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martes, 8 de septiembre de 2009

¿NO POR SER MUJER?. Premio local del I Certamen literario "Con nombre de Mujer". 4 de Julio de 2009






Una historia que aunque salió de mi imaginación, bien podría representar las vivencias de muchas mujeres que no han podido alcanzar sus sueños, precisamente por ser mujeres.


¿No por ser mujer?




La década de los treinta daba sus últimos coletazos. La guerra había terminado. Eran tiempos difíciles para una familia humilde como la nuestra. En casa éramos demasiadas bocas que alimentar, y como solía decir mi padre, para colmo de males, Dios no lo bendijo con ningún hijo varón. ¡Ideas de otros tiempos!

Él trabajaba de sol a sol, pero a pesar de ello, el dinero sólo nos alcanzaba para malvivir.
Siempre recuerdo aquella frase suya… “un niño nos hubiera traído un pan bajo el brazo”.

A veces me hubiera gustado ser el varón que trajese aquel pan. Tal era la concienciación sexista que respiré desde la cuna, consecuencia derivada sin duda de una arraigada cultura machista, que aún hoy, a mis ochenta y un años de edad, veo que los españoles no hemos desechado plenamente.

Yo, por ser la mayor de las cuatro hermanas, me quedaba en casa ayudando a mamá.
Carmen contaba por aquel entonces diez años, uno menos que yo, y Dolores y Francisca seis y cuatro respectivamente.

A mi corta edad sabía limpiar, lavar la ropa y cuidar a las dos pequeñas. Tuve que aprender pronto, pues mi madre se pasaba el día cosiendo y planchando por encargo, para traer a casa algún ingreso extra.

Vivíamos siempre con lo justo, pues aunque teníamos para comer, no podíamos permitirnos ningún otro lujo en ropas ni cosas para la casa. Los vestidos iban pasando de una en otra cuando se nos quedaban pequeños. Mamá los zurcía bastante bien y los usábamos hasta casi destrozarlos. Ella guardaba algo del dinero que ganaba con sus costuras, para “los imprevistos” como le oí decir tantas veces.

Mi casa era pequeña, pero nos arreglábamos bien. Sólo había otro dormitorio bastante grande aparte de la alcoba de matrimonio, así que Carmen y yo dormíamos juntas en una cama doble, y Dolores y Francisca en otra igual al lado. Abajo estaba la cocina, la despensa, el comedor y un patio con un pozo, un limonero precioso y un corralillo en el que criábamos gallinas.

Carmen era la única de nosotras que iba a la escuela de Doña Mercedes, donde algunas niñas aprendían labores de costura y bordado, a leer, a escribir e incluso las cuatro reglas. Doña Mercedes era la viuda de don Manuel, el médico, y cuando éste murió prematura y repentinamente, ella puso la escuela en la salita de la antigua consulta de su marido, y así iba subsistiendo. Sin embargo a mi madre nunca quiso cobrarle nada por enseñar a Carmen, pues vivía en la casa de al lado, y mi hermana se pasaba el día con ella desde que tuvo uso de razón. A cambio de esas clases gratuitas, mamá acostumbraba a plancharle y hacerle algunos arreglos de ropa a la maestra.

Carmen era muy bonita, con piel clara y pelo negro, ojos oscuros y una sonrisa muy dulce, aunque su mayor virtud era su facilidad innata para estudiar. Recuerdo su afán constante por aprender cada día cosas nuevas, pero nosotros no teníamos libros ni dinero para comprarlos, por lo que doña Mercedes le prestaba a mi hermana los de la biblioteca de su difunto marido, que eran devorados por la mente insaciable de la niña, así fueran de geografía, historia, novela o incluso medicina.

Jamás olvidaré la noche en que oí aquella conversación de mis padres, cuando pensaban que todas nosotras dormíamos profundamente. Mi madre dijo que esa tarde había venido a hablarle doña Matilde, la esposa del boticario, que tenía tres hijos de corta edad, y buscaba una chica de unos diez u once años para que los cuidara y sirviera en su casa. Papá dijo que era una noticia estupenda y que así una de las dos mayores podríamos ayudar con lo que ganásemos, y de paso Carmen se olvidaría de una vez por todas de tantos pájaros como tenía en la cabeza con los libros y el estudio, añadiendo que ya era hora de que aprendiera a ser una mujer y se preparase para llevar una casa, pues pronto estaría en edad de confeccionarse el ajuar y de echarse novio para casarse, lo que no encontraría en esas absurdas lecturas en las que andaba siempre inmersa.

Mi madre le dio la razón, aunque confesando que sentía pena, pues doña Mercedes le había insistido muchas veces en la gran capacidad y predisposición de Carmen para estudiar y en que deberían plantearse que la niña, dada su valía, estudiara una carrera de maestra o de cualquier otra cosa.

Papá le contestó que tal vez, si fuera un varón, harían el esfuerzo de mandarlo a estudiar, pero que una mujer debía pensar en formar una familia y conocer el manejo de la casa y las labores femeninas, y que todo lo demás, sería a la larga una pérdida inútil de tiempo y de dinero.

