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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya IX. "¿Quién es más tozudo?"


Cuando escribimos nos esforzamos en hacerlo con corrección: vigilamos la gramática, la sintaxis, la ortografía y la expresión. Sin embargo, cuando hablamos, sobre todo si lo hacemos coloquialmente, nuestro mayor interés es ser comprendidos con pocas palabras, sin atender tanto a la belleza de los términos como a lo que estos sean capaces de transmitir al oyente.


En la anécdota que os traigo hoy, el oyente era un burro, y ciertamente con él funcionó mejor lo que su dueño le dió a entender y el tono con que lo hizo, que cualquier otro argumento.

¿Quién es más tozudo?


Diciembre de 1945.
Andaba Venancio arreando al pobre burro, que tirando exhausto de un carro cargado de aceitunas, vino a negarse rotundamente en la misma puerta de la iglesia.

La casualidad quiso que el señor párroco estuviera  asomado a la ventana, a través de cuyos cristales observó a Venancio asiendo el látigo, seguramente para propinar unos azotes al pobre animal.
No tardó don Froilán ni diez segundos en llegar donde el carro.

-Don Froilán:  Venancio, por Dios, no castigues al pobre burro, que ya sabes que esta especie es tozuda por naturaleza. Mejor deja que te ayude, a ver si tirando entre los dos…

-Venancio:  que NO don Froilán, que no se trata de eso, y hágame el favor de marcharse usted, o el burro no se mueve en lo que queda de día.

-Don Froilán:  A ver estimado feligrés, no me seas tú más burro que el propio asno; si tiramos entre los dos, posiblemente se mueva antes que si lo haces tú solo.

-Venancio:  Ayyy Padre, que le digo yo que hasta que usted no se vaya no anda el burro.

-Don Froilán:  ¡Señor, Señor, pero qué santa paciencia hay que tener con los animales! A ver, Venancio, empujemos los dos a la vez, a ver si podemos…

-Venancio:  Me va usted a perdonar padre, pero veo que no lo entiende. Éntrese usted “padentro” o el burro NO ARRANCA. Padre, que es que a estas alturas, como esté usted aquí le digo yo que el burro no se menea.

Tanto insistió el campesino que al padrecito no le quedó más remedio que dar media vuelta y regresar a su casa.
No había terminado de cerrar la puerta cuando oyó gritar a Venancio mientras restallaba el látigo en el suelo:

-Me cago en D… y su madre la V… y en todos los áng… y los arcán… juntos, que como no andes te voy a meter un melón por el c… que te vas a acordar de tu p… m…, animal del demonio…

Dicho esto, el burro, rebuznó ruidosamente y se puso en marcha sin que Venancio tuviera siquiera que tirar de las riendas.

Don Froilán, que a pesar de haber entrado en casa, había escuchado perfectamente la sarta de improperios, se santiguó sin poder reprimir una sonrisa.

Adelaida Ortega Ruiz.



A todos los amigos que habéis comentado mi entrada "Indefenso"


Hola Emibel, Tellagorri, Ruth, Ana, Sol, Elena, Paco, Mari, Leona... y todos aquellos que habéis comentado o pensábais dejar un comentario en la entrada que he titulado "Indefenso".
 Deciros que en realidad ese no era el relato que yo iba a escribir anoche, pero como otras muchas veces, me guié por impulsos y tecleé las palabras que me vinieron a la mente... las que sentía en esos momentos.
 El relato “Indefenso” está enfocado desde el punto de vista de un bebé en el vientre materno.
 Él no entiende de leyes a favor o en contra del aborto, ni de polémicas feministas ni abortistas, ni de mandamientos religiosos, ni de política de izquierdas o derechas, ni de manifestaciones, ni de votaciones sobre su derecho a la vida, ni de embarazos no deseados, ni de ninguna otra cosa de la que podamos hablar los que tuvimos la suerte de haber nacido un día. Él sólo entiende de algo que es intrínseco a cada vida humana: El instinto de conservación y el deseo de vivir sobre todas las cosas.
Por lo tanto yo no busco que me deis vuestra opinión sobre este polémico tema; sólo he escrito el cuento de un niño cuya vida dependía de los deseos ajenos, y éstos se decantaron por quitársela. ¿Los motivos eran justos? ¿Es asesinato? ¿Es legal? ¿Aborto sí? ¿Aborto no?
No he entrado en ninguno de esos temas, porque como digo, esta era la historia de alguien que no entendía de nada de eso, y que sólo QUERÍA VIVIR.
¿Y por qué escribí anoche este relato en lugar de publicar una de esas historias divertidas que suelo compartir con vosotros?
Pues os lo voy a contar:
 El otro día opiné en contra del aborto en el blog de una amiga bloguera que trataba el tema. Creo que tengo derecho a expresar mi opinión y a actuar conforme a mis sentimientos en cada momento, pero hay alguien que no lo cree así.
Desde que hice ese comentario me están llegando unos mensajes anónimos “aconsejándome” que no comente en el blog de esa amiga y que no la deje a ella participar en el mío.
El último comentario de esta persona anónima (el cual por supuesto no he publicado) me sugiere una amenaza, pues me dice “No me has hecho caso. Voy a tener que enfadarme”.
Como comprenderéis me trae sin cuidado el enfado de alguien que se ampara en el anonimato para coartar la libertad de expresión de las demás personas.
Yo estoy en contra del aborto y así lo expreso, pero también respeto que el que no lo esté lo exprese con la misma libertad que lo hago yo.
Por eso anoche escribí este relato, porque no tolero que nadie me quiera amedrentar para que no de mi opinión o para que no hable de mis sentimientos. Ese anónimo o anónima que dictatorialmente pretende que yo me calle, sólo ha conseguido que hable de algo que tal vez nunca se me hubiese ocurrido escribir.
Y es que amigos… no hay nada como el gusto por lo que quieran prohibirnos.
Adelaida Ortega Ruiz.

martes, 29 de diciembre de 2009

Indefenso.

