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lunes, 26 de octubre de 2009

Aventuras y desventuras de un playero de secano (3ª Parte)

Mi intención al comenzar esta saga, no era otra que contar un par de anécdotas divertidas. Sin embargo, el protagonista de ellas me anima a que continúe, y me refresca la memoria con detalles que yo casi había olvidado. Tengo que confesar que yo misma me estoy divirtiendo al narrarlas.



Sirvan pues como testimonio de algo que se llevó el tiempo, pero no el recuerdo.



LAS ACEITUNAS Y UN PASEO POR ALTA MAR.

Aquel mismo día, por la tarde, otro de mis cuñados, su novia, la mía y yo, le dijimos a mis suegros que no cenaríamos en el apartamento, así que daríamos un paseo con la familia (en tropel, porque éramos el ciento y la madre), y después los cuatro nos iríamos a cenar fuera; eso sí, en un buen restaurante… Nada de burguer ni comidas de esas rápidas que detesto.





Dicho y hecho. Mi suegra preparó para todos (menos para nosotros) una deliciosa tortilla de patatas, unas rodajas de chorizo casero en su punto de fritura, una gran fuente de ensalada y un plato de tapas cortadas como a mí me gustan… el jamón finito y el queso gordo. Ummm ¡se me hacía la boca agua! Pero mi novia me paró la mano en el aire cuando me disponía a coger la primera tapita.



-¡Cheeeeeeee, Recuerda que vamos a cenar fuera!-



No tuve más remedio que contemplar como apuraban aquellos sustanciosos manjares, mientras el olorcillo del humeante chorizo alborotaba mis desamparados jugos gástricos. Bueno, sería capaz de aguantar un rato más, pero mi desatado estómago saltaba ya de puro hambre.



Así pues, salimos todos del apartamento en dirección al “bar Plentín”, nombre con el que mi suegro había bautizado al murillo de piedra que separa el paseo marítimo de la playa. Era un lugar extraordinario para aposentar a la gran familia sin tener que pedir un préstamo para tomar unas Coca-Colas. Allí cabíamos todos y según mi suegra, se entretenía uno mirando a la gente pasar. ¡Menos mal que en poco rato nos iríamos a disfrutar de una magnífica cena!



Hora y media después, tras el consabido paseíto y el festín de miradas en el bar Plentín, mi estómago rugía perceptiblemente, así que propuse que nos marchásemos ya a cenar. La boca se me hacía agua pensando en la comida que me iba a pedir… tal vez un pescaíto frito o un buen solomillo a la pimienta…



Despidiéndonos estábamos cuando oímos a nuestra espalda… “¿Pero qué hace aquí la familia al completo?” “¡Cuánto tiempo!”.



Era un matrimonio con dos hijos de unos 9 ó 10 años y parecían conocer muy bien a la familia.



¡No, por Dios! Aquello me olía a que la cena tendría que seguir esperando.



Después de las presentaciones y los saludos vino el consabido repaso a los últimos diez años que llevaban sin verse.



Como la cosa se alargaba y la conversación se iba animando, mi suegro propuso que fuésemos todos juntos a tomar un refresquito, a lo que el matrimonio accedió encantado, ya que según dijeron “venían cenados y les apetecía beber algo”.



Pero es que a mí no me apetecía beber algo… ¡yo quería comer!



Le hice un gesto a mi novia y a mi cuñado para que nos marchásemos con cualquier excusa, pero ella me cuchicheó que no podíamos desairarlos después de tantos años sin verlos, y añadió que sería sólo un “ratillo”.



Me resigné a seguir apaciguando a la fiera de mi estómago, aunque ya los ruidos se oían desde lejos.



Así fue como acabamos sentados formando un gran corro en una terraza, y tomando “unos refresquitos”.



¡Qué alegría me dio cuando el camarero trajo dos platos de aceitunas con hueso! Tenía tanta hambre que me hubiera lanzado sobre ellas, pero más rápidos fueron los dos niños, que de pie junto a la mesa, agarraron sendos aperitivos y se los apropiaron, uno cada uno.



Se me saltaban las lágrimas cada vez que los niños mordisqueaban una aceituna y la depositaban en el plato con los dientes marcados o "mascurreadas", pero sin comer…



-Es que a mis niños no les gustan las aceitunas con hueso- comentó la madre en tono de disculpa, al ver el reguero de aceitunas desperdiciadas.



¿¿¿Y por qué no las dejaban entonces para los demás???



¡Y yo sujetándome para no arrebatarles los platos, con el hambre que tenía!