Así acordaron que yo seguiría en casa como hasta entonces, que las dos pequeñas empezarían a ir a la escuela con doña Mercedes para aprender al menos a escribir, y que Carmen, que ya sabía más que suficiente, iría a servir a casa del boticario.

“¡Ya sabía más que suficiente para ser mujer!”. Ahora, cuando mi existencia alcanza su último tramo y tengo la experiencia de toda una vida, miro hacia atrás y me doy cuenta de cuan equivocados eran todos aquellos prejuicios sobre los que nos asentábamos, como si fueran las bases más sabias y sensatas, o simplemente lo natural.

A la mañana siguiente Carmen se levantó temprano, como de costumbre, dispuesta a marchar con la maestra. Mi madre le comunicó que aquella sería su última jornada de escuela, pues al día siguiente empezaría a trabajar sirviendo en casa de doña Matilde. Mi hermana lloró todo el día, pero de nada sirvieron sus lamentos. Incluso doña Mercedes vino a hablar con mi madre, pero ésta le dijo que “la decisión estaba ya tomada y la última palabra la tenía su marido”, o sea, mi padre, que en absoluto era un mal padre… simplemente era un hombre de su época con la visión práctica que entonces se consideraba más acertada. En su cabeza no entraban otras alternativas para la vida de una mujer.

A mi hermana no le quedó más remedio que obedecer y entró al servicio de doña Matilde. Allí jugaba con los niños, los sacaba a pasear y los cuidaba, aparte de ayudar a la señora en las tareas domésticas. Cada día entraba a trabajar a las ocho de la mañana, y volvía a casa al anochecer, excepto los domingos, que tenía la tarde libre. Su única alegría era que pudo ampliar la gama de libros para leer, pues don Segismundo, el boticario, contaba con gran variedad de títulos en su despacho, y Carmen aprovechaba el ratito de la siesta en que los niños dormían, para leer con fruición.

Una noche, al acostarnos me contó que don Segismundo la había sorprendido con un libro sobre “farmacología natural” en las manos. Ella se asustó mucho y pensó que la despediría por tocar las cosas sin permiso; comenzó a llorar y pidió perdón prometiendo que no volvería a hacerlo más, pero para su sorpresa, el boticario, lejos de reprenderla, se mostró muy interesado en los motivos de la niña para tal lectura, que en cualquier caso, podría resultar tediosa para una chiquilla de diez años. Mi hermana le explicó entonces que no era aburrida en absoluto, puesto que le apasionaba todo lo referente al efecto de las plantas sobre el organismo humano, su absorción por éste y la aplicación terapéutica para la curación de distintas enfermedades. También le contó que conocía bastante bien la anatomía humana y las funciones de los órganos vitales, gracias a los libros de medicina que la viuda de don Manuel el médico le había prestado desde que era pequeña.

Don Segismundo se quedó tan impresionado que a penas pudo articular palabra. Le costaba creer que una niña tan pequeña tuviese aquel ímpetu y ansia de aprender, a pesar de ser mujer y de pertenecer a una familia sin recursos económicos. Sólo alcanzó a decirle que tenía permiso para usar los libros en sus ratos libres y que podía llevárselos a casa para leerlos por las noches, siempre que quisiera.

De este modo Carmen empezó a venir cargada a diario con pesados tomos sobre plantas, fármacos, sustancias químicas y enfermedades, además de las novelas de autores clásicos que, para ella, suponían una lectura liviana. Por la mañana los devolvía puntualmente, por si acaso el boticario los pudiese precisar para alguna consulta de su trabajo, y así los llevaba y traía cada día con exquisito cuidado, pues ella afirmaba que los libros eran un tesoro cuyo valor iba más allá de su mera presencia física.

Fueron pasando los años y yo cumplí dieciocho. Aquel tiempo transcurrió lento y pesado, como si cada día durase una eternidad. La monotonía me hacía más largas las horas, siempre con los mismos quehaceres y sin otra ilusión de futuro que echarme novio y no quedarme “para vestir santos”, como decían mis padres. Mis labores giraban siempre en torno a lo mismo: recoger tierra blanca para fregar los cacharros de cocina, barrer y fregar los suelos de rodillas, cocinar y lavar la ropa a mano. Por las tardes me sentaba junto a mi madre, y mientras escuchábamos la radio, ella cosía y yo bordaba mi ajuar, que a aquellas alturas ya tenía casi acabado. Mis padres comenzaban a preocuparse, pues a mi edad aún no tenía ningún pretendiente, y eso desvelaba sobre todo a mi madre, que no quería siquiera pensar en que me convirtiera en una solterona. “¿De qué viviría cuando ellos faltasen?”

En cambio a Carmen, que ya había cumplido los diecisiete, la rondaba desde hacía meses un joven algo mayor que ella. Él tenía veintiún años y acababa de heredar la panadería de su familia, lo que lo convertía a ojos de mis padres en un excelente partido para mi hermana.

Carmen, por aquel entonces, llevaba ya un año trabajando como manceba en la farmacia de don Segismundo, pues tras los años de servicio en su casa, éste valoraba mucho su inteligencia, y decía de ella que era una muchacha muy despierta, así que la colocó como su ayudante.