Aquella habitación era demasiado pequeña y estaba muy oscura, pero de momento tendría que permanecer encerrado y acurrucado en su rincón.

No había mucho que hacer y se aburría… sin luz, sin juguetes, sin abrazos, sin nadie con quien hablar…
Se había acostumbrado a aquel sonido incesante. Era como un grifo que goteaba sin tregua, pero ya no le molestaba. Se había convertido en un compañero de celda que lo tranquilizaba.
También escuchaba voces ahogadas que provenían del exterior. No entendía lo que decían, pero su eco le resultaba familiar, y ya comenzaba a reconocerlas, sobre todo la de una persona que parecía estar siempre presente. Algún día descubriría quien era.

A veces estiraba sus piernas cuanto podía dentro de su estrecha prisión. Necesitaba desentumecerse, ejercitar los músculos para estar fuerte el día que escapara de allí. Lo estaba planeando y lo primero que haría sería abrazar a su madre. Soñaba con ese momento… sentir sus manos, su cariño y ese calor confortable que lo haría sentirse seguro.

Sin embargo hoy estaba preocupado. Sabía que ocurría algo extraño porque la voz que siempre escuchaba sonaba nerviosa… Algo le decía que hablaban de él, de su vida.

Estaban decidiendo si lo dejarían vivir.
-¡Por favor, tienen que dejarme salir! No he hecho nada malo.

Nadie lo escuchaba. Nadie pensó que tuviese algo que decir.
De repente sintió pánico. Un monstruo tanteaba en la oscuridad. ¡Lo buscaba a él!
Quería huir, pero sólo había paredes. No podía esconderse. No podía defenderse.
El frío lo atravesó. Dolía.

Ya sólo había sangre y miedo. Ya no podría salir ni cumplir su sueño.

En el último momento, antes de morir, se refugio en aquel sonido tranquilizador que lo había calmado en sus días de encierro. Nunca supo que era el corazón de su madre.

Adelaida Ortega Ruiz.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya VIII. "Actor por vocación".


ACTOR POR VOCACIÓN.

Corrían los años 20 cuando llegó hasta Nueva Carteya un grupo de actores ambulantes. Instalaron sus casetas, sus carros y su humilde teatro de lona con su pequeño escenario, en una gran explanada, y empezaron a recorrer las calles anunciando de viva voz el espectáculo.



Los chiquillos corrían tras ellos, movidos por la curiosidad que generaban los artistas forasteros en el pequeño pueblo, y se asomaban por las rendijas de la lona del teatro, para fisgonear los ensayos de la obra, que tendría lugar al día siguiente.


Anselmo tenía 60 años, pero a pesar de su edad se incorporó a la pandilla de muchachos que seguía a los comediantes, hasta que reunió el valor necesario para acercarse al director. Le contó que durante toda su vida había soñado con ser actor, desde que una vez siendo pequeño, vio la obra de otro teatro ambulante que vino al pueblo. Desde entonces vivía fascinado por el mundo del escenario, así que ahora nada lo haría más feliz que participar en esta función. Aceptaría cualquier papel por pequeño que fuese o ayudaría encantado en cualquier cosa que precisaran. Si le daban esa oportunidad, jamás lo olvidaría.


El hombre lo escuchó amablemente, y lamentó decirle que el reparto estaba cubierto por los profesionales de la compañía. No obstante, había algo que podía hacer: “el papel de Pedro”, que aunque era una aparición más que fugaz, le daría la ocasión de salir a escena unos segundos ante todos sus vecinos del pueblo.


Anselmo se mostró entusiasmado, así que el buen hombre le dio un libreto de la obra, le señaló un breve renglón y le dijo:


-Este es tu papel. Léelo y lo sigues al pie de la letra.


Anselmo le dio las gracias una y otra vez y se marchó a casa leyendo el renglón que le había indicado el director, en el cual decía:


-“Pedro: (Entra, apaga la luz y sale)”.


Y llegó la hora de la función. Anselmo aguardaba entre bastidores a que llegara el momento de su aparición estelar. Los nervios le retorcían el estómago, pero estaba disfrutando de cada detalle como algo único en su vida.


Casi al final del segundo acto, el director le avisó que iba a llegar el momento:


-Venga Anselmo, sal con calma.

Y Anselmo, a la señal del director, salió a escena, se situó en medio del escenario, y muy emocionado gritó a pleno pulmón:


-¡¡PEDRO ENTRA, APAGA LA LUZ Y SALE!!.



Adelaida Ortega Ruiz

domingo, 6 de diciembre de 2009

29 años sin John

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"Allí estaba ese hombre exitoso que, de alguna manera, tenía al mundo por una cadena, y allí estaba yo, por decirlo así, que ni siquiera era un eslabón en esa cadena, sólo una persona que no tenía personalidad. Algo en mí simplemente se rompió. Escuché una voz en mi cabeza que me decía: '¡Hazlo, hazlo!' Y cuando pasó frente a mí, saqué la pistola, apunté a su espalda y apreté el gatillo cinco veces seguidas".

Mark David Chapman


                                                                                      

Eran las 7.45 de una fría mañana cordobesa. El 9 de Diciembre de 1980 yo tenía 14 años y nunca olvidaré la fecha porque aquel día supe que un loco me había robado un sueño, y al mundo le robó un genio.

Llegué con mi mochila a la parada del autobús escolar, y una compañera me dijo “¿A ti no te gustaban mucho los Beatles?… pues creo que han matado al de las gafitas redondas”.