A eso de la una de la madrugada nos despedimos por fin, después de haber participado en un concurso de preguntas que organizaba cada noche aquel Pub, el cual ganamos gracias a que yo di la respuesta que ninguna mesa sabía: “¿Quien coló el último gol en la final del Mundial Alemania 1974?”. Pero no crean que el premio fue una cena, no; nos regalaron una botella de champán, que yo habría paladeado felizmente si mi estómago hubiese estado sereno.



Entonces empezamos un largo peregrinar en busca de cena. Preguntamos en cada chino, restaurante de lujo y chiringuito que encontramos, pero a aquellas horas todas las cocinas estaban cerradas.


Acabamos comiendo una triste hamburguesa con ketchup.


Y de ahí a dormir, que había que reponer fuerzas para la barca de pedales que me esperaba al día siguiente.



El tercer día amaneció con brumas y yo pensé esperanzado “tal vez haga mal tiempo y no vayamos a la playa”, pero no podía tener tan buena suerte; la bruma se disipó y lució un sol radiante… casi tan radiante como mi novia ante la idea del romántico paseo por alta mar.



Nada más llegar a la playa fuimos a alquilar la barca por una hora. Ella estaba impaciente.



Mi suegra, que se preocupa por todo, vino detrás con el frasco de protector solar. Yo no quería, pero se empeñó y entre las dos me embadurnaron de pies a cabeza. Por fin “embarcamos” y pedaleamos, pedaleamos… y seguimos pedaleando. Al principio era fácil; no requería mucho esfuerzo, pero veinte minutos después empecé a notar más dificultoso el avance. El sudor comenzaba a caerme y a mezclarse con el aceite que me habían untado. Aún así seguí con el desmesurado esfuerzo hasta que me percaté de porqué los pedales estaban ahora tan duros: hacía rato que estaba pedaleando yo solo. Mi novia tenía los pies “dejados caer” sobre los pedales y tomaba el sol tranquilamente como si la barca se moviera sola.


Ahora que estábamos suficientemente lejos podíamos parar a descansar un rato, sobre todo porque empecé a notar que el continuo roce del pedaleo me había hecho una escocedura entre las piernas (En los días sucesivos el farmacéutico de la urbanización sacaba el “Penaten” nada más verme entrar).



Tenía mucho calor y decidí darme un baño, así que me tiré al agua sin pensarlo dos veces.



¡Qué delicia! ¡Qué agua tan fresquita!



Nadé alrededor del patín hasta que me cansé. Entonces quise subir de nuevo, pero ¡oh, no podía! Me resbalaban las manos, los pies, las piernas, el cuerpo...

Intenté asirme una y otra vez con mis manos aceitosas, pero me escurría como un pescado.



Parece algo trivial, pero puedo asegurar que suponía un verdadero problema. Estaba en “alta mar” y sin posibilidad de subir al barco. Comencé a desesperarme, y aunque me costó admitirlo, había llegado la hora de pedir auxilio.



Después de tomárselo a pitorreo y reirse un rato, mi novia  intentó ayudarme sin ningún resultado. Sus manos también resbalaban cuando me tocaba.



¿Cómo iba a regresar a tierra? En aquellos momentos hasta la arena de la playa me hubiese parecido una bendición. Todo lo que ansiaba era pisar tierra firme.



Decidimos que yo iría detrás agarrado a la barca, y ella pedalearía y me arrastraría.



Los primeros doscientos metros, aunque lentos, fueron bastante bien, pero después noté que el ritmo decaía. Ya parecía que en lugar de avanzar retrocedíamos.



Con aquella cadencia de pedaleo, llegaría a la playa convertido en un náufrago con barba de varios días.



Al final fui yo quien tuvo que empujar la barca. Pataleé y pataleé en el agua hasta que llegamos a tierra.



Jamás olvidaré lo magnífico que fue sentir tierra bajo los pies, aunque fuera arena de la playa.



Y aquella fue nuestra romántica excursión marítima… ella, yo, el viento, el sol y el aceite protector.



Y es lo que yo digo, que lo mejor de la playa son las diversiones alejadas de la playa, como la que vivimos al día siguiente…



Nota: Ilustro el relato con una foto de aquel día, en el momento en que regrasábamos a tierra, y ya cerca de la orilla, pudo subir a bordo.


Adelaida Ortega Ruiz.

13 comentarios:

  1. Adelaida, me tienes enganchada con el martirológio del narrador. ¿Qué más le reservas al pobre chico? Menudo panorama el plato de pata negra, ayyyy, casi escuché el ruido que le hacía la barriga al hambriento mártir. !Herodes! invoco, porque no liquidó a todos los niños mordisqueadores de aceitunas.
    Para remate el patín, jajaja, agujetas me has dejado en las pantorrillas.
    No tienes piedad, Adelaida, y por el contrario eres una gran narradora, con soltura, dominando, divertida, felicitaciones.
    A ver cuanto lo alejas mañana del tormento, bsito, natalí

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  2. ¡Jajajaja! gracias Natalia.
    Verás... es que por aquella época yo albergaba intactas mis esperanzas de que él se enamorara del mar como yo lo estaba.