Adolfo, el panadero, se había fijado en mi hermana en sus visitas a la farmacia, y comenzó a esperarla cada tarde a la hora de cerrar, para entablar conversación con ella. En aquella época no estaba bien visto que una pareja de jóvenes pasearan solos por la calle, así que mi hermana solía andar delante y él la seguía hasta casa unos pasos por detrás, hablándole desde lejos sobre cosas banales, para no provocar los comentarios de la gente.

Mi hermana me confesó que se sentía halagada por la atención que suscitaba en aquel hombre, pero que no estaba segura de querer formalizar una relación con él. A pesar de eso, una noche, tras entrar ella en casa, Adolfo se quedó en la puerta esperando, y al rato, tocó con los nudillos. Mi madre salió a ver quien era, y el chico le pidió hablar con su marido. Venía a solicitar permiso para cortejar a Carmen, pues él, según le aseguró a mi padre, quería hacer las cosas bien, ya que era un hombre formal y deseaba contar con la aprobación de la familia.
De este modo, comenzaron a verse y a hablar a diario.

Mi hermana aún albergaba la esperanza de poder estudiar algún día. Durante todos aquellos años, desde que entró a trabajar con doña Matilde, no había dejado de leer cuanto caía en sus manos y de aprender más y más cosas. Soñaba con ser médico, aunque ella sabía que eso era un sueño casi imposible por motivos económicos y sobre todo, porque chocaba con el infranqueable obstáculo de ser mujer en un ambiente rural y en una sociedad eminentemente machista.

De todos estos anhelos estaba al corriente Adolfo, pues al irse incrementando la confianza entre la pareja, mi hermana le había abierto su corazón. Él había alimentado su ilusión, prometiéndole que una vez casados él podría costearle sus estudios, ya que su negocio iba muy bien y podía permitírselo. Carmen se veía radiante de felicidad. El joven era apuesto, atento con ella y sobre todo parecía comprenderla mejor que nadie en el mundo.

En el otoño de 1948, tras dos años de noviazgo se casaron. Mi hermana Carmen tenía ya diecinueve años. Estaba llena de emoción ante el nuevo mundo que se ponía a su alcance. Se había informado, y si hacía unos cursos de convalidación y unos exámenes, podría ingresar en la Universidad de Medicina en un plazo aproximado de tres años. Aún era muy joven y estaba a tiempo de realizar sus sueños.

Transcurrido un mes desde la boda, un día en que fui a comprar el pan, cuyo despacho atendía mi hermana desde que era esposa de Adolfo, le pregunté a ésta cuándo empezaría los cursos de los que me habló y cómo se las ingeniaría para atender la panadería y estudiar al mismo tiempo. Ella pareció inquieta al responderme. Me dijo que tendría que aplazarlo un poco, pues su marido quería ampliar el negocio y le había pedido que esperase hasta que la situación se estabilizara de nuevo.

Yo, mientras tanto seguía en casa, “compuesta y sin novio”. A mis veinte años continuaba esperando el príncipe azul que me asegurase el futuro, un futuro de ama de casa que llegaría a su culmen siendo madre de familia, máxima y casi única aspiración para una mujer en aquella época. Cuando ahora pienso en aquellas ideas retrógradas, no puedo menos que plantearme la hipocresía tejida en torno a la vida de la mujer, que aún hoy no ha desaparecido por completo: no hacía falta que estudiásemos ni nos preparásemos para ganarnos la vida por nosotras mismas, ya que cuando viniera el futuro marido a rescatarnos de nuestra soltería, no tendríamos necesidad de otras capacidades que no fueran las labores del hogar. Sin embargo, si ese marido no llegaba, nos veríamos condenadas a permanecer al amparo de nuestros padres hasta el día en que ellos faltasen, y cuando eso sucediese, el único trabajo para el que estaríamos capacitadas sería fregar y barrer en casas ajenas para ganarnos el pan, pues nunca nos prepararon para otra cosa ni se contempló la necesidad de ello.

A medida que pasaban los meses, mi hermana Carmen se mostraba más taciturna. Ya a penas me contaba nada como solía hacer antaño, y sus visitas a nuestra casa se fueron espaciando. Al principio venía cada día varias veces, pero ahora sólo lo hacía cada varios días y siempre con prisas y con una excusa a mano para marcharse pronto. Yo me preguntaba qué podría pasarle. Ya no veía en ella aquella alegría ni la ilusión desbordante con la que contrajo matrimonio.

