo éramos niños…


Y con un poco de aquí y otro poco de allá fuimos madurando, y sin apenas darnos cuenta, nos llegó a nosotros el turno de ser los adultos.


Ahora tenemos que formar a nuestros hijos y no podemos usar aquellos patrones que usaron con nosotros; no son pedagógicamente correctos, por lo que hemos puesto en práctica una guía de educación totalmente experimental, en la que asumimos un papel amorfo de padres-colegas-amigos.


Los pedagogos y educadores tienen teorías para todo:
- Lo principal: Jamás y bajo ningún concepto darle una cachetada a un niño.
- Cómo comportarse cuando el niño no come.
- Qué hacer para que el niño duerma bien.
- Qué juegos didácticos elegir.
- Ayudarle para que aprenda a estudiar.
- Enseñarle a “trabajar en equipo”.
- Contestar con claridad meridiana y razonada todas y cada una de sus preguntas (Yo me esforcé en ello desde que mis hijas tenían 2 años, pero a esa edad había veces que la cosa se ponía redonda).
- Etc. Etc. Etc.


Lo estamos intentando. De veras que lo intentamos con todas nuestras fuerzas, pero… ¿los resultados son buenos?


Yo observo en general poca educación, menor respeto, olvido absoluto de las obligaciones y constante enarbolamiento de “los derechos” como única bandera de su existencia.



Anoche vi una película que me hizo pensar en todo esto. Las protagonistas eran unas adolescentes de 16 años que tenían relaciones sexuales con parejas esporádicas, conocidas y consentidas por sus padres como lo más natural del mundo.
Hablaban a sus progenitores de un modo repulsivo. Los menospreciaban, los presionaban, les exigían, los insultaban, los mandaban a la mierda, no les daban explicación de su comportamiento, los desobedecían y los trataban poco mejor que a “monigotes pintanada”… pero los padres allí… aguantando el chaparrón e intentando hacer bien su papel de colega-amigo; la parte “padre” ya había perdido el sentido para todos, excepto en el momento en que las niñas necesitaban algo… entonces sí decían papá y mamá, y una vez solucionado el problema… ningún agradecimiento, ningún cambio de actitud.
En el instituto, los profesores eran para ellas enemigos que sólo pretendían fastidiar con estúpidas enseñanzas, y a los que tenían amenazados y atemorizados entre todos los alumnos. Para colmo los padres defendían las sinrazones de sus hijos hasta sus últimas consecuencias.


La película era un reflejo algo exagerado de la sociedad actual, pero reflejo al fin y al cabo. Y lo más curioso… estaba enfocada desde el punto de vista de las chicas, por lo que sus vituperados padres eran tratados en la historia como personajes molestos.


En definitiva, creo que nuestra generación no ha tenido demasiada suerte. Nos tocó vivir una infancia en segundo plano, tras nuestros mayores, y una paternidad en la que continuamos cediendo el primer plano a nuestros hijos. De niños nuestra opinión contaba poco y de adultos seguimos subyugados por criterios impuestos.


Nos enseñaron a respetar sin más, pero ahora, cuando tendríamos nosotros que ser “los respetados”, no siempre lo conseguimos, a pesar de tanto esfuerzo pedagógico y tanta entrega y amor colosal a nuestros hijos.


¿Debería haber un término medio? Yo creo que sí. A nosotros nos faltaron cosas, pero a nuestros hijos tal vez le sobren en exceso.

Adelaida Ortega Ruiz.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

A todos los amigos que habéis comentado mi entrada "Indefenso"