    Pasaron los años y no fue posible el idilio, y ahora estoy cumpliendo la penitencia de narrar esa historia de desamor en la que él es un héroe y yo la villana.

    Pero no creas que yo lo hacía con malicia, no; Día tras día intenté que él se encontrase a gusto, pero Poseidón y todos los dioses se confabularon en contra.

    Lo que sí es cierto es que nos reímos tanto todos los de la famila, que 22 años después, cada vez que nos juntamos por navidad alguien recuerda aquellas hazañas y mi marido tiene que volver a contarlas.

    Gracias una vez más por tu visita.
    Un gran beso.

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  3. Jajaja, Adelaida, encomiéndate a Poseidón, Neptno para los griegos, y a los delfines y sirenas, no pierdas las esperanzas de hacerle adepto, tú machaca que machaca, 21 añitos machacando, jajaja. Yo llevo 35 hará en noviembre, machacando al mío.
    Oyeees, vete a mi blog donde pusiste amable comentario de mis fotos y de la canción de Trenet, pilla una foto, al que más te guste, para tu blog, será una playa otoñal o caminos en la arena, tú misma, de corazón te la regalo, natalí

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  4. Gracias por tu ofrecimiento. Ya la he guardado en mi PC, y me será de utilidad muy pronto.

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  5. Por Dios Adelaida, digo como Natalia, me tienes enganchada.
    Qué ratos nos estás haciendo pasar más divertidos con las andanzas de este playero.
    Yo, que lo conozco, me lo imagino perfectamente en su salsa contando sus historias, y es que es una persona muy divertida.

    ¡Ah! en mi blog tienes un regalito, pásate a recogerlo cuando quieras.

    Un beso.

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  6. Magnífico y divertidisimo como siempre, aunque me pregunto ¿cómo puede una cordobesa decir ese "Cheeeeeeeeeee"? Seguro que la playa era una de las de aquí, Gandía por ejemplo jejeje.

    Besos.

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  7. No me extraña que tu pobre marido le tomara aversión a la playa, es que era para echarse a llorar, jajaja.

    Muy bueno el relato. Creo que son muchos los que se verían retratados, si te leyeran.

    Un abrazo

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  8. Gracias por el regalo Elena.
    En cuanto tenga un clarito recojo mi premio y lo meto en la vitrina, je je.

    Besos.

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  9. Jajajajajaa!

    Hola Ruth.
    Pues fue una suerte que no le dijera Sooooooo!!
    La cosa era pararlo "pa que no se le quitara el hambre"... Y no se le quitó, je je.

    Ah, la playa era en Torremolinos. Ya sabes que los cordobeses, por cercanía, tiramos más para Málaga, aunque este verano por ejemplo, hemos estado en Cádiz.

    Besito.

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  10. Mari Carmen, tienes razón: son muchos los que se pueden ver retratados, porque sólo cuento cosas cotidianas, que pueden pasarle a cualquiera en cualquier momento, pero es que cuando le pasan a mi marido las convierte en anécdota.

    Yo sólo les doy forma para escribirlas, que si te soy sincera, son más difíciles de contar que hablando, porque se pierden todos los gestos y las onomatopeyas con las que él acompaña la historia, y que si lo vieras a él te partías de risa.

    Un abrazo Mari Carmen.

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  11. Definitivamente, Segundo tenía el "cenizo"!!!.

    Que me río Adelaida, con éstas aventuras y desventuras...,desde luego que se merece le hagas un monumento a éste hombre!!.

    Y eso digo yo..., para qué coño tenían que mascujear los zagales, aquellas aceitunas con hueso, si no les gustaban???. Ni a posta, lo hubieran hecho "mejor"!!!!. Pobrecillo!!!!!.

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  12. jajajaja Lola.

    No sabes la cara que tenía mirando a los niños mordisquear las aceitunas ¡Los hubiera estrangulado!

    Es que era de esto que se te hace la boca agua de ganas de aceituna y no había quien metiera la mano, porque los niños se pegaron el plato a su barriga en el filito de la mesa y dale que te pego... No dejaron ni una comestible, ni tampoco comidas.

    Ya sabes... el perro del hortelano, que ni come ni...


    Besos Lola.

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  13. Adelaida.Pobrecito me da pena.Es un sufridor nato.
    Un beso.Laura

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