Un día fui a visitarla por la tarde. A esa hora el despacho de pan estaba cerrado, así que pensé que tendríamos más intimidad y tal vez se sincerase conmigo.
Encontré la puerta de atrás entornada, por lo que entré llamándola a media voz. La casa estaba oscura, con todas las ventanas cerradas y las cortinas corridas. Me extrañó que hubiera salido dejando la puerta abierta, de modo que pasé al fondo, hacia la cocina, donde se veía luz que entraba del patio. Allí estaba sentada mi hermana, sola, llorando. Enseguida la abracé sin preguntarle nada, y ella se desmoronó en mis brazos dando rienda suelta a su llanto contenido. Me dijo que tendría que marcharme pronto, pues Adolfo no tardaría en regresar y le molestaría encontrarme allí. Me contó entre sollozos que nada de lo que éste le prometió antes de casarse era cierto. Tras mucho tiempo de darle largas a sus aspiraciones de estudiar, un día ella le exigió que le dijera cuando podría empezar aquellos cursos. Él volvió a decirle que más adelante, y entonces ella lo enfrentó dejándole claro lo que pensaba: “que él la había engañado y que tan sólo pretendía tener a su disposición una criada para la casa y una dependienta para la panadería, sin importarle que jamás pudiera desarrollar sus otras cualidades como persona”. Aquel fue el primer día que su marido le pegó, lleno de furia y gritándole que “ella era su mujer y haría lo que él mandase, así que se fuera olvidando de las tonterías inútiles y se centrara en trabajar como cualquier mujer normal”.

Asimismo me contó que poco a poco él se había vuelto irascible, revelando un carácter huraño y posesivo. Le recriminaba que saliera de casa, aunque fuera a ver a su familia, por lo que ella tenía que hacer escapadas casi furtivas para visitarnos. Le impuso el tipo de ropa que debía usar, llegando a quemarle todas las prendas que él consideraba “imprudentes”, y prohibiéndole tajantemente que leyera los libros que el boticario y doña Mercedes le habían regalado, así como los que ella adquirió con sus ahorros de años de trabajo, los cuales ardieron junto a los vestidos en una gran hoguera en el patio.

Me sentí indignada y lloré con ella. Aquello debía tener una solución, y le dije a mi hermana que se viniera a casa conmigo, que cuando papá lo supiera seguro que él lo arreglaría. Carmen se negó. Temía que si no salía bien y se veía obligada a volver con su marido, las cosas empeorasen aún más.
Luego me urgió para que me marchase antes de que él regresara, y me pidió que no les contara nada de momento a nuestros padres, pues tal vez todo se arreglase.

Me marché apesadumbrada. Aquella noche di vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Ya me preocupaba a todas horas pensando si él estaría pegándole en aquel momento y sentía una gran pena por mi hermana, obligada a renunciar a sus sueños que sin duda podría realizar si alguien le diera una sola oportunidad para intentarlo.

Cada día yo iba a la panadería y tratábamos de comunicarnos por señas, para saber si todo iba bien, pues Adolfo andaba siempre por allí y sobre todo, cuando íbamos alguien de la familia, no la dejaba sola ni un momento. Así fue pasando el tiempo y Carmen con veintitrés años, aparentaba mucha más edad de la que tenía. La tristeza y las ropas oscuras que siempre vestía le conferían un aspecto envejecido y melancólico.

Yo comencé a verme con Ignacio, un joven vendedor ambulante de mi misma edad, que solía venir al pueblo con fruta en un camión. No tardó mucho en pedir mi mano y planeamos casarnos para la siguiente primavera. De aquel modo la preocupación de mis padres por mi soltería se vio aliviada, pero no así la que yo compartía en secreto con mi hermana por su desdichada situación.

Una noche, cuando ya estábamos acostados, oímos fuertes golpes en la puerta. Presentí que algo malo podría haberle sucedido a Carmen y no sé cómo salté de la cama y bajé la escalera, pero en sólo unos segundos yo estaba abriendo la puerta y abrazando a mi hermana, que estaba allí de pie, con el único abrigo de una manta sobre su camisón, y descalza en medio de la calle en aquella gélida noche de invierno. La hice pasar inmediatamente y cerré la puerta. Ella temblaba como una hoja, no sé si más por el frío o por el pánico que su rostro reflejaba. Mi padres y mis hermanas pequeñas, que habían bajado tras de mí, se amontonaron en el portal preguntando todos a la vez lo que pasaba. Los gemidos entrecortados de Carmen no nos dejaban entender sus explicaciones, así que la guié suavemente hacia el comedor, donde aún quedaban algunos rescoldos de picón encendidos en el brasero, bajo la mesa. Subí rápidamente a buscar ropa y zapatos para que se vistiera, y al quitar la manta de sus hombros, todo quedó claro. Sus brazos, su espalda… todo su cuerpo estaba lleno de hematomas.

Unos momentos después se oyeron de nuevo desmesurados golpes en la puerta. La casa retumbó del suelo al techo y la pobre Carmen se refugió en los brazos de mamá como si fuera un bebé. El terror la tenía completamente paralizada. Sólo repetía una y otra vez “¡Ayudadme, no quiero volver con él!”. Todos imaginábamos que sería Adolfo el que llamaba. Papá fue a abrir, pero antes nos dijo que subiéramos todas arriba y esperásemos allí.

Mi cuñado entró colérico, preguntando dónde estaba su mujer. Creo que si la hubiese encontrado en su camino la hubiese maltratado delante de todos, a juzgar por su tono furibundo. Mi padre procuró calmarlo. Lo oímos invitarlo a sentarse para hablar. Nosotras escuchábamos desde arriba, las cinco abrazadas y muertas de miedo. Nunca habíamos vivido una situación así; bueno… excepto mi hermana, en la piel de la cual nos estábamos poniendo en aquel mismo momento.