Hola Emibel, Tellagorri, Ruth, Ana, Sol, Elena, Paco, Mari, Leona... y todos aquellos que habéis comentado o pensábais dejar un comentario en la entrada que he titulado "Indefenso".
 Deciros que en realidad ese no era el relato que yo iba a escribir anoche, pero como otras muchas veces, me guié por impulsos y tecleé las palabras que me vinieron a la mente... las que sentía en esos momentos.
 El relato “Indefenso” está enfocado desde el punto de vista de un bebé en el vientre materno.
 Él no entiende de leyes a favor o en contra del aborto, ni de polémicas feministas ni abortistas, ni de mandamientos religiosos, ni de política de izquierdas o derechas, ni de manifestaciones, ni de votaciones sobre su derecho a la vida, ni de embarazos no deseados, ni de ninguna otra cosa de la que podamos hablar los que tuvimos la suerte de haber nacido un día. Él sólo entiende de algo que es intrínseco a cada vida humana: El instinto de conservación y el deseo de vivir sobre todas las cosas.
Por lo tanto yo no busco que me deis vuestra opinión sobre este polémico tema; sólo he escrito el cuento de un niño cuya vida dependía de los deseos ajenos, y éstos se decantaron por quitársela. ¿Los motivos eran justos? ¿Es asesinato? ¿Es legal? ¿Aborto sí? ¿Aborto no?
No he entrado en ninguno de esos temas, porque como digo, esta era la historia de alguien que no entendía de nada de eso, y que sólo QUERÍA VIVIR.
¿Y por qué escribí anoche este relato en lugar de publicar una de esas historias divertidas que suelo compartir con vosotros?
Pues os lo voy a contar:
 El otro día opiné en contra del aborto en el blog de una amiga bloguera que trataba el tema. Creo que tengo derecho a expresar mi opinión y a actuar conforme a mis sentimientos en cada momento, pero hay alguien que no lo cree así.
Desde que hice ese comentario me están llegando unos mensajes anónimos “aconsejándome” que no comente en el blog de esa amiga y que no la deje a ella participar en el mío.
El último comentario de esta persona anónima (el cual por supuesto no he publicado) me sugiere una amenaza, pues me dice “No me has hecho caso. Voy a tener que enfadarme”.
Como comprenderéis me trae sin cuidado el enfado de alguien que se ampara en el anonimato para coartar la libertad de expresión de las demás personas.
Yo estoy en contra del aborto y así lo expreso, pero también respeto que el que no lo esté lo exprese con la misma libertad que lo hago yo.
Por eso anoche escribí este relato, porque no tolero que nadie me quiera amedrentar para que no de mi opinión o para que no hable de mis sentimientos. Ese anónimo o anónima que dictatorialmente pretende que yo me calle, sólo ha conseguido que hable de algo que tal vez nunca se me hubiese ocurrido escribir.
Y es que amigos… no hay nada como el gusto por lo que quieran prohibirnos.
Adelaida Ortega Ruiz.

martes, 29 de diciembre de 2009

Indefenso.

Aquella habitación era demasiado pequeña y estaba muy oscura, pero de momento tendría que permanecer encerrado y acurrucado en su rincón.

No había mucho que hacer y se aburría… sin luz, sin juguetes, sin abrazos, sin nadie con quien hablar…
Se había acostumbrado a aquel sonido incesante. Era como un grifo que goteaba sin tregua, pero ya no le molestaba. Se había convertido en un compañero de celda que lo tranquilizaba.
También escuchaba voces ahogadas que provenían del exterior. No entendía lo que decían, pero su eco le resultaba familiar, y ya comenzaba a reconocerlas, sobre todo la de una persona que parecía estar siempre presente. Algún día descubriría quien era.

A veces estiraba sus piernas cuanto podía dentro de su estrecha prisión. Necesitaba desentumecerse, ejercitar los músculos para estar fuerte el día que escapara de allí. Lo estaba planeando y lo primero que haría sería abrazar a su madre. Soñaba con ese momento… sentir sus manos, su cariño y ese calor confortable que lo haría sentirse seguro.

Sin embargo hoy estaba preocupado. Sabía que ocurría algo extraño porque la voz que siempre escuchaba sonaba nerviosa… Algo le decía que hablaban de él, de su vida.

Estaban decidiendo si lo dejarían vivir.
-¡Por favor, tienen que dejarme salir! No he hecho nada malo.

Nadie lo escuchaba. Nadie pensó que tuviese algo que decir.
De repente sintió pánico. Un monstruo tanteaba en la oscuridad. ¡Lo buscaba a él!
Quería huir, pero sólo había paredes. No podía esconderse. No podía defenderse.
El frío lo atravesó. Dolía.

Ya sólo había sangre y miedo. Ya no podría salir ni cumplir su sueño.

En el último momento, antes de morir, se refugio en aquel sonido tranquilizador que lo había calmado en sus días de encierro. Nunca supo que era el corazón de su madre.

Adelaida Ortega Ruiz.

domingo, 22 de noviembre de 2009

25 de Noviembre. Día Internacional contra la violencia de género.

El pasado Sábado 21 de Noviembre, asistí a unas charlas organizadas por el Área de la Mujer de IU local, sobre la violencia de género. Fui invitada por la organización para intervenir... más bien para dar mi opinión, pues no soy ninguna autoridad en la materia y sólo pude aportar mis sentimientos.