No me lo creí. John Lennon no podía haber muerto, y mucho menos asesinado por alguien... ¿Quien querría matar a un hombre que le cantaba a la paz?
Sin duda mi amiga estaba equivocada, tenía que estarlo, aunque ella insistiera en que lo escuchó en la radio antes de salir de casa.


En cuanto volví a mediodía, encendí la tele y allí estaba... daban la noticia en todas las cadenas: Jonh Lennon había sido asesinado el día anterior al entrar a su casa, cuando regresaba del estudio de grabación acompañado por su esposa Yoko Ono.


Sentí que se apagaba una ilusión en mi vida. Ya nunca podría ir a un concierto suyo como soñaba, ya jamás el mítico grupo volvería a estar completo (faltaba la mitad de su alma), ya no me aprendería más canciones suyas de memoria, ya no habría más imágenes nuevas que agregar al álbum...


Ahora el mundo sólo podría atesorar su pasado, pero nunca más contar con su presente ni esperar su futuro.


Mark David Chapman se lamentaba de no ser un eslabón en la cadena del gigante, del grandioso Lennon. Tal vez su desenfocada mente buscó una forma de unir su nombre al mito, y protagonizó el único acto capaz de asociarlo eternamente a la historia del ex-Beatles: matarlo.
 
Adelaida Ortega Ruiz.











martes, 1 de diciembre de 2009

Historias de la lotería. ¡Que la suerte nos acompañe!



Se buscó en todos los bolsillos, se palpó una y otra vez por encima del pantalón. ¡Nada!



Se había dejado la cartera en casa. Lo peor era que el carnicero ya le había embolsado la carne y la charcutería recién cortada, y ahora le extendía el ticket y esperaba el importe mirándolo sin pestañear y con ambas manos apoyadas sobre las caderas.


-No se lo va a creer. Me he dejado la cartera en casa.


-Le sorprenderían las cosas que tengo que llegar a creerme. ¡Pues usted dirá qué hacemos!


Jorge maldecía el momento en que se le ocurrió comprar en este barrio tan alejado. Debía haberlo hecho en la carnicería de su vecino Pepe, que lo conocía de toda la vida, y le habría dejado pagar al día siguiente.


Miró por tercera vez en los bolsillos interiores de la chaqueta que llevaba doblada sobre su brazo.


-¡Oh! Mire... es un décimo de lotería para Navidad. Yo le diría que me lo acepte como pago, pero no creo que...


-Por supuesto que sí. Prefiero esto que nada, amigo.


Jorge salió del comercio muy turbado. Jamás, en toda su vida le había sucedido algo parecido. ¡Uff! Lo único que lo aliviaba era que ninguna de las señoras que esperaban su turno, le era conocida. ¡Había que ver cómo se callaron todas a la vez en cuanto lo vieron rebuscarse la cartera nerviosamente en los bolsillos!


Bueno... ahora lo inquietaba un poco  el décimo de lotería. Llevaba muchos años jugando el mismo número con todos sus amigos, pero se tranquilizó pensando que al día siguiente iría a la administración de Doña Antoñita y compraría otro igual. ¡No había problema!


A la mañana siguiente, antes de entrar al trabajo llegó a la administración, pero ¡oh sorpresa, no quedaba ni un solo décimo de su número!


-¿Cómo es posible Doña Antoñita, si ayer mismo tenía usted un montón?


-Lo siento mucho Jorge. Miraré por internet a ver si queda en otra administración; es todo lo que puedo hacer por ti.


La señora consultó el número, pero no hubo suerte.


Después de cavilar un poco, Jorge decidió comprar otro número cualquiera e ir a canjeárselo al carnicero de la noche anterior, y así lo hizo, pero...


-No señor, de ninguna manera. Usted me pagó con el décimo y ahora es mío. No quiero cambiárselo... me gusta este.


-Pero verá... es que ese número lo juego con unos amigos desde hace muchos años, y yo le ofrezco este otro en su lugar... ¡Mire, si quiere le doy dos a cambio del mío!


-Lo siento, no hay trato.- sentenció el carnicero -Es mi última palabra.


No hubo nada que hacer.


Jorge marchó pensativo. Seguramente no había de qué preocuparse, porque la suerte nunca les había sonreído en la lotería al grupo de amigos, y no creía que lo fuera a hacer justamente este año.


Y llegó el día 22. Los bombos empezaron a girar y los premios a salir.


El gordo se resistía y Jorge, escuchaba el sorteo por la radio con preocupación. Todo lo que ansiaba era que saliera ya el primer premio para quedarse tranquilo de que su número no era el afortunado.


Y...





No lo fue.


¿Habíais pensado que lo sería?


Pues siento defraudaros, porque el que salió fue este otro:



Bueno, amigos míos, toda esta historia la inventé para deciros que a mí sí que me han regalado este décimo que circula de blog en blog. Ha sido mi amiga Elena y ahora, según me dice ella, tengo que compartirlo con otros cinco amigos.


Pero mejor empleo sus mismas palabras:


"Una vez más vamos a depositar un poco de esperanza en la Lotería de Navidad para que la suerte, a la que queremos tentar, nos favorezca con unos cuantos € que nunca vendrán mal… Este año Z-13 Lotería nos vuelve a regalar un décimo para compartir entre muchos blogs. Algunos ya sabéis cómo funcionó el año pasado. Este año haremos lo mismo con alguna pequeña diferencia."


Asi es cómo comienza el post publicado por Carlos en su blog
Alas de plomo.


Pueden participar todos aquellos blogs que lo deseen, basta con difundirlo entre nosotros, haciendo un enlace al artículo del blog de Carlos, que os dejo aquí. Se trata de compartir y regalar suerte a nuestros amigos, así que también hay que ser generosos con ellos invitando,al menos a otros cinco blogs, a participar con nosotros de esta iniciativa, e incluirlos en vuestro artículo debidamente enlazados.