Es fácil imaginar la conversación, pero difícil asimilar tanta incomprensión. Mi padre le dijo que no consentiría que le pegase a su hija, y Adolfo le contestó que ahora era su mujer, y que él era quien no consentiría todas aquellas historias absurdas de Carmen, con las que pretendía desatender su casa y a su marido. Exigió que Carmen bajase o por el contrario él subiría a buscarla. Papá consiguió tranquilizarlo y le rogó que la dejase pasar la noche allí, pues estaba muy nerviosa, y le prometió que al día siguiente él mismo la acompañaría a su casa.

Por fin Adolfo se marchó algo menos alterado, y entonces nosotras bajamos a hablar con mi padre. No podíamos creer que él la fuera a poner de nuevo en las garras de aquel desaprensivo. Nos contestó que “él no podía hacer nada, puesto que Carmen era la mujer de Adolfo y su lugar ahora era su casa, junto a su marido, y que lo que debía hacer era no enfadarlo con sus tonterías, pues él bien que se lo venía diciendo desde niña”. Mi padre agregó que “si ella se portaba como una mujer cabal, seguro que ya no tendría más problemas”. Después dio las buenas noches y le recordó a Carmen que por la mañana se preparase bien temprano para volver a su hogar.

Nos quedamos boquiabiertas. Papá quería aparentar fortaleza, pero mientras subía la escalera, observé sus hombros hundidos, su cabeza gacha, y su expresión de profunda desazón.

¿Qué podíamos hacer? Mi madre lloraba angustiada, mis hermanas pequeñas no sabían qué hacer ni qué decir y Carmen… Carmen habría dado cualquier cosa porque no amaneciera. Cada poro de su piel exhalaba pánico.

Subimos a acostarnos, aunque aquella noche nadie durmió. Yo me tumbé junto a mi hermana en esa cama grande que habíamos compartido tantos años, y la acurruqué en un abrazo que quería transmitirle todo el amor que sentía, que en aquel momento era más grande que cualquier otra cosa en el mundo.

Nos pasamos la noche así, mirando a la ventana y deseando que no entraran por ella las claras del día. Pero la mañana llegó y Carmen tuvo que marchar.
Pasaron varios días antes de que nos atreviésemos a ir por la panadería. Temíamos que nuestra presencia fuera contraproducente. Por fin yo me decidí una mañana y fui al despacho de pan. Mi hermana estaba allí, como de costumbre, pero no parecía ser ella. Le habían robado su ser, su esperanza, su alegría de vivir. Ahora era como un pájaro con las alas rotas, que vive y respira, pero no puede volar, y se queda en una jaula resignado a esperar la muerte sin haber sido nunca feliz.

El invierno tocó su fin. A finales de Marzo, la primavera florecía sonriente. En casa ultimábamos los preparativos de mi boda, que sería a mediados de Mayo.

Mamá me confeccionó el vestido de novia más bonito que yo había visto jamás. Lo copió de un periódico viejo, donde aparecía una foto de las nupcias del Archiduque Félix de Austria con la princesa Ana de Arenberg. También les hizo lindos vestidos a mis hermanas y ahora estaba cortando el traje de mi padre, que sería el padrino de bodas. No sabíamos si Carmen tendría ya preparado su vestido, pues desde aquella noche de la paliza, sólo hablábamos con ella lo imprescindible al comprarle el pan, porque Adolfo parecía irritarse cuando estábamos allí. Mi hermana no había vuelto a visitarnos desde entonces.

Nos sorprendió que una noche, cuando estábamos cenando, llegara a nuestra casa acompañada de su marido. Él parecía de buen humor, e incluso bromeó conmigo acerca de la boda. Mi madre aprovechó para preguntarles a ambos si querían que ella les hiciera la ropa que lucirían el día de la ceremonia. Carmen se limitó a mirar a Adolfo, como esperando que él decidiera. Me dolió ver hasta qué punto mi hermana carecía ya de su propia opinión, que se limitaba a lo que su marido ordenase.

Adolfo reaccionó bien; dijo que sí, e incluso hizo un comentario sobre “lo buena modista que
era su suegra”. Mi madre se puso muy contenta. Yo creo que pensaba que las cosas tal vez se habrían arreglado. Entonces les pidió que vinieran a tomarse las medidas cuando quisieran. Mi padre también pareció súbitamente eufórico por aquel cambio repentino de Adolfo, tanto fue así, que le insistió a éste para que lo acompañase al bar de enfrente, para invitarlo a un anís.

Cuando se marcharon, no sin que antes mi cuñado advirtiera que volverían enseguida, mamá le dijo a Carmen que aprovecharía mientras los hombres regresaban para tomarle a ella las medidas, ya que tenía pensado un modelo precioso que podría confeccionarle. Mi hermana pareció reacia. Le puso la excusa de que Adolfo iba a volver pronto y no les daría tiempo, pero mi madre pasó directamente a bajarle la cremallera del vestido mientras le decía “¡anda, tonta, si sólo será un momento!”. En cuanto mi madre tiró de la primera manga pudimos contemplar las moraduras, unas más recientes, otras de color más difuso…

Carmen se subió la manga bruscamente sin decir nada. Se sentó y sus ojos empezaron a brillar llamando a las lágrimas. El absoluto silencio que se hizo en la sala hablaba por sí solo. Un momento después dijo: “hoy volvió a pedirme perdón una vez más”.