También intervino una chica joven, víctima de esta violencia. Su testimonio me impresionó profundamente, y creo que a todos los presentes, pues con 21 años tiene una larga y dura experiencia a sus espaldas, y más sufrimiento del que muchas personas puedan conocer en toda una vida.


Este ha sido el primer acto de este tipo en Nueva Carteya, pero espero que no sea el último, pues cuando te adentras es estos temas, es cuando te das cuenta de que realmente el problema existe... que no es una noticia del Telediario, sino algo muy crudo que afecta a personas reales.


Por supuesto, soy consciente de que no sólo las mujeres son víctimas de violencia de género. También hay hombres maltratados, pero lo cierto es que queramos o no reconocerlo, las que están muriendo casi a diario en España, son ellas, no ellos. A estas alturas de año ya son 58 las asesinadas por novios, compañeros, maridos o "ex". Tal vez mañana, tengamos que lamentar la nº 59. Y esto seguirá así hasta que la sociedad no tome verdadera conciencia de los problemas reales y las desigualdades que seguimos padeciendo las mujeres, empezando por el ámbito doméstico.


CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO



Buenas tardes a todos, señoras y señores.


Cada día vemos en televisión alguna nueva noticia que nos sobrecoge. Son muchas las mujeres que pasan cada año a engrosar la lista de víctimas por violencia de género, pero yo no voy a hablar de cifras ni estadísticas, sino de las personas que hay detrás de ellas, con su particular historia, con su propio sufrimiento, aunque todas atrapadas en la misma injusticia indignante.


No es fácil para quienes no lo hemos vivido meternos dentro de esa piel, y por eso hoy quiero hacer un ejercicio imaginario, para sentirme más cerca, para que todos nos concienciemos de que a esas mujeres a las que les tocó vivirlo, se les está negando el respeto no ya sólo por ser mujer, sino por ser persona. Esto es lo que quise reflejar con el eslogan que encabeza este año la campaña de nuestro pueblo contra esta lacra social.


Imaginemos pues la historia de María y pongámonos todos por unos momentos en su lugar.


María es una mujer corriente, como cualquiera de nosotras, que ilusionada inicia una vida en común con el hombre al que ama, al que ve como un amigo y como un compañero, pero sin saber muy bien porqué, ni cómo, ni cuándo exactamente se empieza a producir el cambio, él deja de ser esa persona amable y comprensiva de la que ella se enamoró, para convertirse en alguien que le recrimina a diario sus actuaciones, sus amistades, sus costumbres; que le cuestiona continuamente sus palabras… hasta que ella llega a pensar que es mejor no mostrar su propia opinión para no ocasionar conflictos.


La convivencia placentera que soñó con él, pasa a ser un constante estado defensivo al que ella repliega su vida cotidiana, con excusas siempre preparadas por si a él no le gustase esto o aquello, con silencios obligados para no provocar su injustificada ira…


De repente es María la que cambia. Su verdadera personalidad queda relegada a un segundo plano: es mejor ceder, callar por miedo, aguantar por prudencia; hacerse pequeñita, pequeñita, y confiar en que él se de cuenta de que ella no merece todo eso, y de que sigue allí siendo la misma a la que en otro tiempo él trató de muy diferente modo.


-“¿No me ve? Soy la misma de antes y sigo queriéndolo”.


Pero cuanto más pequeñita se vuelve ella, más grande se hace él y más poder le impone. Llega un momento en que su misma pasividad es motivo de furia y, un día, él le pega por primera vez. La golpea hasta que ve saciada su cólera.


Cada golpe duele y seguirá doliendo muchos días después, incluso cuando las huellas se hayan borrado. Duele la humillación, el desamor y sobre todo una pregunta sin respuesta… ¿Por qué?


Un millón de dudas la asaltan y cuando aún no ha decidido qué hacer, él le pide perdón y le promete cambiar, ser aquel compañero amable, amigo incondicional y amante enamorado que ella desea… y lo desea con tanta fuerza, que María lo cree. La alegría vuelve a su ser y la ilusión a su corazón.


Son días maravillosos de paz… de vida.


Pero él no ha cambiado. La misma promesa se repite una y otra vez y luego se esfuma, como progresivamente se marcha también la autoestima de la mujer. Se siente cohibida, atemorizada, anulada como persona. El trato vejatorio la ha convertido en un ser que se deja llevar, siempre pendiente de la aprobación de él. Con miedo, siempre con miedo.