Una vez realizados estos dos sencillos pasos, debemos dejar un comentario con el enlace a nuestro artículo en el post de "alas de plomo", y desde allí, nos confirmarán el número de participante en la parte proporcional que nos corresponda a cada uno de los que hayan cumplido con lo poquito que se pide.
 
El plazo límite para publicar un artículo será: las 24:00 horas del día 20 de Diciembre de 2009.


El depositario del mismo es la Administración:


Z-13 Lotería, en Gran Vía 36 de Zaragoza.
Tfno: 976 235 769.


De cualquier manera si tenéis dudas podéis resolverlas directamente con un comentario en el blog de Carlos "Alas de Plomo" o enviándole un correo a blogalasdeplomo@gmail.com.

Y dicho todo esto... paso a compartir mi décimo con cinco amigos:
 
http://reflexionesdeemibel.blogspot.com/
http://brisadevenus.blogspot.com/
http://buenamaria.blogspot.com/
http://corraldeltrapito.blogspot.com/
http://poetrya.blogspot.com/

 
 Saludos a todos y ¡SUERTE!
 Adelaida Ortega Ruiz

domingo, 29 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya VII. "Asuntos de remolacha".

Comienzo el séptimo relato de anécdotas de mi pueblo, aclarando que todas y cada una de ellas están basadas en hechos reales. También es cierto que el desarrollo de la acción, tal como yo  lo narro, no es fiel a la realidad, ya que procede exclusivamente de mi imaginación, pero sí es textual el hecho central de todas las anécdotas, que os aseguro que siempre es verídico al cien por cien. Los nombres de los protagonistas también son falsos, para que nadie pueda sentirse aludido.


Asuntos de remolacha.

Nació Rigoberto Anacleto a principios del siglo XX, en el seno de una familia humilde, y al ser varón y primogénito le pusieron Rigoberto por el padre y Anacleto por el abuelo, dos nombres que juntos resultaban un tanto chocantes, pero como dijo la abuela... “todo es acostumbrarse”.




Creció el niño sano y robusto y, a la edad de 9 años, dejó la escuela para cuidar las vacas. Sólo aprendió por tanto lo mínimo de letras y números, y no muy bien por cierto, ya que era poco espabilado. No obstante era trabajador y tenaz, y siendo un mozalbete, quedó huérfano de padre, y hubo de hacerse cargo del ganado y de unas nuevas tierras que su progenitor acababa de adquirir sembradas de remolacha.


Rigoberto Anacleto nunca había conocido a nadie que se llamara igual que él, y había crecido con la firme creencia de que su nombre, por raro, era único en el mundo.


Poco tiempo después de la muerte de su padre, el joven hubo de buscar comprador para la primera cosecha de remolacha, y siendo que de vacas entendía mucho, pero de remolacha poco, buscó consejo en un tío suyo, que le propuso viajar a Madrid a tratar el asunto con unos empresarios de allí.


Así fue como Rigoberto Anacleto concretó con su tío Gustavo, al que todos llamaban Gómez, que al cabo de dos semanas se encontrarían en Madrid. El tío Gómez lo esperaría allí, pues él tenía que adelantarse para gestionar otros negocios.


Y llegó el muchacho a Madrid. Era la primera vez que salía del pueblo, y hasta el viaje en tren le resultó algo extraordinario. Jamás había visto otra cosa que los campos y sus vacas.


En cuanto puso el primer pie en la estación, empezó a mirar a un lado y a otro. Aquello era más grande de lo que había imaginado. El caso es que no recordaba el nombre del hotel que le había dicho su tío, pero no creía que fuese ningún problema.


-¡Bueno!- pensó -En cuanto salga a la calle ya me guiarán a donde el tío Gómez; por algo mi madre siempre dice que “preguntando se llega a Roma”.


Y en una calle cualquiera de Madrid empezó a preguntar...


-¿Ha visto usted a Gómez?


-¿En qué hotel está mi tío Gómez?


-¿Ha visto usted a Gómez?


Ignoro de qué forma o por qué milagro divino, Rigoberto Anacleto dio con su tío, pero lo cierto es que lo encontró.


Un par de días después de su llegada a la capital de España, el tío lo invitó a ver una obra de teatro. Era una buena idea aprovechar su estancia para ver cosas que en el pueblo no tenían oportunidad de conocer, así que entraron a un teatro y ocuparon sus asientos.


Mediada la representación, entró en escena un personaje que ¡oh azares de la vida!, llevaba por nombre Rigoberto Anacleto. Acto seguido, otro personaje inició conversación con él, diciéndole así:


-Rigoberto Anacleto, ¿a qué has venido?


¡No se lo podía creer, lo habían conocido! Ni corto ni perezoso, se levantó de su asiento, situado justo en el centro del patio de butacas y, muy emocionado, gritó a pleno pulmón...


-¡A ASUNTOS DE REMOLACHA!

No entraré a describir las carcajadas generales en el teatro, ni la situación tan embarazosa por la que pasó el tío Gustavo y los actores que vieron su interpretación interrumpida de manera tan singular, pero sí os digo que “Rigo” se vino para el pueblo contando que era tan popular en madrid, que hasta los actores famosos lo conocían y lo llamaban por su nombre, único en el mundo.




Adelaida Ortega Ruiz.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya VI. "La hora del crepúsculo".

La hora del crepúsculo.

Maruja era una señora muy adinerada pero poco instruida, cuyo postizo lustre se había forjado a base de codeos con los altos círculos y las amistades ricachonas. A pesar de eso, ella era muy “autodidacta” en sus modos y lenguaje, y aunque intentaba imitar lo visto y oído… no siempre lo conseguía, para disgusto de su marido y de sus refinadas hijas.



