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viernes, 29 de octubre de 2010

Día Internacional de la Mujer Maltratada. "En el mar de las perdices" (2ª parte).

- ¿304, verdad? En un momento voy- le contesté.
          Me terminé de dos bocados mi bocadillo y entré en la habitación. Ellas tal vez no esperaban que acudiera tan pronto, por lo que las sorprendí en una conversación privada. La mujer le decía que había tenido problemas para llevarse a los niños a casa, pero que al final su padre había accedido.
          - Pues quédate con ellos mamá. Yo estoy bien… no necesito que me acompañes. Lo principal es que cuides de Marta y Álvaro.
          - Está bien; me voy para recogerlos del colegio, pero no me quedo tranquila estando tú aquí sola.
          En ese momento Begoña me miró y dijo…
          - No estoy sola. Carlos me cuidará.
          Más que una afirmación me pareció una llamada de socorro. Esa chica necesitaba ayuda de verdad.
          - Por supuesto, ¡para eso estamos! -contesté con mi habitual tono profesional, aunque en mi interior se acababa de gestar algo que excedía al sentido del deber. Tal vez fuera humanidad… o quizá compasión, no lo sé, pero me propuse ayudarla cuanto estuviese en mi mano.
          Así fue como comencé a visitarla en cada momento que tenía libre, a darle de comer porque ella no podía valerse sola, a charlar, a darle ánimos y a interesarme por su testimonio personal.  
          Fueron pasando los días y yo me sentía cada vez más unido a ella. Poco a poco fui conociendo el fruto de su temprana historia de amor, unas sucesivas desventuras que la engulleron como el remolino de un huracán, arrastrándola hasta el mismo infierno:
          Tenía 14 años cuando me enamoré de Guillermo, un alumno que se había incorporado recientemente, pues estaba repitiendo curso. Él era el más guapo de la clase y el más divertido. Todas las chicas estaban locas por él porque era simpático y extrovertido. Nunca se sometía a las normas y siempre llevaba la voz cantante en el grupo de amigos. A aquella edad la rebeldía era sinónimo de personalidad y valentía…
          Mi padre había muerto siendo yo muy pequeña y desde entonces vivíamos a expensas de una reducida pensión de viudedad. Yo no destacaba excesivamente en los estudios, aunque iba aprobando todos los cursos con puntualidad. Mi madre no paraba de repetirme que debía esforzarme para “ser alguien en la vida”. Ella quería que yo saliera algún día de la situación humilde en la que vivíamos… y para ello debía estudiar mucho.
          Sin embargo, cegada tal vez por la loca edad o por mi recién estrenada pasión, empecé a cambiar de actitud. Durante el verano, tras acabar el octavo curso de EGB, salía cada noche y volvía a casa muy tarde. Mi madre tardó poco en descubrir que me veía a solas con Guillermo, al que ella apenas conocía, pero esperaba que fuese un buen muchacho. Poco más podía esperar, pues bien sabía que oponerse a que nos viéramos sería misión imposible, más aún siendo compañeros de clase. A pesar de ello procuraba aconsejarme prudentemente, porque aunque lo había tratado poco, algo no terminaba de gustarle en él, y por eso siempre me decía “Begoña, ten cabeza…”
          Así transcurrió el verano y comenzó el siguiente curso. Entramos en el instituto y eso supuso un nuevo y perceptible cambio. Ahora todos parecíamos  ser aún más rebeldes y, equivocadamente, nos creíamos  autosuficientes.
          Guillermo abandonó las clases al final del primer trimestre. A él nunca le gustó estudiar y decidió que con quince años ya había aprendido todo lo necesario; al fin y al cabo pensaba trabajar en el negocio de construcción de su tío… y para eso no necesitaba saber literatura, geografía ni historia.
          Yo vivía inmersa en un sueño de amor justo a la edad en que todo está por descubrir, por experimentar… Me sentía dichosa y me dejaba llevar por las deslumbrantes ilusiones de mi novio. Él me hizo promesas de felicidad, de independencia, de vida en común, de prosperidad y sobre todo de amor…
Mediado el curso le comuniqué a mi madre que me había quedado  embarazada. La noticia cayó como un mazazo en las dos familias que nos consideraban  demasiado jóvenes para tener un hijo.
          A Guillermo no pareció alterarlo mucho la nueva situación. Nos casaríamos cuanto antes y todo sería como él había imaginado; A fin de cuentas sólo estábamos adelantando un poco el futuro que nos esperaba. Él trabajaba desde hacía unos meses como albañil en el negocio de su tío y yo me vi obligada a dejar los estudios. Después de la boda fuimos a vivir juntos con mi madre, puesto que mi casa disponía de sitio suficiente. ¡Ya nos mudaríamos a un piso propio más adelante!
          Al principio todo fue bien, hasta que, transcurridos unos meses, mi marido comenzó a salir con sus amigos, y a regresar muy tarde. Yo lo esperaba levantada, aún estando muy avanzada mi gestación. Me molestaba que mi situación personal hubiera cambiado tan radicalmente, mientras que la de Guillermo permanecía casi inalterable. Él había vuelto a hacer su vida de antes como si tal cosa, y ni siquiera parecía tomar conciencia de que iba a ser padre. Nunca me preguntaba por las revisiones médicas ni me acompañaba a la consulta. Se marchaba a bailar o al parque y jamás recordaba preguntarme si me apetecía ir con él… Pero lo que más me molestaba era que, de un tiempo a esta parte, Guillermo parecía contemplarse a sí mismo como un elemento obligado en aquel trance, como si lo hubieran forzado a ello, cuando había sido él quien me había prometido que nuestra vida sería maravillosa.
          Muchas veces me desahogaba contándole a mi madre mis sentimientos y lo irritada que me sentía por la actitud de Guillermo, que más que un marido y futuro padre, se estaba comportando como el chaval rebelde y sin obligaciones que siempre había sido. Mamá me pedía que tuviera un poco de paciencia, porque tal vez el muchacho aún no se hubiera hecho a la idea y, posiblemente, cuando el bebé naciera la responsabilidad lo haría cambiar.
          - Al fin y al cabo -decía mamá- tanto él como tú sois muy jóvenes, y él está viviendo como corresponde a su edad.
          Pero los argumentos de mamá no lograban convencerme. Si yo no podía  hacerlo… ¿por qué él sí? No era justo que él no asumiera su nueva realidad cuando yo había tenido que cambiar mi vida entera. Me molestaba que él no me acompañara nunca y que no participara conmigo en algo que debiéramos vivir en común. ¡Yo tenía su misma edad y tuve que madurar del golpe!
          De este modo las discusiones entre nosotros dos comenzaron a ser frecuentes. Yo me sentía dejada de lado y no dudaba en hacérselo saber a un Guillermo desconocido para mí, pues empezaba a revelar un carácter violento y desconsiderado que nunca imaginé. Cuando discutíamos yo llegaba a sentir miedo, pues él se encolerizaba de tal modo que parecía que me iba a agredir.
          Mi madre sufría mucho por todas aquellas discusiones de las que era testigo. En su interior maldecía mil veces cada día el camino que elegí, pero ya era tarde para lamentaciones.
          Marta nació cuando yo  acababa de cumplir 16 años. Guillermo se mostró muy emocionado y las cosas comenzaron a ir mejor. Poco a poco volvimos a salir juntos con los amigos. Unas veces llevábamos orgullosamente a nuestra pequeña a pasear y otras la dejábamos al cuidado de su abuela y nosotros nos marchábamos solos. Empezamos a pensar en comprar un piso propio… pero con un sueldo de albañil no sería posible, así que él me propuso que buscara un empleo.
          Pregunté en tiendas, fábricas y almacenes, pero mi currículum dejaba mucho que desear: “madre y menor de edad, sin experiencia laboral y con los únicos estudios de EGB terminados”. Tendríamos que seguir viviendo con mi madre unos años más, hasta que ahorráramos lo suficiente.
          Transcurrido un año desde el nacimiento de Marta nuestra coyuntura económica era pésima. Guillermo era muy derrochador y apenas aportaba nada a la casa. Todos vivíamos prácticamente a expensas de la pensión de viudedad, pero la situación llegó a hacerse insostenible. De nuevo empezaron las disputas de pareja: Yo le reprochaba a él que no ahorrase y él a mí que no trabajara.
          Por fin cumplí 18 años y encontré trabajo como limpiadora de 9 de la mañana a 5 de la tarde, en un organismo público. Al menos sería una fuente segura de ingresos.
          Poco después nos ofrecieron un piso pequeño y antiguo, pero a buen precio, y decidimos sacar una hipoteca que, según nuestros cálculos, podríamos pagar ajustadamente, pero tendríamos que sacrificar las salidas y suprimir los gastos superfluos.
          Así fue como empezamos la vida en nuestro nuevo hogar.