A partir de entonces me propuse ayudar a mi hermana. No podía dejarla en manos de aquel individuo sin escrúpulos. Tenía que hacer algo y tenía que hacerlo ya.

Una semana después, fui a visitar a una amiga que casualmente vivía al lado de la panadería. Como era la hora de la merienda, nos sentamos junto a la ventana a charlar y tomar el café. Estuve intencionadamente pendiente de la calle todo el tiempo, hasta que vi salir a mi cuñado de su casa. Entonces me despedí y fui a casa de mi hermana.
Se alegró mucho de verme, pero la hice callar y le pedí que me prestara atención. A continuación saqué de mi bolso un paquete envuelto en papel de periódico y se lo entregué.

-Toma este dinero y márchate ahora mismo -le dije.



-Pero… no puedo. Me buscará y es capaz de matarme -repuso ella.


-No le digas a nadie dónde estás, ni siquiera a mí ni a nuestros padres. Cuando pase un tiempo, ponte en contacto conmigo. Yo iré a vivir a la capital cuando me case, y desde allí me será más fácil ayudarte - le aseguré.


-¿Pero de dónde sacaste todo este dinero? -me preguntó Carmen mientras quitaba el papel y tomaba en su mano los billetes.


-Vendí mi ajuar -le contesté sonriendo-. Ignacio me ayudó y él lo fue vendiendo por los pueblos con su camión.

Nunca olvidaré la triste sonrisa que se dibujó en su cara, mientras las lágrimas le brotaban incontenibles y me abrazaba con toda la emoción y el orgullo que sólo es capaz de albergar el cariño entre dos hermanas.

Recogió algunas cosas apresuradamente y las metimos en varias talegas de pan, para no levantar sospechas entre los vecinos. Le dije que se diera mucha prisa, pues Ignacio la esperaba con el camión a las afueras del pueblo, y él la llevaría hasta la estación de tren. El corazón se nos salía del pecho. A mí me latía tan fuerte que podía escuchármelo sin esfuerzo. Si Adolfo nos sorprendía…

Cuando nos disponíamos a salir, la puerta de la casa se abrió y un relámpago de miedo helado paralizó nuestros cuerpos. Pensamos que todo se había acabado, pero por fortuna era mi madre quien apareció en el portal.


-¿Qué haces aquí, mamá? -le preguntó mi hermana.


-Hija, he estado observando a Inés toda la semana -dijo refiriéndose a mí-. Sabía que tramaba algo, y he ido comprobando que cada día mermaba el ajuar que se bordó desde pequeña. Sé que vas a marcharte -añadió- y aquí te traigo el dinero “de los imprevistos”… ese que fui guardando todos estos años. ¡Tómalo y adelante! Te quiero hija mía.

Todo salió como Ignacio y yo habíamos planeado. Nunca podré agradecerle bastante al que fue mi marido durante cuarenta y dos años, el apoyo y la comprensión que me brindó.

Después de aquello, como era de esperar, Adolfo llegó enfurecido a mi casa buscando a Carmen. Gritó, pataleó, golpeó las paredes y las puertas y dio puñetazos sobre la mesa, pero sinceramente ninguno sabíamos dónde estaba mi hermana.

En el pueblo se sucedieron las habladurías. Murmuraban que era una “cualquiera” que había abandonado a su marido para poder vivir a sus anchas. Escuchábamos los crueles comentarios sobre ella con profundo dolor, pero con el regocijo de que había logrado escapar de su incierta y negra vida.

Yo tuve que aplazar unos meses mi boda, pues entre mis hermanas pequeñas, mi madre y yo, hubimos de improvisar un nuevo y básico ajuar, sin tantos bordados ni adornos, pero ciertamente hecho de amor.

Ignacio y yo nos casamos el 4 de Agosto de 1953, cuando yo contaba veinticinco años. La única pena que enturbió mi felicidad aquel día fue no tener a mi hermana Carmen a mi lado. Tras de la boda nos fuimos a vivir a la capital, que distaba treinta kilómetros de mi pueblo. Poco tiempo después supe de mi hermana. Ella conocía mi nueva dirección y me mandó una carta sin remite citándome dos días más tarde en una cafetería cercana a mi nueva casa.

Acudí a la cita a la hora señalada y por fin pudimos besarnos y abrazarnos. Carmen parecía otra. Hasta su pelo brillaba más y sus ojos volvían a tener la chispa de antaño. Me contó que estaba en una pensión barata bajo un nombre falso, porque vivía en perpetua alerta, y que de momento había conseguido un trabajo por las tardes fregando escaleras en varios edificios.