Cuentan que una tarde, estando Maruja en su casa, recibió una visita inesperada.


-Osss Andreaaaaa ¡Que alegría, chiquilla! Vengan pacá dos besos.


-Sí Maruja ¡meses ya sin vernos!, pero escucha, antes de nada te voy a presentar a estas señoras, amigas de Valladolid.


-Malegro en verlas y tanto gusto. Pasarrr, pasar padentro.
………
-Pues como te iba diciendo, Maruja, estas amigas han venido a visitarnos desde Valladolid. Son familia de mi marido, y como les he hablado tanto de ti, han insistido en conocerte.

-Ah, pos mu bien que está eso. Me siento muy “honorable”.


Así pasaron la tarde conversando sobre los tapetes de hilo que estaban tejiendo, los ajuares de las hijas casaderas y las faenas domésticas.


Al despedirse…


-Bueno, pues se ha hecho tarde, Maruja, y tenemos que marcharnos, pero quedamos para tomar el té mañana en mi casa, ¿te apetece?


-¡Ayyy qué bien, porque estas amigas tuyas son pero que muy agradables! ¿Y a qué hora voy?


-A la hora del crepúsculo.


-¿A la hora de qué? digo… Ahhhh sí… pues eso, que a esa hora me presento yo.


Más tarde, cuando llegó su marido a cenar, le habló de la visita que había tenido y le contó que la habían citado a tomar el té a cierta hora que no sabía repetir. ¡Y mira que le había dado vueltas en su memoria, pero no había manera de recordarla!

-Era algo del culo, Antonio, pero no macuerdo.


-Mujer, pues tú te vas temprano y así vas charlando mientras llega la hora- dijo el marido intentando aportar una solución práctica.


Dicho y hecho. Al día siguiente, marchó Maruja a casa de Andrea nada más almorzar, y de esta forma se aseguraba de no llegar tarde.


La reunión fue muy amena, y Maruja estaba encantada de tener señoras tan educadas con quienes conversar, de modo que se le ocurrió organizar otro té en su casa para el día siguiente.


-Ah, estupendo!!- exclamó Andrea - ¿Y a qué hora quedamos?


-Pues… pues...- La pobre Maruja se estrujaba la mente en busca de aquella palabra tan distinguida. Quería quedar bien a toda costa -ustedes sus vais... ¡Cuando SUS SE ENCRESPE EL CULO! ¡Eso es!- agregó satisfecha por haberse acordado al fin de esa hora tan rara, y que sin duda sería una expresión correctísima, viniendo de señoras tan cultas.


Días más tarde, las amigas de Valladolid invitaron a Maruja a ir a conocer su tierra.


La mujer estaba tan entusiasmada que quiso comprarse ropa nueva para el viaje, y pensando que por Valladolid haría más frío que en Andalucía, decidió impresionar a las vallisoletanas vistiendo un buen abrigo de pieles.


Así pues, marchó a Córdoba a una prestigiosa peletería. Se compró el abrigo de visón más caro del establecimiento, un chaquetón de chinchilla, una estola de zorro (con cabeza y todo) y unas zapatillas de piel de nutria para andar por casa.


El dueño de la peletería, agradecido por tan magnífica compra, quiso tener una gentileza con la señora, así que tras empaquetar las prendas adquiridas, ofreció a Maruja unos preciosos guantes de cuero marrón.


-Señora, me va a permitir obsequiarle estos guantes, ya que veo que es el único detalle que le falta.


-¡Ah, no! De ninguna manera.


-Pero ¿Cómo me los va a rechazar usted, si soy yo quien está encantado de ofrecérselos?


-Porque yo no soy así. Yo en tos laos que voy pago lo que me llevo.


-No me ha entendido usted, mi querida señora. Estos guantes son por cortesía de la casa.


-¡Que no! Que me dice usted lo que valen y yo los pago.


-¡Por Dios, señora! Nada de eso. Es que mi establecimiento la considera a usted una clienta especial y tiene la deferencia de RE-GA-LAR-LE este par de guantes.


-¡Está bien! Ya que insiste tanto, por educación le voy a coger uno…

Adelaida Ortega Ruiz.

domingo, 22 de noviembre de 2009

25 de Noviembre. Día Internacional contra la violencia de género.

El pasado Sábado 21 de Noviembre, asistí a unas charlas organizadas por el Área de la Mujer de IU local, sobre la violencia de género. Fui invitada por la organización para intervenir... más bien para dar mi opinión, pues no soy ninguna autoridad en la materia y sólo pude aportar mis sentimientos.


También intervino una chica joven, víctima de esta violencia. Su testimonio me impresionó profundamente, y creo que a todos los presentes, pues con 21 años tiene una larga y dura experiencia a sus espaldas, y más sufrimiento del que muchas personas puedan conocer en toda una vida.


Este ha sido el primer acto de este tipo en Nueva Carteya, pero espero que no sea el último, pues cuando te adentras es estos temas, es cuando te das cuenta de que realmente el problema existe... que no es una noticia del Telediario, sino algo muy crudo que afecta a personas reales.


Por supuesto, soy consciente de que no sólo las mujeres son víctimas de violencia de género. También hay hombres maltratados, pero lo cierto es que queramos o no reconocerlo, las que están muriendo casi a diario en España, son ellas, no ellos. A estas alturas de año ya son 58 las asesinadas por novios, compañeros, maridos o "ex". Tal vez mañana, tengamos que lamentar la nº 59. Y esto seguirá así hasta que la sociedad no tome verdadera conciencia de los problemas reales y las desigualdades que seguimos padeciendo las mujeres, empezando por el ámbito doméstico.


CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO



Buenas tardes a todos, señoras y señores.