Continuará... 

7 comentarios:

  1. Que bien relatas la situación de esta joven pareja una historia tan real y humana que le habrá sucedido a muchas otras, te seguiré leyendo, un gran saludo.

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  2. Hola Adelaida, me alegra que hayas vuelto, pensé que estabas en plan sabático pero veo que sigues en la brecha. Acabo de leer tus dos partes de este relato, y podía ser la plantilla típica de estas mujeres que son maltratadas, ya desde muy jovenes. Es triste e injusto que este tipo de hechos ocurran. Estoy contigo en que hay que denunciar estos hechos, como lo haces en este relato.

    Un abrazo, y espero la continuación.

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  3. Estupendo relato.
    Espero la continuación.

    Saludos

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  4. La marcha del relato va a toda vela, la sigo(te sigo) con interés.
    Un beso Adelaida.
    Quedo a la espera.

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  5. No se que decirte, la historia engancha y a la vez, al menos a mí me dan ganas de no seguir leyendo porque da la impresión de que el final sera terrible. Muchas veces me da asco el ser hombre o más bien ver como muchos estropean la vida por ser los más chulos del barrio.

    Continuare... viniendo para seguir con la historia.

    Un beso

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  6. Mamé, la verdad es que siempre intento meterme en la piel del personaje que estoy creando, y algunas veces no es nada fácil, como en este caso, pues por mucho que imaginemos el miedo y la humillación de una mujer maltratada, nunca llegaremos a comprenderla del todo.
    De todas formas he intentado reflejar lo que ella debe sentir.

    Gracias a todos por vuestros comentarios.
    Un beso Encarni, María, Elena y Javier.

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  7. Cuantas mujeres se verán reflejadas en esta historia que estas contando. La verdad es que todas, deberían de denunciar los malos tratos, y nunca volverse a tras, y quitar las denuncias seguire leyendo…Un saludo…TONY

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