Se había matriculado para los cursos de acceso a la universidad, así que por las mañanas asistía a clase, y por las noches estudiaba. Mal que bien iba tirando gracias al dinero que ganaba trabajando y, el que mamá y yo le dimos lo reservaba para los gastos de libros y estudios. Me prometió que algún día me devolvería todo lo que le di, pero yo le aseguré que aquello que le entregué no era otra cosa que la esperanza de ser feliz, mas la felicidad no tiene precio, por lo que me sentiría bien pagada si alguna vez ella lograba realizar sus sueños.

Hoy he acudido al funeral de mi hermana. Murió ayer, cuando había cumplido los ochenta años de edad.

Tuvo la vida que ella siempre deseó, aunque no exenta de dificultades. Consiguió acabar la carrera de medicina, y a los treinta y dos años trabajaba ya de cirujana en el Hospital Provincial. Su marido la descubrió allí y comenzó a acosarla. Por aquellos años no existía el divorcio, por lo que legalmente y ante la Iglesia seguían estando casados. Ella tuvo que cambiar varias veces de domicilio, pero él siempre la seguía y continuaba amenazándola.

Algún tiempo después conoció a un doctor inglés que vino a España a dar unas conferencias sobre recientes descubrimientos médicos. Él era científico y experimentaba con nuevas tecnologías. Se enamoraron como quinceañeros y un año después vino a despedirse de todos nosotros, pues se marchaban a Londres a vivir juntos. Allí empezó a trabajar con él y se introdujo en el mundo de la investigación médica. A lo largo de los años logró varios premios muy prestigiosos en este campo. Nosotros leíamos las noticias en la prensa y nos sentíamos tan felices y orgullosos como jamás pudimos imaginar. Cada año venían a España a visitarnos un mes durante el verano. Se quedaban en casa de mis padres y Adolfo en aquellos días parecía desaparecer de la faz de la Tierra; ya no se atrevía a reclamarle nada, porque ella estaba ahora muy lejos de su alcance.

Tuvo dos hijos y una vida plena y feliz; luchó y consiguió lo que siempre anheló, para lo que demostró ampliamente que valía como persona y como mujer, a pesar de los arduos obstáculos que tuvo que superar por el hecho de ser mujer.

Cuando se jubiló regresó a vivir a España. Su compañero había muerto unos años antes y ella quiso volver con los suyos. Se instaló en mi ciudad y pudimos recuperar mucho del tiempo perdido por culpa de la lejanía. Mis padres ya no estaban, pero Francisca y Dolores también vivían cerca y volvimos a ser las cuatro hermanas de siempre.

Carmen era llamada muy a menudo de universidades españolas para dar conferencias y a la vez escribía artículos médicos en varios periódicos y revistas. También emprendió una cruzada personal en pro de los derechos y la igualdad de las mujeres, las que durante tantos años nos hemos visto postergadas a un segundo plano de la sociedad, sin libertad para una vida propia y decidida por nosotras mismas. Dio charlas sobre la equiparación salarial a las empleadas de diversas fábricas, escribió artículos sobre el maltrato a la mujer, e incluso fundó una asociación de ayuda femenina.
Mi hermana se lamentó hasta su muerte de tantas desigualdades sociales que aún prevalecen en nuestros días y luchó activamente para combatirlas.

Hoy, 1 de Abril de 2009 la he acompañado hasta su tumba, y he pensado que podría escribir su historia. Tal vez con ella aliente a tantas mujeres como puedan verse actualmente, sometidas por su condición de género. Quiero animarlas a que luchen por sus derechos y mantengan viva la esperanza y el valor para decidir su destino.

Hoy también recordé el ajuar que bordé cada tarde desde que era niña, aquel ajuar que valió la libertad de una mujer.

Adelaida Ortega Ruiz


13 comentarios:

  1. ¡Así que eres tú! :) Te había leído en la revista, claro que sí, pero ahora me he dado cuenta de que eres tú. Es un placer haber dado contigo.
    Me encantó tu escrito, me gustó muchísimo.

    Espero poder leer muchas más cosas tuyas.

    Un abrazo

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  2. Mi más sincera enhorabuena. Hacía mucho tiempo que no me imbuía en una historia tan afanosamente. Has conseguido que esté, desde principio a fin, sin levantarme y casi sin pestañear, para no perder detalles de todo lo que iba sucediendo.
    No tengo palabras para agradecer tan grata lectura, sentida y profunda, y de gran belleza estilística.
    Un fuerte abrazo.

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  3. Gracias Ana.
    Eso que has sentido al leer mi relato, me basta, me sobra y me premia más que cualquier otra cosa, y sobre todo me anima a seguir escribiendo.

    Yo empecé a escribir hace muy poco. Nunca se me ocurrió plasmar mis propias ideas sobre papel, y si alguna vez lo hice, nadie llegó a leerlo. Esas hojas andan perdidas en el trastero, dentro de cajas de cartón u ocultas entre las páginas de viejos libros de texto.

    Ahora, cuando escribo, lo hago porque me gusta y llena una parte de mi vida, pero siempre con la ilusión de poder llegar a quien lo lea del modo que tú has expresado.

    Me has hecho sentirme orgullosa y recompensada. Muchas gracias, Ana, y un beso.