Cada día vemos en televisión alguna nueva noticia que nos sobrecoge. Son muchas las mujeres que pasan cada año a engrosar la lista de víctimas por violencia de género, pero yo no voy a hablar de cifras ni estadísticas, sino de las personas que hay detrás de ellas, con su particular historia, con su propio sufrimiento, aunque todas atrapadas en la misma injusticia indignante.


No es fácil para quienes no lo hemos vivido meternos dentro de esa piel, y por eso hoy quiero hacer un ejercicio imaginario, para sentirme más cerca, para que todos nos concienciemos de que a esas mujeres a las que les tocó vivirlo, se les está negando el respeto no ya sólo por ser mujer, sino por ser persona. Esto es lo que quise reflejar con el eslogan que encabeza este año la campaña de nuestro pueblo contra esta lacra social.


Imaginemos pues la historia de María y pongámonos todos por unos momentos en su lugar.


María es una mujer corriente, como cualquiera de nosotras, que ilusionada inicia una vida en común con el hombre al que ama, al que ve como un amigo y como un compañero, pero sin saber muy bien porqué, ni cómo, ni cuándo exactamente se empieza a producir el cambio, él deja de ser esa persona amable y comprensiva de la que ella se enamoró, para convertirse en alguien que le recrimina a diario sus actuaciones, sus amistades, sus costumbres; que le cuestiona continuamente sus palabras… hasta que ella llega a pensar que es mejor no mostrar su propia opinión para no ocasionar conflictos.


La convivencia placentera que soñó con él, pasa a ser un constante estado defensivo al que ella repliega su vida cotidiana, con excusas siempre preparadas por si a él no le gustase esto o aquello, con silencios obligados para no provocar su injustificada ira…


De repente es María la que cambia. Su verdadera personalidad queda relegada a un segundo plano: es mejor ceder, callar por miedo, aguantar por prudencia; hacerse pequeñita, pequeñita, y confiar en que él se de cuenta de que ella no merece todo eso, y de que sigue allí siendo la misma a la que en otro tiempo él trató de muy diferente modo.


-“¿No me ve? Soy la misma de antes y sigo queriéndolo”.


Pero cuanto más pequeñita se vuelve ella, más grande se hace él y más poder le impone. Llega un momento en que su misma pasividad es motivo de furia y, un día, él le pega por primera vez. La golpea hasta que ve saciada su cólera.


Cada golpe duele y seguirá doliendo muchos días después, incluso cuando las huellas se hayan borrado. Duele la humillación, el desamor y sobre todo una pregunta sin respuesta… ¿Por qué?


Un millón de dudas la asaltan y cuando aún no ha decidido qué hacer, él le pide perdón y le promete cambiar, ser aquel compañero amable, amigo incondicional y amante enamorado que ella desea… y lo desea con tanta fuerza, que María lo cree. La alegría vuelve a su ser y la ilusión a su corazón.


Son días maravillosos de paz… de vida.


Pero él no ha cambiado. La misma promesa se repite una y otra vez y luego se esfuma, como progresivamente se marcha también la autoestima de la mujer. Se siente cohibida, atemorizada, anulada como persona. El trato vejatorio la ha convertido en un ser que se deja llevar, siempre pendiente de la aprobación de él. Con miedo, siempre con miedo.


Después de muchos golpes, seguidos de pasajero arrepentimiento, ella se da cuenta que no debe continuar perdonando inútil y eternamente, y reúne valor para pedir ayuda. Le cuesta mucho porque llega a pensarse la culpable de su propio infortunio. Sin embargo consigue sacar la fuerza para creer en sí misma y hablar de cuanto ha callado por vergüenza al principio y por terror más tarde. Entonces se enfrenta a una parte muy difícil: dar a conocer su situación, la denuncia, las incómodas declaraciones íntimas ante desconocidos, dejar su casa y partir de cero, exponerse a las crueles habladurías… pero sobre todo a las amenazas de él.


Ella sabe que él la considera suya, sin derecho propio, como una pertenencia sobre la que actuar tiránicamente. Para él, ella ya no es libre… es suya y no la dejará marchar en paz.


Creo que esta es, a grandes rasgos, la historia que viven mujeres iguales a nosotras en todo el mundo. Tal vez hay muchas que aún siguen sin dar ese último paso tan difícil, y otras tantas que jamás lo den, y mientras se habla de igualdad, se modifican las leyes y se hacen campañas publicitarias al respecto, ellas se sienten atrapadas en su negra situación, y lo que es peor, algunas resignadas a su destino.


Si hace un momento hemos sido capaces de imaginar que somos María, comprenderemos cuánto apoyo y comprensión necesita para salir adelante. Ella deberá ser muy valiente, pero la sociedad tiene el deber de ayudarla, y la ley la obligación de garantizarle seguridad y justicia.


El acto de hoy está destinado a apoyar a esas víctimas a las que queremos demostrarles que no están solas; ahora ya no, porque queremos respaldarlas, porque hay muchas personas que se levantan cada mañana dispuestas a luchar por ellas. Estamos decididos a colaborar en pro de los derechos de la mujer, por desgracia olvidados en muchas ocasiones.


Dicen algunos, haciéndose eco de tergiversadas declaraciones feministas, que las mujeres queremos “ser más” que los hombres, o tener más derechos que ellos, pero no es eso lo que queremos. Estamos exigiendo igualdad social y laboral porque tenemos derecho a ello; estamos pidiendo igualdad dentro de nuestro propio hogar: compartir trabajo y responsabilidades; estamos pidiendo igualdad, no superioridad; estamos recordando a la sociedad que somos MUJERES, que somos PERSONAS; ESTAMOS PIDIENDO RESPETO.


Adelaida Ortega Ruiz

viernes, 20 de noviembre de 2009

El fin del mundo.