Después de muchos golpes, seguidos de pasajero arrepentimiento, ella se da cuenta que no debe continuar perdonando inútil y eternamente, y reúne valor para pedir ayuda. Le cuesta mucho porque llega a pensarse la culpable de su propio infortunio. Sin embargo consigue sacar la fuerza para creer en sí misma y hablar de cuanto ha callado por vergüenza al principio y por terror más tarde. Entonces se enfrenta a una parte muy difícil: dar a conocer su situación, la denuncia, las incómodas declaraciones íntimas ante desconocidos, dejar su casa y partir de cero, exponerse a las crueles habladurías… pero sobre todo a las amenazas de él.


Ella sabe que él la considera suya, sin derecho propio, como una pertenencia sobre la que actuar tiránicamente. Para él, ella ya no es libre… es suya y no la dejará marchar en paz.


Creo que esta es, a grandes rasgos, la historia que viven mujeres iguales a nosotras en todo el mundo. Tal vez hay muchas que aún siguen sin dar ese último paso tan difícil, y otras tantas que jamás lo den, y mientras se habla de igualdad, se modifican las leyes y se hacen campañas publicitarias al respecto, ellas se sienten atrapadas en su negra situación, y lo que es peor, algunas resignadas a su destino.


Si hace un momento hemos sido capaces de imaginar que somos María, comprenderemos cuánto apoyo y comprensión necesita para salir adelante. Ella deberá ser muy valiente, pero la sociedad tiene el deber de ayudarla, y la ley la obligación de garantizarle seguridad y justicia.


El acto de hoy está destinado a apoyar a esas víctimas a las que queremos demostrarles que no están solas; ahora ya no, porque queremos respaldarlas, porque hay muchas personas que se levantan cada mañana dispuestas a luchar por ellas. Estamos decididos a colaborar en pro de los derechos de la mujer, por desgracia olvidados en muchas ocasiones.


Dicen algunos, haciéndose eco de tergiversadas declaraciones feministas, que las mujeres queremos “ser más” que los hombres, o tener más derechos que ellos, pero no es eso lo que queremos. Estamos exigiendo igualdad social y laboral porque tenemos derecho a ello; estamos pidiendo igualdad dentro de nuestro propio hogar: compartir trabajo y responsabilidades; estamos pidiendo igualdad, no superioridad; estamos recordando a la sociedad que somos MUJERES, que somos PERSONAS; ESTAMOS PIDIENDO RESPETO.


Adelaida Ortega Ruiz

domingo, 8 de noviembre de 2009

¿Saben los hombres lo que es el 50%?



¿Hay algún contrato, alguna escritura o algún mandamiento divino que nos obligue a las mujeres a llevar siempre el peso y la dirección del cuidado doméstico? Hasta la presente nadie ha podido darme una respuesta afirmativa, y sin embargo, parece estar implícito que en una pareja ella es la que arregla los bajos de los pantalones, decide el menú del día siguiente y friega los azulejos del baño, aunque ambos trabajen fuera de casa.
Se habla mucho de que la situación cambia, de que los “hombres modernos” colaboran en el hogar, pero por alguna razón, desde que nacemos nos ponen un sello invisible que nos marca para esa responsabilidad, y aunque intentemos huir de ella, nos persigue, nos persigue… no nos deja escapar.

Recuerdo muy bien aquellas palabras del cura… “en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad…”

¡Qué compartido parece todo ese día! Pero es guardar el vestido de novia en el altillo y emerge la cruda realidad.

Analicemos:
“Lo bueno”, por ejemplo, pueden ser unas vacaciones o sentarse tranquilamente a ver una película después de comer, actividades que se disfrutan en común. Sin embargo, cuando llegamos al apartamento, mandamos al marido y a los niños a la piscina y nos quedamos colocando el equipaje de toda la familia (el mismo que hicimos solas en casa, que volveremos a hacer para el regreso y a deshacer cuando estemos de nuevo en casa).

Cuando acabamos de instalarnos, nos ponemos el bikini apresuradamente y bajamos por fin a la piscina a “empezar a disfrutar”, pero resulta que ya casi es la hora del almuerzo, y mientras el marido y los niños se bañan un poco más, nosotras tenemos que subir a preparar la comida. En total nos hemos pasado 3 horas de preparativos y sólo media de “relax”.