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  4. Hola Mª Carmen.
    Pues sí, soy yo. jajajaja

    Anoche estuve en "Las Palmeras", sentada con tu tía Carmen y con tu primo Vicente y su mujer, Paqui. Somos muy amigos.

    Me estuvieron hablando de ti y estupendamente por cierto. Puedes estar contenta, porque tu familia te quiere bien y te admira.

    Ahora tienes en mí a otra admiradora.

    Un beso.

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  5. Siento envidia de tu arte...
    Y voy a hacerte la pregunta que yo odio que me hagan a mi:
    ¿Es real esta historia?
    Pero contesta como yo: con el silencio intuyendo que la historia ha calado y atrapado.
    Nadie tiene porqué saber más.
    Enhorabuena por tu don escribiendo.

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  6. Muchas gracias José Antonio.
    La verdad es que la pregunta que haces la contesté en el encabezamiento de la entrada, por tanto ya no hay ningún misterio que resolver, aunque a ti te hubiese gustado mantenerlo.
    A pesar de ello y tras leer yo el relato en la entrega de premios (fue televisado localmente), muchas personas me preguntaron lo mismo, y les costaba trabajo creerse que yo me lo hubiera inventado, sobre todo porque mientras leía me emocioné un momneto.

    La monté sobre el terreno. La escribí en cuatro noches, y me apasioné con ella, como me suele pasar, sin tener muy claro cual sería el final.

    Cuando la terminé me sentí muy satisfecha con el resultado. Me encanta que la hayas leído y te guste.

    Un beso.

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  7. Adelaida: aunque digas que salió de tu imaginación, no significa nada... pero sigo diciendo que le restas un átomo (no más) a la narración poniendo en sobreaviso de esta característica.
    Pero también te digo que tú, a mí, ni caso.
    A ver si te dejas ya de tanto accesit y te vemos en lo alto del podium, con los grandes.

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  8. Eso quisiera yo, pero está visto que soy la mujer-accésit. jajajajaja

    Hasta luego.

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  9. hola prima!ha sido un honor haberme introducido
    en tu pagina"la ventana de mis sueños".He descubierto que eres una gran escritora con una gran sensibilidad y habilidad creativa.
    Gracias a las nuevas tecnologias,estoy viendo tu magnifico pregon en estas maravillosas islas.Se que ha tenido que ser un trabajo duro,de horas escribiendo,corrigiendo,buscando informacion...,pero todo tiene su recompesa.un fuerte abrazo.tu prima NIEVES

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  10. hola prima!ha sido un honor haberme introducido
    en tu pagina"la ventana de mis sueños".He descubierto que eres una gran escritora con una gran sensibilidad y habilidad creativa.
    Gracias a las nuevas tecnologias,estoy viendo tu magnifico pregon en estas maravillosas islas.Se que ha tenido que ser un trabajo duro,de horas escribiendo,corrigiendo,buscando informacion...,pero todo tiene su recompesa.un fuerte abrazo.tu prima NIEVES

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  11. Hola prima!!

    ¡Qué alegría me has dado!
    Ojalá hubieras podido estar en el pregón. Fue algo muy especial, y tu padre me hizo una presentación muy emotiva. Todo fue estupendo.

    Bueno, pues ya que has descubierto mi ventana, que sepas que está abierta para ti. Me encantará que entres por ella cuando quieras. Me ha encantado que lo hagas ahora, de verdad!!

    Un besazo enorme.

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  12. Precioso relato. Solo tú sabes si es real o no.
    En el momento que empiezas,no puedes dejarlo a medias te enganchas a la historia para ver su desenlace.

    Por desgracia esto sigue pasando cada vez con más frecuencia y más muertes.
    Leyendolo, me ha recordado lo que escuché un día en un programa de radio (soy de radio no de tele).
    Llamó una cria de 24 años que la maltrataba su marido y se lo dice a su madre para que la ayude...eso ha sido y siempre será así, tienes que aguantar lo que te toca!!

    Se me quedó el corazón encogido, pedía ayuda y su madre no se la dió!!

    Me ha gustado mucho.
    Un beso.

    Pd. mira que mensaje más bomito me han mandado hoy.

    Mientras le gritas a tu mujer hay alguien
    deseando hablarle al oído.
    Mientras humillas, ofendes, insultas y degradas a tu mujer, hay alguien cortejándola y recordándole que es una gran mujer. Mientras pegas a tu mujer, hay alguien deseando hacerle el amor.
    Mientras haces llorar a tu mujer, hay alguien que le roba sonrisas.

    ¡¡protesta contra la violencia de género!!

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  13. Laura, eres un encanto, de verdad.

    En la historia, como bien dices se pueden ver reflejadas mujeres maltratadas no sólo física, sino también psicológicamente.

    Este verano coincidiendo con la entrega de premios del II Certamen "Con nombre de mujer", hicieron la presentación del libro del I Certamen, donde se incluye este relato y los otros dos ganadores.
    No sabes la alegría que da de ver tus letras impresas y encuadernadas en imprenta.

    Muchas gracias por venir a este rinconcito ya olvidado de mi blog.

    Un beso mu requetegrande.

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