Desde que tengo uso de razón he oído hablar del fin del mundo y de catastrofismos relacionados: los mares que engullen la tierra, armas nucleares que la destrozan, plagas fulminantes para la humanidad, meteoritos que impactan, cataclismos apocalípticos... ¿Será verdad? ¿Lo veremos nosotros? Espero que no, pero me prometo a mí misma que si hay una próxima profecía a este respecto, me la tomaré con tranquilidad y esperaré serenamente.

Recuerdo una noche, siendo yo muy pequeña, en la que dijeron que el día D a la hora H se acabaría el mundo. Fue en un programa de televisión, en el único canal existente y basándose en no sé qué teoría, pero lo argumentaron de tal modo, que me pareció irrefutable.
La cuestión es que a mí me impresionó aquello, y mi mente infantil empezó a trabajar de inmediato. Sólo faltaba un mes para la fecha y eso no era mucho tiempo, así que me extrañó que la gente no saliera despavorida a la calle, gritando o tal vez buscando una solución. En lugar de eso, mis padres me enviaron a la cama sin hacer ningún comentario.

Al día siguiente, en el cole, las niñas hablaban del tema y todas comenzamos a pensar en lo que haríamos durante ese tiempo que nos quedaba de vida. Unas decían que ya no iban a hacer más deberes, otras que se iban a gastar todo el dinero de la hucha, y algunas que no vendrían más a la escuela.

Yo seguí acudiendo a clase y haciendo los deberes ¡Cualquiera le decía a mi madre que pensaba holgazanear la poca vida que me quedaba!

Lo que sí hice fue ir a la confitería y gastarme las 75 pesetas de la hucha. Ufffffff qué montón de chucherías me dieron!!
En aquel tiempo 75 pesetas era mucho dinero. Escondí los caramelos de La Vaquita, los chicles Bazoka, el regaliz y los palotes en mi mesilla de noche. En el fondo sabía que no estaba bien lo que estaba haciendo; la impasible actitud de mis padres me lo decía. Pero ¿Cómo podían tener todos esa imperturbable actitud ante la nefasta noticia que habían dado?

Cuando llegó el día D, mi madre me levantó para la escuela, como de costumbre. Yo la miré y no atisbé en ella el más mínimo gesto de inquietud. Aquello me tranquilizaba en parte, pero también me sublevaba el hecho de que nos tuviésemos que marchar de este mundo sin mostrar ninguna contrariedad. Si a los demás no le importaba a mí sí. Yo no quería morir todavía y en vista de cómo se lo tomaba todo el mundo, yo también tendría que aparentar naturalidad.
Me marché a clase muy asustada. Hubiese preferido quedarme con mi mamá en casa. Por lo menos me cogería de su mano en el último momento.

Esperé nerviosa en mi pupitre toda la mañana, sin dejar de mirar por la ventana. La maestra me regañó porque no prestaba atención a las cuentas de la pizarra. A mí me daba igual ¿para qué me iban a servir dentro de poco rato cuando hubiera muerto?

Se acercaba la hora H. El sol brillaba impertérrito y yo, atenta a cualquier temblor, a cualquier oscurecimiento súbito, solo esperaba la más leve señal para esconderme bajo la mesa. Había elegido aquel lugar para recibir mi trágico final y el del resto de la humanidad, a la que poco parecía importarle acabar de ese modo. Estaba acompañada, pero nunca me había sentido tan sola.

En aquellos días andaban arreglando “el camino”, nombre con el que se conocía a la calle de mi escuela, hoy avenida de Andalucía. Era una carretera empedrada a la que por primera vez le iban a echar una capa de alquitrán. Había obreros por todas partes y montones de chinarro y tierra que habían levantado para nivelar el terreno.
De repente el suelo empezó a vibrar y un estruendo ensordecedor inundó el aire.


¡Ya está aquí el fin del mundo! –grité saltando de la silla y acurrucándome bajo el pupitre.


La profesora a su vez, gritó asustada por mi grito, y todas las niñas corrieron a las ventanas a ver qué pasaba.
Un momento después, desde mi escondite escuché risas. Asomé la cabeza y comprobé que todo seguía allí. ¡Estábamos vivas, pero increíblemente mis compañeras no estaban alegres por la noticia; se partían de risa de verme a mí escondida!

Aquel día vi por primera vez una de aquellas pesadas máquinas de asentar el firme de las calzadas.
Me gané una buena regañina de la profesora, pero no me importó. A mediodía marché contenta a casa porque el mundo seguía en su sitio. Al llegar abracé a mi madre y subí a mi cuarto a comer un buen montón de caramelos antes de almorzar.

Adelaida Ortega Ruiz

martes, 17 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya V. "Breve pero concentrado".


Esta corta conversación tuvo lugar hace bastantes años, y aunque intrascendente, los que la escuchamos aún la recordamos de vez en cuando, y echamos unas risas a su cuenta.


Breve, pero concentrado.

Se encuentran dos vecinos en la calle (un señor de mediana edad y una señora mayor).

Vecino: Holaaaaa ¿De dónde vienes?
Vecina: Pues de la botica, porque estoy mu resfriá y he ido a que el médico me vea. Fíjate la de cosas que ma mandao: una caja de PITORIOS, unos pocos PICHAZOS y un JARABOTE, pero ya que tenía el número cogido, he aprovechao pa que me recete PASTIRINAS y un bote de SAQUITRANQUE.

Vecino: Pues yo pa mi casa voy, que vengo de Córdoba, del carné de conducir y otra vez man echao patrás.


Vecina: ¿Otra vez? ¿Y ahora que ta pasao?


Vecino: Na, que maquivocao en un pego: Salí del POLÍGANO, y al llegar al semáforo de la RAMPLA, me dijo que tirara pa DOÑA SOFÍA, y yo ENDEVEZ de poner el TRAMITENTE pa la izquierda, me metí en la TORRONDA y er tío ma vorteao.