En el país de Alicia y las maravillas podrían intercambiarse los papeles, pero seguro que habría cualquier conejo con chistera que nos acusaría de abusonas. Eso sería en el mundo de Alicia; en el nuestro un cambio de papeles es del todo impensable (y además los conejos no tienen chistera).

Después llega la hora de sentarse un rato a descansar, lo cual sólo disfrutaremos tras haber recogido la cocina (igual que hacemos en casa), y cuando ya hemos terminado, nos sentamos a ver la tele, pero la película está por la mitad. ¡No importa; somos felices porque estamos de vacaciones!

“Lo malo” mejor no comentarlo, porque aunque se sufra en común… ¿Qué mujer puede permitirse el lujo de holgar por tristeza? Aunque el ánimo decaiga y los problemas agobien, hay una familia que espera que estemos ahí y una casa que no marcha si no llevamos el timón. Con ganas o sin ganas “al mal tiempo buena cara”. ¿Qué remedio queda?

“La salud” es lo principal y lo mejor que hay para dar el cien por cien al pie del cañón. Ojalá podamos gozar de ella siempre, porque si enfermamos…



“La enfermedad” es algo que no podemos permitirnos las mujeres. Aquello de recuperarnos totalmente de una gripe en cama lo recordamos de cuando éramos niñas. Después no se ha dado el caso. ¿Quién iba a traernos el café y las pastillas a la cama, a poner la lavadora, a hacer la comida, a levantar a los pequeños para el colegio y preparar la ropa que han de ponerse, a ir a la reunión con el maestro, a llevarlos al pediatra y al dentista, a comprarles el abrigo nuevo, a limpiarles los zapatos, a revisarles los deberes y tomarles la lección, a recoger el tendedero, a planchar, a pasar el aspirador, a fregar, a poner la ropa de invierno en el armario…?

A todo lo anterior hay que añadirle el trabajo fuera de casa. Qué bonito sería llegar con la jornada finalizada, tumbarnos cansadas en el sofá y preguntar ¿Qué hay de cena?

Y yo pregunto ¿Por qué se espera automáticamente todo esto de nosotras? ¿Por qué asumimos nosotras mismas todas estas responsabilidades? ¿Dónde está escrito que seamos las obligadas? Lo más triste es que después nadie parece darse cuenta de todo lo que hacemos, pero al cabo de unos años de vida en común, se rompe un día un enchufe, y nuestro marido nos recuerda eternamente que lo arregló como si fuese una hazaña cotidiana.

Actualmente reivindicamos nuestros derechos socialmente y reclamamos que los hombres se reeduquen para la igualdad, pero la reeducación debe partir de las mismas mujeres. Somos nosotras quienes no debemos dar por hecho que todas esas labores sólo nos competen a nosotras. En la sociedad actual llegar a la plena integración del hombre en las tareas del hogar es como pedir peras al olmo. Habría que reinventar nuestro mundo, pero tal vez poco a poco, muy poco a poco, a las mujeres del futuro no se las marque desde niñas con ese sello invisible. Tal vez algún día, los hombres que presumen de “colaborar en casa” por recoger el lavavajillas o hacer de “cocinitas” un domingo, comprendan la cuantía real del 50%.

Adelaida Ortega Ruiz.

lunes, 12 de octubre de 2009

El Mundo gira movido por Internet.

"Siglo Primero D.I."

Hace unos diecisiete años que tuve sobre la mesa mi primer ordenador. Me lo dio uno de mis hermanos, que lo había desechado tras comprarse otro más moderno, y pensó que a mí me vendría bien en mi trabajo. Me explicó que servía, como su nombre indicaba, “para ordenar”, y añadió “enciéndelo y familiarízate con los programas”.



Tengo que confesar que después de unos días intentando buscarle utilidad a aquel trasto, lo arrinconé en el trastero, pues no conseguí entender para qué demonios me podía servir a mí aquella cosa tan grande, teniendo yo la contabilidad bien ordenada en mis libros de cuentas y una gran cantidad de cuadernos, bolígrafos y cajones para guardarlo todo. Además… es que no tenía ni idea de cómo se manejaba aquello, y eso de “los programas” sólo me había sonado a “espacio televisivo”.



Me da algo de vergüenza admitirlo, pero realmente pensé que el uso de esas máquinas sería una moda pasajera, o cuando más seguida sólo por unos pocos.