Diccionario.
Pitorios: Supositorios.
Pichazos: Inyecciones (pinchazos),
Jarabote: jarabe (en bote).
Pastirinas: pastillas de Aspirina.
Saquitranque: Cicatrizante (aquella antigua mercromina roja)
Polígano: Polígono industrial.
Rampla: rampa.
Doña Sofía: Hospital REINA SOFÍA de Córdoba.
Endevez: en vez.
Tramitente: Intermitente.
Torronda: Rotonda.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Pido disculpas a todos mis amigos blogueros.

Os pido disculpas porque hoy no he podido mirar ni un solo blog, ni siquiera el mío, hasta ahora, para escribir estas letras.
Lo peor es que estoy molesta por no haberos leído, porque me siento bien haciéndolo, porque me interesa lo que escribís, porque me gusta saber de qué habláis cada día...
Hoy tuve una jornada demasiado intensa: terminar y enviar más que deprisa un relato para un concurso cuyo plazo acaba en dos días, mi trabajo en la librería, el almuerzo en casa, viajar a Córdoba...  y a la vuelta, para rematar, una reunión de la cofradía. 
De ésta última ha salido un nuevo proyecto para mí. Una responsabilidad para la que no sé si estaré a la altura, y a la cual hoy no he sabido seguir negándome: voy a ser la pregonera de la próxima Semana Santa de Nueva Carteya.
Aún no me lo acabo de creer. Llevo años asistiendo a ese acto que me encanta. Para mí es la puerta que abre esa semana grande, con emociones, con recuerdos, con afectos, con nostalgia y por supuesto con esperanzas renovadas, pero jamás, ni en mis sueños más fantásticos, soñé ser yo la que abriera esa puerta...

Me tranquiliza saber que tengo buenos amigos que me apoyan. A todos les debo mucho.

Mañana será otro día.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Anécdotas de Nueva Carteya IV. "Una señora diligente y su criada obediente"

Esto sucedió a principios del siglo XX. Mi padre aún no había nacido, pero lo oyó narrar a sus mayores y yo se lo he oído muchas veces a él, aunque también es cierto que para la reproducción de los detalles que acompañan la historia, he tenido que recurrir a la lógica imaginación.


Una señora diligente y su criada obediente.

Dicen que había una viuda acomodada que tenía una sirvienta en casa, y ésta la acompañaba a todas partes para que no saliera sola.

Un domingo por la tarde marcharon a misa de 8.
La criada portaba una especie de reclinatorio almohadillado, para que la señora no tuviera que arrodillarse en las duras bancas de la iglesia.
Ese día, para almorzar habían comido habichuelas (fabes como dicen los asturianos), y a la señora, a aquellas horas de la tarde, los gases de la fabada le iban y le venían del estómago a la boca, y las más veces, escapaban incontroladamente por la otra vía disponible. Desde luego, no se encontraba ella en la mejor disposición para salir de casa, pero como era la última misa del domingo, no podía faltar para no cometer pecado venial.
De este modo llegaron a la parroquia entre hediondos truenos que acompasaban los pasos de la dama. La pobre mujer empujaba su esfínter lo que podía con la intención de vaciar el intestino de tan ventosa carga. Pensó que tal vez lograra deshincharlo completamente antes de entrar a la sagrada estancia, pero su “airoso” desasosiego pareció reavivarse en cuanto se santiguó.
Así la respetable dama contuvo aquel huracán interior durante toda la homilía, e incluso fue a comulgar a pasitos cortos y con las posaderas férreamente apretadas, para desconsuelo de su vientre, que se había inflado cual globo sulfuroso.
Fue al volver con el Cuerpo de Cristo en la boca, cuando hincó la primera rodilla en el reclinatorio, y no pudiendo contener por más tiempo la fuerza de los vientos, quiso para aliviarse soltar apenas una pizca de lastre, pero una vez abierta la compuerta, se desató un vendaval maloliente y estruendoso que hizo retumbar los cimientos de la iglesia.
La pobre viuda, se sintió enrojecer tan violentamente, que hasta el velo negro que cubría su rostro, resultaba morado al contraste. Y lo peor no había pasado aún; después de agredir el oído de los presentes, le llegó el turno al olfato, hasta tal punto, que el sacerdote desde el altar arrugó la nariz y apresuró el final de la misa saltándose varias fórmulas oratorias, y dando por concluida la ceremonia con un inaudible “váyanse ya, digo… en paz”.
La viuda no pudo conciliar el sueño aquella noche. Fue tanta la vergüenza que pasó que no se lo sacaba de la cabeza. Pensó incluso en irse a pasar una temporada en casa de su hermana, que vivía en otro pueblo, hasta que el asunto se hubiese olvidado. No obstante la fiel criada, le restó importancia a lo sucedido y la convenció de que en pocos días todo se habría olvidado.
Sus palabras le dieron una idea a la desolada dama, que vio en ellas una salida a tan incómoda situación.
Ese mismo lunes, por la tarde, ordenó a la sirvienta ir a la casa de todos y cada uno de los feligreses que estuvieron presentes en la iglesia.
-Tú vas y pides perdón por tu descuido. Cuentas que estabas enferma con cólico y se te escapó sin darte cuenta.
Ante la reticencia de la criada, la señora alegó las mismas palabras que ella antes le había dicho: “que era algo natural y sin ninguna importancia, y que en pocos días nadie hablaría del asunto, sobre todo si el pedo provenía de una simple sirvienta”.
A la muchacha no le quedó más remedio que acceder a los deseos de la señora, así que por fin, aquella tarde, marchó de casa en casa dando el recado, el cual transmitió de la siguiente manera:


“Que dice mi señora, la que se peyó, que no fue ella, que fui yo”.

Adelaida Ortega Ruiz.