No volví a acordarme de él hasta pasados unos años, cuando los ordenadores empezaron a verse por doquier. Su uso se extendió a organismos públicos, empresas, comercios, bancos, colegios… Ya una mesa de oficina o despacho, no era tal sin un ordenador sobre ella. Era tan cotidiano como el pan y el agua.



Aún así, yo seguí resistiéndome, más por ignorancia que por testarudez, hasta que mi hija mayor se empeñó en que le comprásemos uno, aludiendo a su necesidad para trabajos escolares, consultas en Internet, juegos, etc.



Si esfuerzo me costó encontrar útil un ordenador, más complicado me resultó ver práctico “el Internet”… hasta que empecé a usar ambas cosas. Ahora me pregunto cómo sobrevivíamos sin él. Suena fuerte, pero creo que lo mismo que el nacimiento de Cristo, el nacimiento de Internet ha marcado un antes y un después en el tiempo.



Hoy día, esa red nos atrapa a todos. Internet mueve el mundo.



Es fácil darse cuenta de cómo ha alterado nuestras costumbres, influido en nuestro vocabulario, cambiado nuestro modo de relacionarnos, ampliado nuestro acceso a la información y modernizado y agilizado las operaciones, transacciones y comercio de todo tipo.



Ya apenas se venden postales navideñas; nos estamos acostumbrando a felicitar con tarjetas virtuales, y por supuesto, las noticias de los amigos ya nunca nos llegan por carta… ¡Con lo emocionante que era recibir un sobre con nuestro nombre escrito a mano!


Un creciente número de lectores de prensa cambia a diario el papel impreso por la pantalla de ordenador. Y qué decir de la música… Todos conocemos los desvelos de las discográficas por la bajada de ventas, a causa de las extendidísimas descargas. Cualquier disco o película a nuestro alcance sin salir de casa.



Aún conservo en un armario mi vieja máquina de escribir; esa que a mis dieciséis años deseé ansiosamente hasta que mi padre me la regaló. ¿Para qué me servirá ahora? Recuerdo cuando iba a comprar las cintas de tinta bicolor y unos sobrecitos de corrector que a duras penas disimulaban los errores dactilográficos. Tal vez por eso, conseguí escribir del tirón un texto completo casi sin faltas.
También anda por ahí mi estupenda cámara analógica. Los carretes fotográficos se han convertido en artículo para aficionados y coleccionistas. La fotografía digital se ha impuesto totalmente.



Las voluminosas enciclopedias sólo se mueven de la estantería para limpiarles el polvo. ¿Quién se molesta en buscar alfabéticamente teniendo cualquier información en Google con unas rápidas pulsaciones? Hasta los síntomas de las enfermedades, las recetas de cocina y el tiempo atmosférico los consultamos en la red.



Reservamos hotel para las vacaciones desde nuestro sillón, compramos artículos que no encontramos en las tiendas, extraemos los formularios para las becas de nuestros hijos y tenemos a mano la factura del teléfono, sin atentar contra el medio ambiente por usar como soporte el papel.



¿De qué pensarían nuestros abuelos que les estábamos hablando con términos como papelera de reciclaje, bandeja de entrada, ratón, pestaña, ventana o antivirus? Pues peor sería si les nombrásemos el formato JPG, el software, el Hacker o el MODEM. Alguna vez he oído conversaciones de chavales muy metidos en la informática y por momentos he pensado que hablaban en chino.

Capítulo aparte merecen las relaciones internautas y las amistades cibernéticas. Las redes sociales multiplican las amistades a un ritmo vertiginoso. Los chats, los foros, los blogs… nos brindan la ocasión de relacionarnos o charlar con personas que jamás hubiésemos conocido, y de publicar nuestras opiniones o todo aquello que queramos divulgar, con la seguridad de que se abre una puerta poderosísima de comunicación.

Ciertamente el poder de Internet en el mundo es ilimitado. Nuestra vida cotidiana se paraliza si hay avería en el servicio. Hace poco hubo una que duró un par de horas, y ese breve espacio de tiempo bastó para encontrarme con que el banco no podía efectuarme la operación que solicité; yo no podía consultar las existencias de librería en el almacén, y por tanto tampoco hacer mis pedidos, y por último, un proveedor no pudo facturarme hasta que se restauró la línea.
¿Qué pasaría si de repente nos quedásemos sin Internet?

Adelaida Ortega Ruiz.
  13-Octubre-2009